miércoles 25 noviembre 2020

Tareas de cuidado: una brecha que se agudiza en tiempos de pandemia

Foto: Carmel Sabino

María Eugenia Rojas*

La lucha por una distribución equitativa en las tareas del hogar es una de las banderas históricas del feminismo. Se piensa que tanto este movimiento político como sus críticas a la sociedad son recientes, pero nada más lejano a la realidad.

El movimiento feminista nace luego de la Revolución Francesa y los reclamos de las mujeres ante la desigualdad datan al menos del año 1879. Uno de esos reclamos es el objeto del presente texto: el rol de la mujer en las tareas de cuidado.

Una de las consecuencias que tuvo la Revolución Francesa fue la diferenciación entre el ámbito público y el privado. Es así que se estructuró, se enseñó y se naturalizó que la esfera de lo público -la política, la cultura, la educación, entre otros- fueran áreas exclusivamente para los hombres; mientras que las actividades vinculadas al ámbito de lo privado -las tareas del hogar, la crianza de los hijos, cuidados generales- fueran áreas asignadas a las mujeres.

Asimismo, para completar el cuadro, se dispuso que la representación de la mujer en el ámbito de lo público debiera ser ejercida por el hombre. Esta noción de que la mujer necesita de un hombre para ser representada en sociedad se extiende a lo largo de toda su vida: primero es propiedad de su padre, luego, propiedad de su marido.

Todas estas concepciones fueron legisladas en los códigos de muchos países, las encontramos por ejemplo en el Código de Napoleón, así como también el Código de Vélez Sarsfield en Argentina. Incluso, se dispusieron leyes que obligaban a las mujeres a quedarse en sus casas a cumplir la misión para la que habían venido al mundo: las tareas de cuidado, como un determinismo biológico o como atributo irrefutable de la personalidad de la mujer.

Ahora bien, ¿a qué llamamos tareas de cuidado?

Son las actividades que se relacionan con todo aquello que se hace para que los hogares y las familias funcionen; básicamente, todo lo que hacemos desde que nos levantamos, hábitos cotidianos que nos permiten desarrollar la vida: como realizar compras, cocinar, limpiar, vestir, higienizar, brindar múltiples asistencias y apoyos a niñas, niños, niñes, adolescentes, personas mayores, personas con discapacidad, entre otras.

Esas tareas han recaído sobre la figura de la mujer u otras identidades asociadas con lo femenino que la cultura patriarcal atribuye erróneamente como “cuidadoras naturales”, tanto en la esfera de los hogares como de la comunidad.

Profundizando, se podría decir que estas tareas se dividen en tres esferas: la primera vinculada al cuidado directo de las personas (niñas, niños, niñes, pero también adultos mayores y personas con enfermedades crónicas o discapacidad); la segunda esfera está asociada a la gestión del cuidado (tareas como cocinar y limpiar); y por último se encuentra el autocuidado (ocio, tiempo libre).

Si bien en la actualidad no existen leyes donde se obligue a las mujeres a realizar las tareas domésticas, las estadísticas indican que, en promedio, las mujeres dedican el doble de tiempo que los varones al trabajo no remunerado.

Esto es así debido a que en las sociedades patriarcales esta asignación de la división sexual del trabajo es naturalizada, “tatuada” en las familias como algo que debe ser así y, por ende, en general no es cuestionado.

Asimismo, durante años se dispuso que el género femenino debía dedicarse al hogar y a los cuidados, sin enseñar corresponsabilidades entre los géneros. Es en este contexto que Simone De Beauvoir enuncia su famosa frase “no se nace mujer, se llega a serlo”. Es decir, hay un “modelo de mujer” y bajo esa concepción, se imponen determinadas cargas de cuidado por el sólo hecho de ser mujer.

En la actualidad, este tipo de organización importa que la mujer tenga una doble jornada laboral, que no es debidamente remunerada. De esta manera, no se visibiliza que las tareas de cuidado ejercen un doble rol dentro del sistema económico: no sólo producen fuerza de trabajo, alimentándola y cuidándola, sino que también cumplen un rol de enseñanza, trasmitiéndole a los trabajadores valores esenciales para desempeñarse en la sociedad. Por lo tanto, el trabajo doméstico y de cuidados no remunerado emerge como una dimensión central del bienestar y del desarrollo humano que produce valor.

Para ponerlo en términos marxistas, el obrero puede ir a trabajar todos los días y el empleador explotar su plusvalía en la medida que, en el hogar, la mujer realiza las tareas de cuidado y le permite al obrero descansar para poder usar su fuerza de trabajo al día siguiente.

Se podría decir entonces que hay una doble plusvalía aprovechada por el empleador: la del obrero y la de la mujer en el hogar, siendo la segunda aún más desventajosa: porque es totalmente invisible y gratuita.

La problemática además reside en el hecho de que gran parte del trabajo de cuidado tiene lugar fuera de la esfera mercantil. Esto lo torna invisible para las mediciones estándar de la economía y refuerza su escasa valoración social.

Por otro lado, la sobrecarga en las tareas de cuidado en las mujeres entraña una desventaja específica para ellas. Ven limitada su autonomía económica, y condicionada negativamente la posibilidad de desarrollar trayectorias laborales exitosas. También implica la imposibilidad de salir de situaciones de violencia al afectar fuertemente su independencia. A su vez, esta falta de tiempo se refleja en una insuficiencia para realizar actividades de ocio y recreación, con las consecuencia psicológicas y físicas que eso conlleva.

La situación se agrava en los casos de pobreza, debido a la imposibilidad de acceder a sustitutos de las tareas diarias en el mercado (personal doméstico). Se observa así una importante desigualdad al interior del universo de las mujeres en función del nivel de ingresos. Aquellas que viven en hogares de menores ingresos dedican más tiempo al trabajo no remunerado que la de hogares de mayores ingresos.

En este sentido, analizando cómo se desarrolla el fenómeno en la región, vemos que en América Latina la diferencia en el tiempo dedicado a las tareas de cuidado entre las mujeres pobres y aquellas con más recursos es tan grande como la brecha que se registra entre varones y mujeres.

No obstante, hay en el continente una cierta tendencia al reconocimiento de esta problemática: Ecuador incorporó en su Constitución la idea de que el trabajo no remunerado debe ser reconocido y obliga a una distribución equitativa de las tareas de cuidado entre mujeres y varones.

Asimismo, Uruguay creó el Sistema Nacional de Cuidados, que funciona como parámetro cuando se piensa en políticas de cuidado.

En el caso de Argentina, el recientemente creado Ministerio de las Mujeres, Género y Diversidad estableció el área de Cuidados para idear políticas públicas que traten la desigualdad analizada en el presente. Por otro lado, el INDEC (el organismo de estadísticas de Argentina) se encuentra llevando a cabo la encuesta del uso del tiempo -para obtener resultados en el 2021-, para dar visibilidad a la distribución inequitativa del cuidado y así poder trabajar coordinadamente con el apuntado ministerio.

Aún bajo estas iniciativas, en la actualidad estas tareas recaen en mayor medida sobre las mujeres, por lo que resulta imperioso exponer esta problemática y tratar de contribuir a cambiar las conciencias colectivas e individuales de las personas. Especialmente la de los varones, que son criados en la idea de que su tiempo es más valioso que el de las mujeres.

Esta idea, completamente naturalizada, importa que el tiempo de la mujer, para los hombres, se encuentra totalmente a su disposición.

En estos tiempos de Covid-19 este fenómeno ha tenido una escalada exponencial muy negativa, agravando uno de los ejes de desigualdad más importantes que sufren las mujeres.

El Covid-19 no sólo ha puesto en evidencia la centralidad del trabajo de cuidados, sino también ha demostrado lo insostenible de la actual organización social de los cuidados. Esto ha potenciado las desigualdades económicas de género, dado que son las mujeres más pobres quienes más cargan con estas tareas, y que su sobrecarga afecta enormemente las oportunidades de conseguir medios para su subsistencia.

En tal sentido, se necesita con urgencia una economía del cuidado para reducir esta desigualdad que afecta severamente a las mujeres.

El cambio hacia una organización social del cuidado más equitativa es imprescindible a la hora de pensar en un desarrollo sostenible, en la generación de empleo y en la construcción de una sociedad más justa y con más igualdad.

De nada servirán medidas tales como el requisito de que las empresas tengan en su administración un 50% de mujeres (como se decidió recientemente en Argentina), si se mantienen estas estadísticas en la distribución del uso del tiempo hacia el interior de los hogares. Esto es así porque, dadas las condiciones actuales, muchas de ellas nunca podrán acceder a una educación o capacitación necesarias para poder alcanzar determinados puestos calificados.

Poder transformar realmente la situación de las mujeres requiere un análisis de todo el contexto que hay detrás de cada una de ellas y así comprender la desigualdad estructural que padece este grupo históricamente desaventajado.

Por eso: Mujeres del mundo, uníxs! A quemar cacerolas!


Bibliografía

1.-  Abbate, F, Biblioteca Feminista, Vidas, Luchas y Obras, desde 1789 hasta hoy, Buenos Aires, Planeta, 2020.

2.- CEPAL, Clasificación de Actividades de Uso del Tiempo para America Latina y el Caribe, Santiago de Chile, 2016.

3.- Esquivel V, Faur E y Jelin E., Las lógicas del cuidado infantil. Entre las familias, el Estado y el mercado. Buenos Aires, 2012.

4.- Fabri, L. A los varones nos crían para pensar que podemos disponer de las mujeres, La Nación, 2020.

5.- IGJ, Resolución General 34/20.

6.- INDEC, Hacia la Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo y Trabajo No Remunerado, Ministerio de Economía, 2020.

7.- Le Monde Diplomatique, El atlas de la revolución de las mujeres, las luchas históricas y los desafíos actuales del feminismo, Capital Intelectual, Buenos Aires, 2018.

8.-ONU MUJERES, Cuidados en América Latina y el Caribe en tiempos de COVID-19. Hacia sistemas integrales para fortalecer la respuesta y la recuperación, Nueva York, 2020.

9.- Revista Nueva Sociedad, Economía feminista y economía del cuidado. Aportes conceptuales para el estudio de la desigualdad, Buenos Aires, 2015.

10.- Saba, R., Más allá de la igualdad formal ante la ley. ¿Qué les debe el Estado a los grupos desaventajados?, Buenos Aires, Siglo XXI, 2016.


* María Eugenia Rojas es abogada especializada en derecho laboral de la Universidad de Buenos Aires. Es docente en la Facultad de Derecho de dicha universidad en la materia “Medios de Comunicación, Opinión Pública y Democracia”. Actualmente se encuentra cursando el posgrado en “Género y Derecho” en la misma facultad.

ÚLTIMAS NOTAS

Sala Silenciosa

Sala Parlante

ETIQUETAS