miércoles 25 noviembre 2020

Todas las voces

Sara Odello

El medio de la llanura bonaerense, donde los horizontes no son más que líneas anaranjadas en cuyo plano fijo se yuxtaponen en diferentes verdes de los montes que se alejan y acercan: allí seguramente haya también casas de techos altos, algunos cascos de estancias como castillos o ranchos sencillos con un gran molino que saca agua.  La tierra vuela detrás de una camioneta que cruza a lo lejos y los teros anuncian la llegada de algún visitante, tal como augura el viejo refrán. El sol baña cada rincón a la vista en la tarde de verano, de esas que nunca son del todo calurosas debajo de los eucaliptos.  Hay un solo sonido que rompe el silencio de cementerio que caracteriza estas jornadas: un aparato viejo, colgado con una soga de un poste que sostiene algún toldo del patio, cuya antena ha sido estratégica y milimétricamente colocada para sintonizar, una voz monótona lee las noticias del mediodía en la AM local (que con mucha suerte la emisora se localice a menos de 100 kms), informa los extravíos y hallazgos que la gente de la ciudad y de los pueblos pierde y encuentra, comunica algunos mensajes importantes para aquellas personas a donde no llega la señal telefónica y, finalmente, informa las necrológicas. No cesa el sonido y la compañía de la radio, que se parece a un amigo que siempre se sienta en el mismo lugar, que trae nuevas ideas (o ideas viejas de nuevas maneras).

La radio es, al menos desde mi punto de vista, el medio de comunicación que traspasa no sólo las barreras físicas de la comunicación, sino también del tiempo: por un lado, pareciera que la generaciones tienen en cada lugar un programa de radio que los marcó o que los inspiro, y por el otro, existen programas que llevan tantos años en el aire radial que son clásicos de la radiofonía. Para quienes hacemos radio (me voy a permitir una generalización porque estoy completamente segura que coincidiré con todos en este punto), existe una especie de conjuro que rodea el micrófono de un estudio, la pared al operador y el cartel rojo de AIRE; un maleficio que mueve la sangre más rápido, que condensa las palabras en la atmósfera y  nos transporta cerca de quienes nos escuchan; una máscara que permite tener mil caras al mismo tiempo, mil personalidades hablando una por vez, un manto de enigma que sólo se corre por los sonidos de la voz de quien transmite, el arte de la incógnita a penas dirimida por la imaginación de quien escucha. La radio, ese lugar de trasformación de la realidad en lo que querramos, porque detrás del micrófono, somos libres.

Hace unos días, en Argentina, el 27 de agosto de este año se cumplieron los 100 años de la radio. Si bien a nivel mundial el día de la radio es el 13 de febrero, localmente conmemoramos un gran hito radiofónico. El primero, para ser más precisa. Corría el año 1920. En la terraza del Teatro Coliseo un médico -Enrique Susini, de 25 años- y tres estudiantes de medicina -César Guerrico, de 22 años, Luis Romero Carranza y Miguel Mujica, ambos de 18 años, montaron un avanzado sistema de transmisión -que se había comenzado a gestar 10 años antes- para hacer llegar a los hogares  “el Festival Sacro de Ricardo Wagner, ‘Parsifal’, con la actuación del tenor Maestri, el barítono Aldo Rossi Morelli y la soprano argentina Sara César, todos con la orquesta del teatro Costanzi de Roma, dirigida por el maestro Félix von Weingarten”, tal como fue presentado aquel día.

10 años de investigaciones culminaron en aquella gloriosa noche de nuestros cuatro “Locos de la Azotea” como se los llamó más tardes. Mientras Argentina festejaba su primer centenario de la Revolución de Mayo, el italiano Guillermo Marconi se instaló en Buenos Aires para seguir llevando adelante algunas de sus investigaciones, que habían incluido la utilización de un barrilete para remontar una antena, con la que llegó a conseguir contacto con Irlanda y Canadá. Con el estallido de la Primer Guerra Mundial, los avances en radiofonía se volvieron secretos para cada una de las naciones que intervenía en el conflicto. Sin embargo, nuestro país, que había decretado su posición neutral frente al enfrentamiento, necesitaba desarrollar su propia tecnología en radiotransmisores y fue en 1917 que Enrique Susini viajó a Francia y regresó con equipos de 5 kilowatts usados por el ejército francés. A pesar de los avances que este grupo de apasionados lograban en sus investigaciones, el conflicto bélico tuvo consecuencias para ellos: Carranza debió desmontar la antena que había construido en su terraza por sospecha de pasar información a barcos alemanes. Pero nada abatió la persistencia de estos cuatro locos, que el 27 de agosto de 1920, agregaron una bocina para sordos a un micrófono a un transmisor de 5 vatios y lograron la primer transmisión radiofónica en nuestro país, que pudo ser escuchada por quienes, en aquella época, contaban con auriculares “a galena” en Buenos Aires (que por supuesto, eran muy pocos).  Fue en esa hazaña, en esa materialización de un proyecto inventivo revolucionario que se abrieron las puertas para siempre de la masividad de la radio, de la evolución y la tradición radiofónica de nuestro país y sobre todo, de la democratización de las comunicaciones.

Actualmente en Argentina, es el ENACOM – Ente Nacional de Comunicaciones- el organismo descentralizado que se encarga de, entre otras funciones, controlar y crear condiciones estables de mercado para garantizar a todos los ciudadanos el acceso a los servicios de internet, telefonía fija y móvil, radio, postales y televisión. Fue creado por el Decreto N° 267/2015 y entre sus atribuciones en relación a la radiodifusión se encuentran las de establecer los estándares técnicos, legales y digitales con los que deben contar aquellas emisoras que deseen ser adjudicatarias su licencia tanto a particulares como el fomento de la participación radial de las instituciones educativas de todos los niveles y también de los pueblos originarios de nuestro país.

                En esta nueva normalidad, la radio no es esquiva a la realidad que enfrentamos en el contexto de pandemia, la primera que muchos de nosotros vivimos (y esperamos realmente sea la última): los trabajadores radiales han tenido que adaptar sus tareas a los nuevos protocolos, al distanciamiento social, a la sanitización con frecuencia de los espacios de trabajo. Tantas veces ha parecido llegar el fin de la radio, del formato radio: la llegada de internet, de los podcast, del streaming, del on-demand. ¿Por qué alguien se comunicaría con un programa de radio si puede mandar un mensaje instantáneo a la persona que desea? ¿Por qué para escuchar un determinado artista alguien pondría una determinada radio, si puede buscarlo con dos clics en su computadora o algunos golpecitos en la pantalla de su celular? Porque la comunidad no se genera individualmente, es el sentimiento de estar en una misma frecuencia (literalmente) con otros, de quienes no sabemos nada, pero sabemos que somos semejantes, cómplices, compañeros. Las radios online han sido en los últimos años no sólo un salvavidas para la pluralidad de voces en medios alternativos a los hegemónicos, sino también una manera de diálogo con las nuevas generaciones, esas que querían despegarse de “la radios de sus padres” y encontrar sus propios programas, sus propios contenidos, sus propias canciones. Aplicaciones para dispositivos móviles, páginas que hostean nuevas emisoras o permiten localizar radios de cualquier parte del mundo (como lo es radio.garden) nos dejan llevar a donde queramos nuestros programas favoritos en el bolsillo.

Pareciera que la radio tiene la capacidad, la versatilidad de ser el transporte de infinidad de momentos históricos que nos atraviesan como sociedad, y también de fundirse en lo más pequeño de nuestra subjetividad escuchando una canción, un relato, una voz que nos haga emocionar tan sólo de escucharla. Es ahí, en esa importancia tan gigante y tan minúscula, que radica el agujero negro de la belleza, donde la luz no alcanza a reflejar la potencia del instrumento. Deseo que, donde quieran que estén, estos locos y todos los locos de la azotea sigamos haciendo honor a comunicar desde donde sea, hacia donde sea.

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