sábado 06 marzo 2021

Tejer sensibilidades: Juventudes culturales y el futuro de la identidad

ph. Ignacio Petunchi

 Juan Francisco Baron y Catalina Romero*

La contemporaneidad geopolítica ofrece sobrados ejemplos de un crecimiento de derechas radicalizadas que abordan a su base electoral y social desde un claro concepto: la identidad. Lo cultural nacional, parece ser el nuevo amalgamador que apela a la ‘nostalgia de un país mejor’ perdido bajo los gobiernos de izquierdas y centros. Así, los feminismos (la famosa ideología de género de Bolsonaro), los movimientos racializados (Trump y su polarización con Antifa durante el Black Lives Matter), pueblos originarios (con Bolivia como su mayor exponente y la biblia arriba de la whipala), ambientalismos (el descrédito general al calentamiento global), entre otros, se constituyeron desde la nueva (o vieja) derecha como enemigos a derrotar que corrompen las identidades de un ‘Make America Great Again’ idealizado.

Las victorias (o derrotas dependiendo de quien lo mire) en EEUU, Brasil, Chile y Bolivia no deben embelesarnos con un horizonte mejor. Si Linera afirma que la izquierda llega por oleadas cada vez más profundas, nada parece indicar que la derecha no continúe radicalizándose.

Surge así como interrogante qué estrategias adoptar al momento de transformar aquellas desigualdades en meras diferencias y como conservar la democracia como sistema político que permita garantizar esta lucha. Pareciera que lejos de operar burlando al adversario, deben suceder maniobras que permitan mirar hacia adentro de los mismos movimientos al momento de construir mayorías. Dichas maniobras se encuentran plenamente ligadas a una empatía entre los subalternizados y, por lo tanto, sujetas a construcciones sensibles. Lo cultural, el desarrollo de lo cultural en fin, tanto desde las bases sociales en las cuales radica la democracia como de sus aparatos estatales, se convierte en prioritario para no sólo desarticular los discursos que se pretenden hegemónicos desde la derecha, sino también para construir nuevas izquierdas transversales y multisectoriales.

Los movimientos anteriormente mencionados, además de ser profundamente culturales, tienen otra coincidencia: son protagonizados por juventudes.

Lo cultural como herramienta

Los discursos culturales, y por lo tanto sus construcciones simbólicas y sensibles, operan directamente sobre los corazones de lo social. Cómo podría explicarse el poder de movilización que demostró Chile en torno a transformar su cotidiano social sino es a través de la abundante simbología que se constituyó como histórica y se les dió como natural? Deben entonces montarse operatorias posibles y estratégicas al momento de desarticular estos preceptos sobre los cuales se han montado nuestras sociedades contemporáneas y que permiten la sustentabilidad de proyectos políticos de opresión. Si era más fácil divisar el fin de la humanidad que el del capitalismo, tomando a Jameson y a Fisher, es obligación construir futuros posibles a los cuales caminar y en el camino ir planteando nuevos horizontes. Como la utopía de Galeano, donde para lo único que sirve es para caminar.

Aquí vale rescatar dos preceptos. No existe articulación sensible si esta no se encuentra atravesada por lo artístico, y no existe posibilidad de creación de un futuro nuevo si esta no se realiza también desde las artes. Las construcciones simbólicas por mucho tiempo fueron dominio exclusivo de la poética y es necesario remitirnos a este potencial al momento de desarrollar un accionar claro. Las artes, como hechos estéticos, tienen un aspecto político inherente en tanto tienen la capacidad de interrumpir el orden establecido y producir quiebres en el sistema generando así nuevas configuraciones de la experiencia sensorial. Al respecto Ranciére define la actividad política como “la que rompe con la configuración sensible donde se definen las partes y sus partes o ausencias por un supuesto que por definición no tiene lugar en ella: la de una parte de los que no tienen parte. Esta ruptura se manifiesta por una serie de actos que vuelven a representar el espacio donde se definen las partes, sus partes y las ausencias de partes” y “la actividad política es la que desplaza a un cuerpo del lugar que le estaba asignado o cambia el destino de un lugar; hace ver lo que no tenía razón para ser visto, hace escuchar un discurso allí donde sólo el ruido tenía lugar, hace escuchar como discurso lo que no era escuchado más que como ruido” (en El Desacuerdo). Así es indivisible la revolución francesa de La libertad guiando al pueblo, de la misma manera que es imposible separar la conquista del barroco americano o al peronismo del cine de Favio. Es absolutamente necesario construir esa discursividad, o todo proyecto está condenado a la trivialidad y a volverse reversible. La acción cultural por lo tanto no puede ser relegada a ser un detalle a definir, sino la principal acción a desarrollar en la contemporaneidad en disputa, donde se ha vuelto necesario defender hasta lo más sustancial de la dignidad humana.

El verdadero poder del demos

Sin embargo este desmarañamiento no puede ser una acción únicamente estatal. La sociedad desde sus diferentes reclamos es quien debe tejer redes, construir tramas y lograr consensos, al momento de generar la suficiente densidad para operar sobre lo real. Es necesario revalorizar lo democratico, como la acción en la que el pueblo delega una voluntad, para potenciar estos sectores de la sociedad en un círculo virtuoso que permita generar densidad en lo civil para luego trasladarla al Estado. En este sentido, es estratégico que los agentes tradicionales de la política, los partidos, fomenten estos espacios por más que terminen desbordándolos. La apuesta particular que debe realizarse, es posicionar a la juventud como agente clave del cambio, radicar en ese sector poblacional la capacidad de generar reformas y revoluciones progresivas para transformar el status quo social. Sin embargo, esto debe ser generado apostando a la multiplicidad. Cualquier política cultural que tienda a la hegemonía es una política floja de papeles. La diversidad es la bandera del movimiento juvenil, diversidad colectiva e intersectorial: entenderlo de otra manera es el peor error que puede poseer cualquier espacio político que se autodenomine progresista. Esto no quiere decir que el capitalismo, el liberalismo y el Estado dejarán de existir, sino que su centralidad discursiva y social se ha desplazado en alguna medida, de tal manera que el espectro de las experiencias sociales que puedan ser consideradas como alternativas válidas y creíbles a lo que existe se amplíe de manera significativa (Santos, 2007).

Como se sabe, la derecha también juega, y apuesta a una radicalización de su base social amparada también en sectores juveniles. Utilizando estrategias que tienen en las redes sociales su eje, han posicionado una serie de portavoces influencers que accionan con una agenda regresiva y profundamente antidemocrática.

Apostar a las juventudes, a la radicalización de la participación social y una agenda de enfoque identitario y diverso (en resumen cultural), es la única posibilidad al momento de pensar en una clave de futuro. A fin de cuentas, es la generación que ocupará la agenda política en el corto plazo y la encargada de diseñar nuevos discursos y crear nuevos universos, los cuales transitar. Ese poder creador es, fundamentalmente, artístico.


*Catalina Romero es pampeana pero vive en Mendoza. Es actriz, investigadora y gestora cultural. Se recibió de la Licenciatura en Actuación de la Universidad Nacional de Las Artes. Actualmente se encuentra finalizando la Maestría en Cultura Pública en la misma institución. Forma parte de la Compañía de Teatro de la Biblioteca del Congreso de la Nación con quienes realizan actividades que vinculan las artes y las poblaciones en situación de derechos vulnerados. Es fundadora de NODO Centro Cultural Digital un espacio que piensa las artes y las humanidades desde la digitalidad.

Juan Francisco Baron es mendocino, gestor cultural, militante, artista e investigador. Sus estudios de grado son en la Lic en Actuación (UNA) y actualmente realiza estudios de posgrado en Mediación Cultural (UNA – CLACSO) y la maestría en Cultura Pública (UNA – Sorbonne Nouvelle). Es fundador de NODO – Centro Cultural Digital, un espacio que piensa las artes y la sociedad desde la especificidad de lo digital.

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