lunes 27 septiembre 2021

Utopía y cuerpo

Foto: Valeria Furman

Iván Chausovsky*

¿Qué es una utopía? Es una forma ideal; originalmente el concepto refiere a un sistema, forma de gobierno o sociedad donde todo puede llegar a ser tan hermoso, perfecto, justo como imposible de realizar. Matemáticamente hablando una utopía sería una asíntota que parece que alguna vez va a tocar el punto cero pero, como canta Credence, someday never comes. No creo que las utopías o estos deseos sean justamente para realizarlos. Las utopías sirven para salir del barro, para torcer una coma, para poner el cuerpo en movimiento. 

Según Michel Foucault el cuerpo es lo contrario a una utopía. El cuerpo lejos está de ser un lugar maravilloso lleno de verde, cascadas y aire puro para habitar. “Mi cuerpo es el lugar irremediable al que estoy condenado”. Si algún día llegásemos a un lugar utópico sería sin portar ningún cuerpo, sin carne, sin fluidos, sin mucosidades, sin arrugas, ni nada que vaya a expirar algún día. Sin cuerpos tampoco existirían los abrazos, los besos, las noches furiosas de amor.

El otro día estaba viendo Upload, una serie de ciencia ficción donde los humanos pueden extender su vida después de la muerte e ir a Lakeview, un lugar maravilloso, posiblemente similar al que podríamos suponer utópico. Resulta que justamente las maravillas “de la vida después de la vida” es que no hay cuerpo, es que no hay límites, que el tiempo es infinito. También las penurias y preocupaciones tienen que ver con la imposibilidad de saborear, del contacto o de esas cosas que no son sin un cuerpo. El mundo es maravillosamente cruel para no ser abordado desde un cuerpo. La fantasía de la utopía es precisamente no cargar con el lastre de lo humano, de la sangre, de nudos hechos de intestinos, bilis y mierda. El cuerpo es lo que nunca está en el valle de las almas, a lo sumo, en la calma de los opiáceos pero jamás en un mundo utópico. 

La armonía que emana de lo utopía es aséptica a las emociones, los sentires, la sensaciones, los vaivenes irremediablemente inevitables del vivir, de la descarnada lucha por sobrevivir que llevamos adelante desde el primer segundo en el que advenimos al mundo. La invalidez se pone en evidencia como estado propio de los primeros tiempos del sujeto humano en la infancia, necesitamos de otrxs para vivir. Quizás los cuerpos incorpóreos, como en Upload, donde no hace falta tener uno, donde mejor prescindir de este, son algo así como las momias del futuro. La estúpida y no ingenua pretensión de mantener una beatífica imagen en la eternidad de una supuesta divinidad en la tierra es creer que hay un lugar mejor donde las almas son puras y el cuerpo no mancha. Ciudades donde los seres vuelan, países donde las heridas sanan, pueblos donde los peligros no dañan.

Lindo pero utópico. El mundo en el que vivimos no sólo está lejos de esta panorama. Esto ya era así antes del 2020, sin embargo la pandemia nos lleva directo al encuentro con la dificultad de los cuerpos. La dificultad del encuentro entre los cuerpos, la dificultad de que un cuerpo nos encuentre. El otro se ha vuelto más peligroso que nunca. No debemos rechazar los cuerpos, porque sin estos no sólo no somos, sino que ningún tipo de intención utópica sería siquiera posible de intento. Debemos rescatar nuestro ser corpóreo del fantasma estéril, del deseo que nada falle, que nada huela y fundamentalmente de que nada duela.

La vida sólo es disfrutable a través de un cuerpo, y cada quien, en ese proceso de construcción del propio cuerpo vivirá placeres particulares. Por ejemplo, yo disfruto horrores beber agua fría, la sensación del líquido atravesando mi boca, la garganta y el tracto intestinal me otorga un placer que el paraíso no puede ofrecerme -posiblemente este no tenga dispensers-. No quiero decir que una oficina sea un lugar maravilloso pero tampoco el infierno si es que podés ir al baño y disfrutar de tu cuerpo. Foucault dice que “el cuerpo humano es el actor principal de todas las utopías”. No existiría algo así como ser abrazado y abrazar si no fuera gracias a la carne.

¿Por qué darle tanta importancia al cuerpo? ¿Por qué no deberíamos hacerlo? Hoy día nuestros cuerpos se encuentran en mayor estado de precariedad del que ya estamos habituados. Estamos en un momento donde la fragilidad está en el centro de la escena. Lo aceptes o no. Nuestro carácter de seres finitos es lo que nos da la capacidad de ser con otros. Nuestro destino de perecer es el don que nos otorga la fragilidad de existir. Las maneras en que sentimos hacen modos de experienciar el mundo. Siempre es un buen momento para que entren en jaque nuestras adoctrinadas maneras de ver y sentir. Sería prudente evitar la mirada que nos dice cómo deben ser las cosas y observar la enorme potencia política que tiene nutrir la capacidad de resisitir a lo que nos ha sido impuesto. 

Dice Virginia Cano que la vulnerabilidad es precisamente el lugar desde donde intervenir. Todos somos seres vulnerables, sociales, corporales y requerimos de una red que permita nuestra vida. Somos vulnerables como un bebé al nacer, eso es parte de nuestra condición existencial. No hay donde huir. Cortemos con la jodita de la autonomía y la absoluta independencia. Hay que honrar esa vulnerabilidad. Si bien todos somos vulnerables, no nos afecta a todos por igual. Podríamos pensar en eso si nos interesa erradicar las injusticias. A veces la libertad individual sólo separa. Es mentira que cada quien es responsable de su propio destino. Lo vemos claro cuando se trata de frenar la circulación de un virus de fácil contagio. Existe cierta continuidad entre yo y los otros. Los problemas colectivos no dependen de sujetos aislados para su solución sino de movimientos sociales y colectivos.

Para nuevos problemas inoculemos nuevas soluciones. No se vuelve a la normalidad porque la normalidad no existe. Ese es un duelo que nunca termina. Seguiremos haciendo el duelo de los espacios colectivos, de lo vincular, de la estabilidad emocional. La pandemia ha llevado la digitalidad a su apogeo. La sufrimos, pero también tiene sus ventajas. “El barbijo también abriga”, jodemos con amigues. Nos podemos leer desde distintas partes del mundo, podemos encontrarnos en espacios extraños, de nuevos modos, de nuevo. Ante la urgencia y el efecto apoteótico debemos anteponer la ternura. La ternura es frenar frente a poder avasallarse sobre un otro, es la empatía y el miramiento con amor sobre quien se reconoce ajeno y distinto a uno mismo. Es hacer zoom-in sobre el “sentimiento que distingue no sólo entre lo que daña y lo que no daña, sino que indica además cuándo el mismo sujeto es dañino o no dañino para el otro”. La verdadera utopía es vivir con esas diferencias que nunca pensaste que ibas a tolerar y hacerlas propias. 


*Iván Chausovsky es Licenciado en Psicología (UBA). Hizo el Posgrado de formación en Psicoanálisis en La Tercera. Desarrolla la actividad clínica de modo particular. Desde hace años que escribe y publica reflexiones en redes sociales.

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