lunes 26 septiembre 2022

Un sorbo de cielo

Franco Mezza

Publicación original:https://paradigmapdla.wordpress.com/2021/12/26/un-sorbo-de-cielo/

Un sorbo de cielo por el entrañable Iván.

¿Existe algún final en el mar? ¿Es una fuente constante de eternos principios?

Te fuiste a vivir a la playa y no nos volvimos a ver.
Me enseñaste que las cosas que uno desea profundamente hay que sacarlas afuera. Sacarlas de ese lugar oscuro donde solo se escucha el eco de la propia voz  y acostumbran a ahogarse en cuatro paredes. Usar el engranaje que cada uno tenga a mano, o escondido, para expulsarlas como sea. Aceitar el sistema de poleas, asegurar la cuerda y subirlas de a poco. Hacer fuerza con los brazos, agarrar fuerte con las manos y, aunque queme, tirar sin descanso y hacer base con los pies apoyados en el suelo. Tirar y tirar, para darle aire y rayos de sol a las semillas más íntimas. Tirar y tirar para cumplirles el sueño de hacerse realidad.

Los años pasan al ritmo de las olas. Viene una y moja toda la orilla. Riega los ínfimos espacios entre los granitos de arena y logra cambiar, ineludiblemente, su consistencia. Después se va. Se despide dando lugar a otra. Una parecida, quizás, pero si nos tomamos el tiempo para ver no hay una igual a otra. A veces algunas olas te sorprenden; te arrastran por la arena, te hacen tragar agua, te raspan la piel y hasta te hacen sangrar. Otras te mojan los tobillos y pasan desapercibidas, sobre todo si nuestra concentración descansa lejos de donde pisan nuestros pies.

Los finales son el primer paso para los nuevos principios. Son la puerta que se abre para dar lugar a otra habitación. Cuando estamos parados en el límite entre una y otra –la que vamos a dejar atrás y a la que vamos a ir- sentimos las manos sin nombre en la espalda, las palmas de las manos abiertas entre la cintura y el cuello, haciendo presión, empujándonos, suave o ásperamente, para que abandonemos el cuarto ya anterior. Nadie sabe qué sucede con esos viejos espacios. Una vez que se atraviesa, la puerta es tapiada. Es sellada con cemento y lo único que queda es recuerdo. El vivo recuerdo que va mutando con el tiempo y con los laberintos de la memoria.

No me acuerdo la cantidad exacta de veces que brindamos juntos. Con copas, con vasos, con botellas cortadas con los bordes quemados con encendedor. No me acuerdo por qué brindamos, pero no me hace falta. Una vez dijiste “es acá, será allá, en todos lados” y siempre confié mucho en tu palabra. Me gusta pensar que tus palabras ya son nuestras.  Que este primer veinticuatro a la noche las vas a envolver en papel  de regalo y, por si había alguna duda, las vas a salir a repartir, para que las usemos cuando queramos. Para que las volvamos a escuchar, a leer, a sentir. Para que las digamos en voz alta y que nuestra voz se mezcle con la tuya. Se deshaga. Se fusione. Se constituya. Como si fuese un  vaso de Fernet con Coca, de los que te gustaba tomar en una jarra enorme, que se vuelca, que se cae accidentalmente en un océano inmenso de más Fernet con Coca. Y lo que era tu jarra pase a ser parte de un océano mucho más grande, incontrolable e incalculable. Un océano donde podamos ir cada tanto a refrescarnos y nadar, y también a servirnos de él, cada quien con el recipiente que le sea más cómodo, como a vos te hubiese gustado.

Se acerca el ocaso de esta ola que fue un terremoto, que nos puso patas para arriba con la cabeza hundida en un pozo de arena mojada, donde no entraron los rastrillos ni los baldes de colores.
De a poco empezamos a salir a la superficie y, sorpresivamente, son tus propias manos las que traccionan las sogas del ascenso.  La puerta de la habitación de esta marea, de esta revolcada que dejó una cicatriz enorme en el medio del pecho, se empieza a entornar. Chilla como presagio de que algunas cosas quedaran del otro lado de la puerta y otras, de este lado de la memoria. Cuando llegue ese último momento, que dará obligadamente la bienvenida de una nueva ola, cada uno agarrará fuerte su jarra y nos serviremos un sorbo de cielo. De tu cielo. Negro, titilante, lleno de brillo y con un poco de espuma espesa y amarilla. Y en el choque de deseos
-como preludio del “salud!”-  
donde las gotas se expulsan y se arrojan fuera de las copas producto del brindis,
abriremos la puerta
para zambullirnos,
de palomita o de bomba,
en tu eterno océano.  
Acá,
allá
y en todos lados.

02/01/22

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