sábado 10 abril 2021

Resistencia y cine

* Victoria Solano

La mañana del  11 de marzo recibí un correo de la Universidad Javeriana. El mensaje era corto: la universidad suspendía todas las actividades masivas, a causa de la llegada del coronavirus a Colombia. Aquello implicaba que el conversatorio que veníamos organizando como parte de la promoción de mi documental “Sumercé” quedaba postergado indefinidamente. Releí el mensaje varias veces, fui a la cocina y me hice un café llena de pensamientos confusos. Volví al computador, encontré dos mensajes más de otras universidades, los leí entrelíneas: covid-19, evento, masivo, cancelación. La estrategia de promoción que había planeado se caía a pedazos mensaje tras mensaje.

Seis meses antes había viajado desde Argentina a concretar el lanzamiento de la película en Colombia, un momento definitivo que cerraba el trabajo de seis años y que entregaba finalmente la película a sus protagonistas. El documental  nació en el año 2013 en medio del paro agrario cuando, cámara en mano, viajé desde Bogotá hasta Tunja la capital del departamento de Boyacá ubicada a dos horas  de distancia, pero cuyas vías de acceso se encontraban completamente bloqueadas por grupos de campesinos que reclamaban mejores condiciones de producción de alimentos. Los campesinos me dejaron pasar porque mi carta de presentación era “Documental 9.70”, una película sobre  leyes  de semillas que yo había liberado en redes sociales en apoyo al paro y que al volverse viral había aportado a su causa.

En cada punto de bloqueo hablaba con los campesinos, escuchaba sus conversaciones. Quedé prendada de aquella lucha, de aquellos sueños colectivos  sobre lo fundamental. No tuve duda que haría una película que hablara de su resistencia. 

El primer personaje que elegí fue a César Pachón líder agrario, vocero de aquel paro. Nacido en el páramo, de origen humilde, había logrado convertirse en ingeniero agrónomo de la Universidad Pública de Boyacá (UPTC), asesoraba cultivos al tiempo que sembraba los propios, se casó y soñó con tener hijos. Pero el destino le tenía preparado otro camino. Cuando lo conocí empezaba su camino como líder, logró que el gobierno firmara unos acuerdos, fue amenazado, perseguido, estafado y logré llegar a tiempo para grabar de cerca cómo se lanzaba a la gobernación de Boyacá sin dinero con un partido político recién creado. 

Cuando vi por primera vez a don Eduardo Moreno, lo reconocí de inmediato como el personaje que estaba buscando. Un grupo de hombres y mujeres se reunía alrededor de él mientras él hablaba de algo que no había escuchado nunca: sembrar agua. Había nacido en el páramo y hacía cincuenta años era líder campesino, pero siempre desde lo ambiental. Muy joven entendió que la vida de los campesinos dependía directamente de la naturaleza. A los veinte años padeció una terrible sequía en su finca ubicada en el páramo del Rabanal, descubrió que él mismo la había generado rompiendo plantas con su tractor. Aquella epifanía le marcó el camino de activista para siempre. 

Rosa Rodríguez era maestra de una escuela rural y poco le gustaban las protestas, pero en el paro agrario de 2013 vio a sus alumnos volver con las ruanas llenas de sangre y golpeados por la policía. No solo los conocía y sabía que no eran criminales, conocía de primera mano el drama que vivían en esas tierras. Habían empezado a llegar notificaciones que decían que el terreno donde estaban sus fincas se convertía exclusivamente en reserva y prohibían toda actividad agraria, ganadera o minera en ella. Claro que mientras multaban a los campesinos, en la misma tierra (gracias al lobby minero) alargaban hasta por 30 años las licencias de gravilleras en pleno páramo. 

Durante cinco años los seguí en medio de montañas. Conocí a sus familia, hice preguntas incómodas, los vi llorar, sufrir, ser perseguidos, amenazados, los vi perder, ilusionarse y sentí que los conocía.  En ese camino me enseñaron que aquello que nos toca y nos interpela son las historias de seres humanos, mucho más y de manera más contundente que cualquier cifra, argumento o sermón. Aquella mañana del 11 de marzo  mientras veía a mis planes desbaratarse pensaba en ellos.

Habíamos planeado una premiere campesina en la que llenaríamos la Cinemateca de Bogotá de sombreros y ruanas. Nos proponíamos tomarnos las calles con un mensaje de resistencia campesina, resistencia pacífica. Durante muchos días pensé en aquello, escuché unos consejos, fingí escuchar otros.  La respuesta apareció delante de mis ojos como una conclusión obvia, clara, transparente: si lo importante era contar la historia, si lo que deseaba era entregarla al público, si el cine era resistencia, entonces nos convertiríamos en la primera película colombiana en  estrenar online en medio de la pandemia. 

Estoy convencida que el día de su estreno, el pasado lunes 11 de junio en la plataforma Mowies, se cerró un ciclo para burlar juntos la cuarentena. Como ir a los páramos, abrazar a nuestros hermanos: vibramos y en ese instante también resistimos. Aunque este pequeño gesto no fuera más que la metáfora de aquella lucha campesina histórica que inspiró esta película.*


*Nota de la editora: Finalmente, la película se estrenó en distintas salas de Colombia el pasado 9 de octubre. Forma parte de la programación de la próxima edición del FESAAP (Festival de Cine Latinoamericano de La Plata) y también estará disponible en la plataforma Octubre TV.

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