domingo 24 octubre 2021

Reseña de David, Harvey, Breve Historia del Neoliberalismo

Franco Patuto

La escritura de una reseña supone siempre una serie de disgustos. En principio, toda reseña exige, para su autor, el ejercicio de una cuota de violencia. Quien lee y subraya procede violentamente. Recortes, asignaciones, entonaciones: todos gestos violentos. Ello no excluye, por otra parte, que no dependamos de este tipo de intervenciones. Una reseña, entonces: necesaria, sí. Parida con cierta violencia, también. Pero, bajo cualquier circunstancia, imprescindible. Visibilización de lo sustancial, oscurecimiento de lo secundario: he allí la esencia de la reseña. En fin, tipo de escritura que edifica una suerte de co-escritura o pos-escritura. Pero quizás esto tenga que ver con Harvey. O con las reseñas en general. Sea como fuera, lo que queremos decir es que ésta reseña, y ninguna reseña, suplanta la lectura del libro. Se propone, antes bien, alentarla. Y remarcar esto, que es obvio, es necesario, creo, porque lo vertiginoso de nuestros días, cuando el deleite por lo efímero e instrumental edifica cierto clima epocal que desalienta la experiencia del libro. Al final de cuentas, queremos decir esto: el texto de Harvey es, qué duda cabe, excelente. Y quizás podamos avanzar un poco más y decir: Breve historia del Neoliberalismo constituye una pieza insoslayable de cualquier biblioteca.

Así las cosas, nos encontramos con David Harvey. El británico, representante insigne de la geografía radical, emprende, con pluma ágil y locuaz, una escritura que atrapa y, sobre todo, que interpela; una escritura que conmueve y moviliza al lector, quien queda imbuido en las fibras de un texto que prorroga el humanismo crítico de la tradición marxista. Ya en los primeros tramos del texto, la pericia intelectual de Harvey se hace carne en una arsenal de categorías que tratan de dar cuenta de la especificidad del neoliberalismo. Como es de esperarse, ese fino trabajo conceptual está precedido por una definición de su objeto de estudio. En principio, Harvey comprende el neoliberalismo de forma harto sencilla: para él, se trata de una teoría de prácticas político-económicas que cristalizan, de forma acabada, la aspiración a construir una sociedad reconciliada consigo misma, basada en los principios de desregulación de los mercados de trabajo y la privatización de los activos públicos, en la desestimación de los objetivos de pleno empleo y la drástica reducción de los tributos, en el embate contra la fuerza de trabajo organizada y en el descenso deliberado de salarios. Sociedad, por lo demás, anclada en la libertad de empresa y la propiedad privada como fundamentos ético-políticos. Sin embargo, denuncia Harvey, la evolución histórica no se acopla a  los designios de los estandartes del neoliberalismo, como pueden ser los participes de la sociedad Mont Pelerin, tal Von Hayek. De hecho,  Harvey emprende una recusación empírica que, por su propia tesitura, adquiere la forma de una crítica teórico política mucho más amplia. Una denuncia que no se limitará meramente a denotar promesas incumplidas. Más suspicaz, Harvey subraya los efectos del neoliberalismo en una pluralidad de ámbitos. Escuchemos: “el proceso de neoliberalización ha acarreado un acusado proceso de destrucción creativa, no solo de los marcos y los poderes institucionales previamente existentes sino también de las divisiones del trabajo, de las relaciones sociales, de las áreas de protección social, de las combinaciones tecnológicas, de las formas de vida y pensamiento, de las actividades de reproducción, de los vínculos con la tierra y los hábitos del corazón” (Harvey, 7). Trabajando en pos de tirar por tierra el liberalismo embridado del Welfare State, el neoliberalismo cultivó, desde sus gérmenes en el congreso Walter Lipmann, un corpus de ideas económico-sociales, un conjunto de propuestas de política pública, de trabajos de teoría y filosofía política, que conquistaron la simpatía de las élites ante la crisis de acumulacion de los 70. La historia de esa inflexión, y las maneras en que el neoliberalismo y sus artífices se pensaron a sí mismos, es interpelado, no sin vehemencia, por Harvey. Así, lejos de la panacea anticipada por sus epígonos, asegura que el neoliberalismo ha cosechado exiguos logros. Abonando la lectura de Dumenil y Levy, Harvey sostiene que el neoliberalismo supuso un proceso de reconstrucción de un poder de clase que se marchitaba. Los datos son elocuentes: luego de una prolongada tendencia de una lógica igualitarista suscitada por el Estado de Bienestar, la neoliberalización trajo consigo, en el caso de los Estado Unidos, un ascenso del porcentaje de la renta nacional percibido por el 1% más rico, que se coloca estimativamente en el 15% del PIB, cuando había sido sensiblemente menor durante el transcurso de los “treinta gloriosos”. En la misma rúbrica, la diferencia entre las remuneraciones entre empleos cualificados y no cualificados evolucionó del 30 a 1 hasta la descomunal cifra de 500 a 1 (Harvey, 23). Por cierto,  según nuestro autor ese rumbo se replicó en el resto de los miembros de la OCDE. De lo anterior se deduce que el neoliberalismo, antes que la reorganización utópica del capitalismo que conduciría a la regocijo universal de la humanidad, se configura como un proyecto político de re-elitización socioeconómico. Interesa puntualizar que el neoliberalismo, que porta como su esencia un proyecto de re-elitización realizado en clave de clase, opera una resignificación en la noción misma de clase dominante. Las experiencias históricas enseñan que en ocasiones la neoliberalización suposo rivalizar con las clases afianzadas y dominantes, tal como aconteció en la Inglaterra de Thatcher, produciendo con ello una reconfiguración de la estructura de clase: en efecto, la mandataria rivalizó contra sectores aristocráticos, la judicatura y la élite financiera de Londres, para coaligar su gobierno a los intereses de los nuevos y pomposos ricos (Harvey, 38). Lo que otrora era un desgarramiento estructural al interior de las clases altas entre los intereses ligadas al capital financiero y aquellos que pertenecen al mundo industrial, mutó, vía la financiarización neoliberal, en una homogeneización creciente de los estratos dominantes. Por cierto, resuenan aquí los ecos de los análisis del sociólogo argentino  Juan Villarreal que denotaban un proceso similar en Argentina, añadiendo, por su parte, un concomitante proceso de heterogeneización de las clases obreras.

 Harvey ensaya, a su vez, una indagación por las formas de producción de consentimento neoliberal, es decir, cómo el neoliberalismo deviene eso que Gramsci denominó sentido común. A decir verdad, a este respecto Harvey encuentra, otra vez, la pertinencia de referirse no tanto al neoliberalismo como nombre homogéneo y monolítico, sino a procesos de neoliberalización. Hay, pues, una temporalización del concepto. Con ello en consideración, el británico asevera que cabe distinguir entre la fabricación de consentimiento que encuentra sus raíces en la instauración de regímenes totalitarios, tal como aconteció en Argentina y Chile,  de aquellas dinámicas regidas por una paulatina progresión del ideario neoliberal bajo regímenes políticos democráticos, entendiendo, claro está, a la democracia como mero proceso de selección de representantes, y alejándonos consecuentemente de las representaciones más exigentes de la democracia. De hecho, Harvey no escatima esfuerzos a lo largo de todo el texto en denunciar el espíritu antidemocrático de los procesos de neoliberalización en lo que concierne a la constante cancelación de una gama de derechos conquistados al calor del Estado de Bienestar. Asimismo, el rol de los think tanks y el rol de los medios masivos también son señalados como elementos cruciales en la fabricación de consenso.

Dando testimonio de sus dotes de geógrafo, quien también escribiera La condición  posmoderna, recorre los desarrollos empíricos singulares del neoliberalismo. En este punto, destaca, de forma sistemática, la heterogeneidad de esa dinámica, de modo tal que que nuestro autor hablará en términos de desarrollos desiguales del neoliberalismo. Desde Nueva York hasta la China de Xiaoping, pasando por las experiencias coreana, sueca e inglesa, Harvey subraya, una y otra vez, cómo el neoliberalismo asume en cada caso un rostro peculiar. Por supuesto, aquello no anula lo que cabe llamar núcleo primordial del proyecto neoliberal. Pero sí nos retrotrae a la siguiente idea: no existe algo del orden de una traducción mecánica de los textos a las realidades históricas. Antes bien, hay mixturas, yuxtaposiciones de lo neoliberal con corrientes e identidades sociopolíticas y culturas polimorfas,  un conjunto siempre contingente de apropiaciones y resignificaciones. Ante todo, sobresale la articulación del neoliberalismo con dos corrientes; por un lado, Harvey examina el vínculo entre neoliberalismo y conservadurismo. En ese sentido, los casos anglosajones son paradigmáticos. Porque tanto Reagan como Thatcher, en aras de hacerse de la conducción política de sus respectivos Estados, se valieron, ya sea por mera disposiciones tácticas o por comunidad de ideas, de estrechas alianzas con sectores conservadores-tradicionalistas. En segundo lugar, y ya en el caso de Reagan, el neoliberalismo se articuló estrechamente con el nacionalismo cultural de tintes autoritarios.

Hacia el final del texto, y solamente luego de tematizar la apropiación neoliberal del Estado, Harvey examina los modos de la crítica hacia el neoliberalismo. En primer lugar, indica los ejercicios de tenor teórico que buscan desnudar la especificidad del neoliberalismo. Modo de la crítica que, claro está, él mismo emprende. En segundo lugar, destaca la organización de movimientos políticos sociales, ya sea bajo la arquetípica forma de movimientos sindicales o partidos de tenor obrerista, o las más novedosas expresiones de los nuevos movimientos sociales no encuadrados en ningún tipo de institucionalidad moderna. Por ejemplo, el movimiento de los Sin Tierra en en Brasil, o los zapatistas en México.

Tenemos, en suma, una oportunidad inestimable ante nosotros en la lectura de este libro. Desaprovecharla sería, cuanto menos, muy poco prudente.

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