martes 15 junio 2021

¿Un nuevo momento de lo común?

Foto: Lara Samperio

Gabriel Moreno González*

El auge y consolidación de los nacionalismos a finales del siglo XIX en Occidente vino de la mano, como magistralmente describe Pierre Rosanvallon en “La sociedad de los iguales”, de un proteccionismo en lo económico y social frente al librecambismo, considerado excesivamente cosmopolita y contrario a los intereses patrios, y de la propia necesidad interna de articular un discurso político y simbólico que sirviera como argamasa social frente a las disparidades y tensiones de clase. Las tremendas desigualdades que caracterizaban a la sociedad occidental de la incipiente revolución industrial eran así sorteadas y ocultadas bajo una pléyade de banderas, himnos y soflamas, que creaban el mundo de ficción de una comunidad de iguales alrededor no de la igualdad de condiciones, sino de una identidad nacional exacerbada y aderezada de elementos artificiosos. Esa igualdad-identidad, frente a la igualdad material que buscaba y deseaba el movimiento obrero con pretensiones internacionalistas, terminó imponiéndose en la I Guerra Mundial, aunque a la larga provocaría unos efectos no deseados para los liberales conservadores que la blandían.

George Orwell diría tras el conflicto: “si la guerra no os mató, os hizo pensar”. Y es que el hecho bélico, luego recrudecido con la guerra total de la Alemania de Hitler, manifestó como nunca antes la interdependencia e interrelación de la vida humana, de las personas que viven y existen en comunidad. Se produjo en las dos guerras una especie de “nacionalización de las existencias”, como dice Rosanvallon, en la que hasta los mínimos aspectos del día a día se vieron condicionados por lo colectivo. Tras la II Guerra Mundial esa concienciación, que pudiera parecerse a la que defendiera en su día el proteccionismo nacionalista, fue sin embargo vehiculada hacia la igualdad material, y no la igualdad-identidad, gracias al esfuerzo de todos y al empuje de quienes, hombro con hombro, habían luchado en el frente o trabajado tras sus líneas para ganar la batalla. El llamado “Espíritu del 45”, que tan bien ha glosado Ken Loach, fue el impulso, fue el ánimo de una época, que terminaría cristalizándose en el famoso “pacto Capital-Trabajo” y la consolidación del llamado Estado social de posguerra. Lo colectivo entraba en la Constitución para servirse de sus instrumentos normativos, ahora remozados, y se instauraban por doquier mecanismos de redistribución de la riqueza, impuestos progresivos o empresas públicas en los sectores estratégicos, mientras el Estado se encargaba, además, de garantizar y proteger el derecho a la seguridad social, la sanidad o la salud. Lo nacional-identitario se transmutaba en una comunidad de redistribución y solidaridad.

La marea de lo colectivo, de la hegemonía del bien común sobre los intereses particulares de los sectores oligárquicos que hasta entonces habían delineado los horizontes de lo público, logró incrustarse en las constituciones económicas del viejo continente europeo y en las políticas públicas de numerosos países fuera de su entorno, si bien con latentes carencias. Ni supo superarse un patriarcado que se institucionalizó en torno al empleo, ni se intentó tampoco un sistema-mundo, en palabras de Wallerstein, más justo y equitativo. Pero, con todo, el Estado social permitía tanto el pluralismo político en su seno como una intervención decidida, activa, de lo público sobre lo privado para, sin anular esta esfera, reconducirla a los objetivos de un interés común, colectivo, democráticamente decidido. 

Esta apertura fue cerrada tras los llamados “treinta gloriosos”, cuando aquel “Espíritu del 45” comenzó a apagarse por completo. ¿Qué lo sustituyó? Una nueva subjetividad, la neoliberal, caracterizada por su inconformista individualismo, su rechazo a la redistribución de la riqueza y a la concreción de la justicia y, sobre todo, por su concepción de que el homo oeconomicus, el hombre maximizador de beneficios puramente cuantitativos, es el que ha de presidir todas las relaciones humanas. Entronizado el There Is No Alternative de Thatcher, los Estados se desarmaron, el sistema financiero se desquició y el individualismo propietario, que en parte había sido impulsado por las clases medias consumistas del modelo crecimentista del propio Welfare State, se desaforó. Pero el sujeto neoliberal, al atacar directamente las verdaderas redes sociales que constituían vínculos primarios (E. Fromm) entre la ciudadanía, la eterna fraternidad natural que se deriva de la empatía y de nuestra vida en común, ha venido también a amenazar la argamasa social que nos unía. Su atomización, su precariedad sociolaboral y económica, y su permanente cambio que somete al individuo a un “hacerse a sí mismo” como modelo auto-empresarial, está provocando una inestabilidad de la que el propio neoliberalismo es consciente. Y como lo es también de sus problemáticas aparejadas y de la posibilidad de que el clima de descontento permanente se vuelva en contra de sus postulados, intenta reconducir cualquier ventana de politización rupturista hacia la antigua igualdad-identidad de los proteccionistas decimonónicos. Ahí están Trump, Bolsonaro y toda la caterva de líderes de extrema derecha en Europa que regresan al nacionalismo excluyente, a las sombras de discursos puramente identitarios, para ocultar el desastre sin paliativos que supone la continuación que protagonizan de las políticas neoliberales, lamentablemente fundadas en un consenso mayor del que muchos se atreverían a admitir. El talón de hierro está volviendo a pisar fuerte, pero en medio de ese impulso se ha interpuesto la pandemia del Covid-19. 

De repente la humanidad en pleno, y nuestras sociedades individualistas y atomizadas, ha recobrado lo que ya sabía pero olvidaba: que somos seres vulnerables, interdependientes e interrelacionados. Que de esa interdependencia social, que es la que calibra el grado de inclusión y cohesión de nuestras comunidades, se pueden derivar esfuerzos colectivos que acaben condicionando nuestras existencias individuales, sí, pero para cuidarnos entre todos y todas, para relanzar el ideal de fraternidad a través de la responsabilidad individual y colectiva, ambas fundidas como nunca antes en una misma naturaleza. Una inesperada y trágica experiencia de lo colectivo nos está sacudiendo, pero aún no se atisban los mimbres de un posible y deseable “Espíritu del 2020”. ¿Por qué? 

La desigualdad social y económica es rampante tras décadas de neoliberalización y privatizaciones; las prestaciones y servicios públicos, como la sanidad, han manifestado su debilidad después de innumerables recortes y ataques; la insolidaridad de quienes más tienen, tanto entre territorios como entre clases sociales, ha sido y es demasiado evidente. Al igual que en la sociedad industrial, tenemos por delante retos que sólo pueden ser enfrentados desde las lógicas democráticas de preservación y garantía del bien común frente a los espurios intereses particulares de unos pocos. A esta situación, ya de por sí preocupante, hemos de añadir el gran desafío de nuestro tiempo, el cambio climático, cuya salida verdadera solo se atisba desde la acción común y colectiva, desde la corrección pública de lo privado. La materia, el objeto del cambio y de la transformación está ahí, aquí, delante de nosotros. Pero falta ese “nosotros”, falta ese sujeto colectivo transformador que recupere el espíritu de lo común mediante un nuevo contrato social que acabe con un modelo, el del capitalismo neoliberal, a todas luces irracional, destructivo e inhumano; que reconstruya, al fin y al cabo, aquellos vínculos primarios y redes sociales de fraternidad que han sido arrojados al abismo del desprecio mercantilista y de las dinámicas del egoísmo contemporáneo. Para construir ese nuevo sujeto de lo común, que parta de nuestras vulnerabilidades e interdependencias (¡hay que leer más a Simone Weil!) y que aproveche su actual y cruda manifestación, se hará más necesario que nunca un pacto intergeneracional en el que la juventud abandone la alienación del capitalismo insomne y vigilante, cada vez más intenso. Y para ello, quizá, tendríamos que empezar por replantearnos el papel alienante que desempeñan la hiperconectividad y la instantaneidad de un mundo digital que, si no somos capaces de controlar y encauzar, se irá convirtiendo poco a poco en otro mundo de ficción que vuelva a servir de ocultación de los problemas reales y de las desigualdades materiales de las personas. 


*Gabriel Moreno González es profesor de Derecho Constitucional en la Universidad de Extremadura

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