domingo 02 octubre 2022

Sin rotular

Ornella Facciola*

Acostados en pasto húmedo y amarillo miramos las nubes. Hago un gran esfuerzo para encontrar en ellas, hasta ahora desconocidas, algo que acorte los cinco mil kilómetros que nos separan, algo que las singularice y que nos una. Los vientos del norte les dan un ritmo de autopista y no puedo detenerme en el arte de la denominación. Esto me inquieta, porque sé que es un juego, pero también es un acto delincuente.

Elijo con la mirada una de ellas. A primera vista es como todas las nubes: esponjosa, blanca, liviana. Se desplaza en el cielo rosa, con sus panzas irregulares, su ombligo de luna en segundo plano, sus cientos de narices. Es más lenta que las demás y creo que se debe a que tiene más densidad. Quizás carga con lluvia, o va a ser lluvia. O sus cristales de hielo forman marañas pesadas adentro. Hay lugares de mi nube en donde la luz logra atravesarla. Hay lugares en los que tiene nudos opacos y ciegos. A veces la forma restringe y la clasificación ahoga, pero la nube no sabe de eso, por eso ella está flotando y nosotros graves en la tierra.

¿Qué sos? ¿A qué te pareces? ¿Con qué te puedo relacionar después de observarte tan largo y tan rápido? La sensación de ponerle nombre a las cosas que no termino de entender me relaja, pero también me asusta. La necesidad de nominar para dominar me da la favorable y falsa sensación de tener el control. El bautismo de las cosas no me corresponde, y aun así genero ceremonias en las que congrego y catálogo.

Y antes de que desaparezcas te digo:

Sos una nube con forma de ligereza dulce. Si. Sos leve en partes, gotas en otras.

Sos una nube con forma de brisa fresca. Si. Pasas levitando por sobre mi, sin hacer sombra.

Sos una nube con forma de metamorfosis. También. Cambiando frente a mi, bailando mientras el cambio suena en tus bordes.

Quizás seas nieve cristal en Bariloche, o lluvia verde en el Paraná, o humedad kilos en Retiro. Y me doy cuenta que los conceptos los pone el alma y no el diccionario. Que la subjetividad me da una mano y me dice “dejate llevar”. Que a veces el sol me hace sufrir. Que a veces la lluvia me acaricia. La soledad me acompaña y la distancia nunca se sintió tan cerca. Y se me va de las manos el arte de rotular. Pierdo el control, mis manos se despegan un poco del pasto, después todo mi cuerpo. Mi nube ya se fue, pero me siento más cerca de ella. Pierdo el control y empiezo a flotar.


Algo que nunca te contaron: El profesor Utonio, antes de hacer a las chicas superoderosas, vino a Buenos Aires a buscar algunos ingredientes y hacer un prototipo, alla por el 1994. Mezcló azúcar, flores, algunos colores, un poco de vino, una balanza, un par de lágrimas, algunos libros y bastante ingrediente X. 27 años más tarde acá estoy, estudiando Letras y Corrección, escribiendo y leyendo todo lo que puedo y aprendiendo que la vida es eso que hacemos que sea.

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