miércoles 01 diciembre 2021

Salud mental: una oportunidad para la inclusión social

Miranda Bonhome*

En el año 2017 concurrí al Hospital General de Agudos Dr. Cosme Argerich como practicante para poder graduarme como Licenciada en Psicología en la Universidad de Buenos Aires. El Argerich se fundó en el año 1897 y es uno de los hospitales públicos que brindan atención gratuita dentro de la República Argentina. Mientras realizaba las prácticas, constaté lo que ya sabía: ese gigante ubicado en la zona sur de la Ciudad de Buenos Aires nunca para. Por otra parte, me impactaron las realidades que llegaban al dispositivo de guardia hospitalaria para ser atendidos por los profesionales de salud mental: personas con desencadenamientos o desestabilizaciones psicóticas, personas que habían decidido terminar con sus vidas y otras que llegaban consumidas por las adicciones o tomadas por la angustia de haberlo perdido todo. 

El equipo allí presente -conformado por psicólogos, psiquiatras y trabajadores sociales- intentaba contener mediante la palabra; brindaba medicación para apaciguar el estado de cada paciente y, finalmente, averiguaba si contaban o no con obra social. Aquellos que tenían cobertura eran provistos de su asistencia y podían acceder a la internación que necesitaban para recuperarse. Tener obra social significaba entonces contar con una nueva oportunidad. Sin embargo, estas no eran las circunstancias de la mayoría de los pacientes que asistían o – mejor dicho – caían a la guardia de salud mental, atravesados por la urgencia. 

La mayoría de ellos no tenían trabajo, ni hogar. Eran personas que habían quedado totalmente excluidas del sistema productivo y no contaban con una red de apoyo social que los pudiera motivar a construir un nuevo horizonte. Este sector de la sociedad quedaba merodeando en plena incertidumbre, mientras el equipo se lamentaba por la saturación de las instituciones psico-asistenciales y neuro-psiquiátricas ubicadas en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. La salud mental de estas personas que vivían situaciones de extrema vulnerabilidad socioeconómica quedaba a la espera, como si la urgencia permitiese esperar. Una vez más, sus necesidades quedaban postergadas.

Muchas veces me pregunté: ¿viene primero la exclusión del sistema y luego el padecimiento mental? ¿O viene primero el problema de salud mental y después la exclusión? No creo que haya una respuesta certera para esa pregunta. Además, tampoco importa demasiado si viene primero el huevo o la gallina. Lo verdaderamente trascendente es que tenemos que atender a la salud mental desde un enfoque interdisciplinar y desde la multicausalidad que requieren los fenómenos complejos. Y, por sobre todas las cosas, se debe tener y sostener la voluntad política para atenderla con convicción. 

Me interesa resaltar que la salud mental siempre será una oportunidad y un camino para la inclusión social. Dar respuesta a las urgencias de personas sin obra social, techo o trabajo, puede ser una de las posibilidades que tenemos para dejar de reforzar la exclusión y comenzar a trazar un nuevo camino. En este camino las intervenciones aparentemente individuales y aisladas se multiplican y nos fortalecen como comunidad, consolidándose como una salida posible frente a la desigualdad imperante. Como ciudadanos y potenciales agentes de cambio podemos instalar en la agenda pública la necesidad de priorizar la salud, lo que podría corresponderse con una mayor inversión en políticas públicas que hagan posible un futuro más equitativo para todos. 

Es menester recordar que la Ley 26.657 explicita que todas las personas tenemos derecho a la protección de nuestra salud mental sin importar quiénes seamos, de dónde venimos y en qué situaciones nos encontremos. El Estado debe recordarlo y actuar con lucidez, contribuyendo con acciones concretas para que los padecimientos mentales sean considerados como circunstancias y no como estados inmodificables. 

Si no se aborda al padecimiento mental, deberemos asumir que engrosará la lista de “condiciones” que signan el destino de las personas, azotándolas con mayor vulnerabilidad y exclusión social. Las situaciones que se transforman en condiciones caracterizan nuestro presente y seguir avalándolo nos alejará cada vez más de un futuro con justicia social. 

Tenemos la oportunidad, como sociedad, de no postergar la salud mental. Ningún horizonte -ni individual ni colectivo- será justo ni ético si avalamos la espera frente a la urgencia. Especialmente cuando los condenados a la espera son los que históricamente han sido relegados.


*Licenciada en Psicología (UBA). Psicoterapeuta de adultos. Se encuentra completando el Profesorado de Psicología en Enseñanza Media y Superior (UBA).

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