domingo 24 octubre 2021

Tiempos virales: una mirada desde el sur de la anomalía global

Giuliana Mezza

Publicación original: URBE

A partir de que la situación epidemiológica a nivel global se tornara crítica por la rápida propagación del nuevo coronavirus, nuestras pantallas han comenzado  a  proponernos  una  gran  cantidad  de pronósticos que, por lo general, presentan un carácter dilemático.

¿Podemos vislumbrar las coordenadas de lo que será la “nueva normalidad” pospandémica? ¿Es el capitalismo esa matrix sin fisuras a la que ninguna crisis sanitaria es capaz de conmover? En principio podría apuntarse que las dicotomías radicales suelen ser enemigas de todo  análisis  crítico,  y  que  plantearse  algunos  interrogantes respecto de esta realidad singular que nos toca atravesar sería, en todo caso, un mejor punto de partida.

La pandemia y el estado de excepción

No hay significado, y por tanto interpretación, sin contexto. Definir un acontecimiento como disruptivo, inocuo, extraordinario o cotidiano se vincula no solamente con las condiciones en las que éste se manifiesta, sino  también  con  las  valoraciones  que  tenemos  respecto  de  ese escenario. Leer la realidad, intentar hacerla inteligible es en sí mismo una toma de posición en el marco de una disputa por el sentido. Las categorías y los diagnósticos son, por este motivo, parte de una arena en la que se dirimen relatos y narrativas.

Al asumir la ineludible tarea de caracterizar el contexto no resulta forzado  pensar  en  el  estado  actual  de  cosas  en  términos  de excepcionalidad;  lo  que  entendemos  por  normalidad  se  ha  visto alterado  en  múltiples  aspectos,  y  las  herramientas  con  las  que contamos para construir marcos explicativos que den cuenta de ello, no hacen más que evidenciar sus limitaciones.

No  siendo  posible  reducirlo  a  una  situación  caracterizada  con anterioridad, el estado de excepción es para Carl Schmitt un caso de extrema necesidad, y por razones lógico jurídicas, la instancia privilegiada para definir la soberanía. Sosteniendo que la decisión sobre lo excepcional es la decisión por antonomasia, considerará que la soberanía “consiste en decidir la contienda, o sea, en determinar con carácter definitivo qué son el orden y la seguridad pública, cuándo se han violado, etc”[1].

Si la crisis sanitaria que ha desatado la pandemia, la anomalía que supone la adopción de medidas preventivas como el aislamiento, y la paralización de la actividad económica pueden  considerarse  una  ruptura  del  normal  desenvolvimiento  de  las  sociedades, entonces el protagonismo que han adquirido los Estados Nación arroja una primera clave a la pregunta por la soberanía. Son los sistemas sanitarios de cada país los que deben hacer frente a la propagación del virus, y las hay sectores vocacionales con otras ocupaciones primarias) se cagan de hambre. No buscamos minimizar los aportes del sector público: las principales agencias que operan sobre “Buenos Aires” (Nación, Ciudad y Provincia) han activado líneas de emergencia, en contextos económicos difíciles de empeorar, y con un nivel de coordinación capacidades estatales, los recursos, la inversión, la accesibilidad, en fin, las políticas públicas las que son traccionadas forzosamente al centro de la escena.

En consecuencia, observamos cómo se abre paso la cuestión del Contrato Social: ¿Por qué vivimos bajo la égida de un Estado? ¿Qué esperamos de él? ¿Cuáles son las condiciones para formar parte de la comunidad política?

Una mirada austral: La doble anticipación argentina

En el caso de Argentina, el estado de excepción, lejos de revelar inconsistencias político-ideológicas, ha operado reforzando y radicalizando elementos preexistentes.  Así como el desarrollo de la situación epidemiológica en el plano internacional permitió al gobierno observar otras experiencias en materia sanitaria, y esa ventaja pudo capitalizarse como un acierto en la adopción temprana de medidas como el aislamiento, lo mismo ocurrió con la agenda política.

Un mes antes de que la OMS confirmara la identificación de un nuevo tipo de coronavirus, Alberto Fernández señalaba en su discurso de asunción del 10 de diciembre la necesidad de un nuevo contrato de ciudadanía social fraterno y solidario y convocaba a los trabajadores, empresarios y diversas expresiones sociales para establecer un Conjunto de Acuerdos Básicos de Solidaridad en la Emergencia[2].

La coyuntura encuentra a la Argentina habiendo sembrado una agenda perfectamente acorde a las circunstancias. Mientras los gobiernos neoliberales son “retratados” en su incapacidad de ofrecer respuestas efectivas de protección, tanto en materia sanitaria como política, los posicionamientos de Alberto Fernández frente a la pandemia emanan de una perspectiva fértil y oportuna.  No hay relato hiperindividualista que resista una crisis humanitaria de esta magnitud; si hay una premisa que gana terreno en medio de la incertidumbre es que “nadie se salva solo”[3],  y eso no parece estar en discusión.

Para convocar a la sociedad a acompañar las medidas dispuestas en el marco de la emergencia sanitaria, el gobierno ha resuelto apelar a la idea de que nos enfrentamos a un enemigo invisible. Emerge así otro elemento preexistente: el nosotros evocado es amplio, dice desconocer particularismos y mezquindades. Siendo “Argentina Unida” el claim comunicacional desde el comienzo de la gestión, se comprende cómo la coyuntura no hace más que reforzar el posicionamiento del gobierno en la vocación de construir un proyecto de país que se asiente sobre ciertos consensos fundamentales. Ratifica y radicaliza entonces la necesidad de exista un compromiso amplio con la que se señala como la causa común; de luchar contra el hambre a combatir la pandemia. El hilo conductor en la transversalidad de la identidad política son las grandes empresas de gestión. Lo que está en juego es crítico, dramático, y por eso el nosotros se construye en términos éticos: “es un imperativo ético” luchar contra el hambre, o defender la vida por encima de los intereses económicos.

La pregunta por el futuro

Si la experiencia de la pandemia resulta efectivamente una herida mortal para el capitalismo tal como lo conocemos o si todo volverá al momento cero cuando la situación esté controlada en términos epidemiológicos, son extremos de una dicotomía inconducente. La ansiedad por trazar escenarios de futuro puede conducirnos a adoptar perspectivas  paralizantes;  o  el  capitalismo  es  todopoderoso,  o  la pandemia trae consigo el antídoto al hiperindividualismo neoliberal.

La reflexión respecto de lo que vendrá resulta más fecunda como horizonte que como práctica evasiva del presente. la pregunta, en todo caso, podría orientarse más bien hacia la posibilidad de actuar sobre las condiciones que el contexto nos ofrece; ¿cómo podemos lograr que esta apertura del interrogante por lo estatal, por lo colectivo, por lo común, sobreviva a la pandemia y no se extinga junto con ella?


Notas

[1] Schmitt, C. (1941) Estudios Políticos Madrid: Editorial Cultura Española, pag. 40.

[2] Ver en: https://www.casarosada.gob.ar/informacion/discursos/46596-palabras-del-presidente-alberto-fernandez-en-su-acto-de-asuncion-ante-la-asamblea-legislativa

[3] Ver en: https://www.pagina12.COM.ar/256119-alberto-fernandez-nadie-se-salva-solo

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