lunes 27 septiembre 2021

Una violencia de carácter sexual

Foto: Guadalupe Arriegue

Violeta Osorio*

Pensamos en parto y una imagen dominante se configura en nuestra cabeza: una mujer acostada, mirando al techo, abierta de piernas y con sus genitales expuestos. Personas, la gran mayoría desconocidas que entran y salen en la realidad tangible de su corporalidad, metiendo los dedos en su vagina, entrando por vena a su cuerpo, drogándola sin necesidad, realizando sobre ella intervenciones innecesarias y sin su autorización, mientras la invaden también en sus emociones y su psiquis. Una escena que terminará con el gesto triunfante de un/a profesional de la medicina que ha hecho el parto, mientras la mujer se pregunta si habrá estado a la altura, si lo hizo bien, si colaboró y siente hondamente que ella no habría podido sola, que solo gracias al equipo obstétrico ella y su hija o hijo están sanas y salvas.  Sin embargo, esto no es un parto, es tan solo la manera como el sistema médico dominante nos ha impuesto a travesar uno de los hitos más intensos de nuestra sexualidad. 

El parto es un hecho sexual. No importa cuán aséptico, quirúrgico y clínico hayan querido hacerlo, no importa cuánto hayan logrado culturalmente ligar el evento parto a conceptos como riesgo, emergencia, enfermedad y muerte, despojándolo de su potencia sexual y fisiológica. No importa que el sistema médico haya conseguido que cuando hablamos de parto, en realidad hablamos de una cascada de intervenciones innecesarias e invasivas que se encadenan la una con la otra. El parto es y será un hecho sexual y no un acto médico. Y como tal las vulneraciones que ocurren durante su atención y por supuesto durante el seguimiento del embarazo y el posparto y la atención durante los abortos y postabortos, ya sean estos inducidos o espontáneos constituyen un tipo de violencia sexual y sexista.

Por siglos la cultura patriarcal se ha apropiado de los cuerpos de las mujeres, socavando nuestra autonomía y soberanía, en una guerra sin pausa por el control de la capacidad sexual y reproductiva. Es así como la atención obstétrica se ha convertido en una disciplina ignorante (de la fisiología y los derechos) que busca ante todo intervenir controlar, dirigir y conducir nuestros procesos como una manera de mantener el dominio y la opresión sobre nuestras vidas.  En este sentido, la violencia obstétrica es ante todo un síntoma de una sociedad misógina y machista que materializa la opresión y vulneración sistemática sobre las mujeres en lo que se supone es “el mejor día de nuestras vidas”.

En Argentina, la ley nacional 26485 de Protección Integral a las Mujeres define la violencia obstétrica como: aquella que ejerce el personal de salud sobre el cuerpo y los procesos reproductivos de las mujeres, expresada en un trato deshumanizado, un abuso de medicalización y patologización de los procesos naturales, de conformidad con la Ley 25.929.

Sin embargo, para dimensionarla y entender sobre todo el lugar que ocupa dentro del sostenimiento del status quo y por ende la legitimidad social y cultural con la que cuenta, no basta con hablar de cortes, intervenciones y medicalización innecesaria, ni siquiera de maltrato y humillaciones, aunque esto, en sí mismo constituya un grave atentado contra el bienestar, dignidad e integridad de las mujeres y sus hijas e hijos.  

La violencia obstétrica un asunto cultural y político que da cuenta del lugar simbólico y material que las mujeres, sobre todo las mujeres madres ocupamos en la sociedad.  Se trata de una violencia que se construye sobre discursos vulneradores y materializa prácticas de tortura, pero que ante todo se da en el contexto de una sociedad parasitaria y necrófila que se alimenta del trabajo reproductivo, de cuidados y doméstico que realizamos las mujeres madres, pero que nos oprime y violenta sistemáticamente, atentando contra nuestra dignidad e integridad y nos invisibiliza en nuestros deseos, necesidades y derechos. 

Todo ejercicio de la violencia es intencional y cumple una función moralizante y en esa medida es aleccionador. Cabe aclarar, que intencional no significa necesariamente que quien lleva adelante la práctica violenta tiene la finalidad de dañar concretamente a la víctima, pero sí que la violencia tiene el fin simbólico y material de imprimir un modelo ejemplar de conducta, de establecer lo que la cultura acepta como bueno y deseable y aquello que desvaloriza y prohíbe. Lo que significa que la violencia obstétrica está íntimamente ligada con la vulneración de la autonomía de las mujeres y la apropiación de nuestra vida sexual y reproductiva, mucho más que con la práctica médica concreta. Lo que está en juego es nuestra soberanía y el derecho a una vida libre de violencias. 

Por supuesto una intervención innecesaria, es decir que se realiza sin justificación médica y solo por comodidad o costumbre del equipo obstétrico, constituye en si misma un acto de violencia obstétrica, pero la práctica clínica puede ser correcta y oportuna, incluso el trato puede ser amable y respetuoso, pero si la mujer no obtuvo información completa, verdadera y adecuada y por ende no pudo elegir y autorizar libremente estamos frente a un hecho de violencia obstétrica.  Y es justamente por esta intencionalidad subyacente que los y las profesionales obstétricas cuentan con el aval y la legitimidad social para llevar adelante cualquier tipo de conducta vulneradora, como mentirnos, ocultar información, tergiversar los hechos, invadir nuestros cuerpos, atentar contra nuestra salud, etc. con la justificación de que ellas y ellos saben lo que es mejor para nosotras y que es su deber moral lograr que las mujeres les hagamos caso y nos portemos bien.

Por otra parte, no podemos olvidar que el modelo de atención clínico está anclado en una visión androcéntrica y misógina que asume a los cuerpos de las mujeres como maquinaria fallada y defectuosa y a su fisiología y procesos sexuales y reproductivos como patológicos y suicidas.  Lo que nos tiene necesariamente que llevar a cuestionar los cimientos sobre los cuales se ha construido la atención obstétrica y sus discursos y prácticas. ¿Una especialidad que se basa en la idea de que el embarazo es una enfermedad y el parto una patología, no es en si misma un modelo vulnerador y violento?, ¿son las instituciones médicas hospitalarias, territorios que se construyen entorno a la emergencia, la enfermedad y el riesgo el mejor lugar para travesar procesos de carácter sexual y fisiológico?, ¿teniendo en cuenta los elevados índices de violencia obstétrica que se reportan a nivel mundial, estamos realmente las mujeres encontrando en la atención de la obstetricia dominante y las instituciones médicas la garantía de ciencia, seguridad y legalidad que se nos promete?

Las mujeres y nuestras hijas y e hijos estamos en riesgo físico, emocional y psicológico durante la atención obstétrica, de eso no hay duda. Y lo más complejo de esto, es que el peligro mayor al que nos enfrentamos las mujeres víctimas de violencia obstétrica no es tanto el hecho concreto, sino el circuito en el que nos vemos atrapadas de por vida. Como todo hecho de violencia machista y misógina, el blanco somos las mujeres y llevamos en nuestros cuerpos y nuestras vidas las cicatrices de esos hechos, pero además cuando somos víctimas de estas violencias son nuestros actos y maneras los que se ponen en cuestión desde la perversa idea de que algo habremos hecho o dicho para poner en marcha el dispositivo de la violencia machista, tal vez no nos hicimos respetar lo suficiente, o no llevamos la ley en la mano o no nos negamos con suficiente vehemencia y al final de cuentas fuimos nosotras quienes “decidimos” ir a ese lugar. Con esta misma lógica se nos exige que ante una nueva oportunidad, evitemos y erradiquemos la violencia, como si fuéramos nosotras las responsables: infórmate para evitar la violencia obstétrica, presenta un plan de parto, contrata a una doula, visualiza, cambia de obstetra, paga por aparte, son solo algunas de las exigencias que recaen sobre nosotras. Y por eso, una vez padecida la violencia nos pasamos la vida repasando una y otra vez los hechos tratando de encontrar el momento exacto en el que hicimos eso que puso en marcha el escenario de vulneración, para no repetirlo nunca más, con la ilusión de que así nunca más seremos violentadas. Y para hacerlo aún más complejo no se nos permite nombrar a aquellos que nos han vulnerado, solo las víctimas tenemos rostro y nombre y nuestras acciones son milimétricamente analizadas por toda la sociedad, mientras ellos se mantienen ocultos, impunes y protegidos detrás de los eufemismos como puede ser: “el sistema médico hegemónico”. Y si osamos nombrarlos, inmediatamente se nos exige que empaticemos con ellos, que los entendamos, que les demos el beneficio de la duda, que les demos tiempo para cambiar, que incluso hagamos labor pedagógica, porque es nuestro deber convertir al depredador en príncipe.  Y por supuesto, también se nos exigirá que sanemos, que de estas experiencias de tortura saquemos aprendizajes que nos hagan mejores personas, para así emprender el esquizofrénico proceso de agradecer la violencia padecida; porque esta sociedad nos rompe, pero no nos quiere rotas.

La violencia obstétrica, es un mecanismo de control y dominación de un sistema misógino y cruel. Por siglos las mujeres hemos hecho frente a los embates de la violencia sistemática y contra todos los pronósticos seguimos forzando nuestros espacios de libertad y poder. Por eso, exigimos nuestros partos, los que nosotras deseamos y elegimos. Sin nuestras elecciones y necesidades en el centro y nuestra soberanía como ejercicio indiscutible cualquier cambio en la práctica es solo un maquillaje intrascendente.  Porque lo que está en disputa, no es el índice de cesáreas o episiotomías sino el ejercicio absoluto de nuestra autonomía. 


*Activista feminista. Integrante de la asociación civil Las Casildas y el OVO. Co-autora del libro “Mujeres invisibles. Partos y patriarcado”

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