domingo 02 octubre 2022

¿Qué queda de los Derechos Humanos en el Siglo XXI?

Lucía Malena Abelleira Castro*

En el día de la fecha, 10 de diciembre del año 2021, se cumplen 73 años de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Adoptada como respuesta a los horribles hechos acontecidos durante la Segunda Guerra Mundial, la Declaración se erigió como el primer reconocimiento “universal” -ya veremos el por qué de las comillas- de la existencia de derechos y libertades fundamentales inherentes a todos los seres humanos. Se trata de derechos inalienables y aplicables en igual medida a todas las personas ya que, tal como lo esboza el artículo 1 de la Declaración, hemos nacido libres y con igualdad de dignidad y de derechos.

El documento constituyó la primera carta de derechos inalienables al ser humano desde la segunda Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano, sancionada en 1793 durante el período jacobino de la Revolución Francesa. Como tal, la declaración firmada en París recoge mucho del lenguaje iusnaturalista consagrado en la Francia del Siglo XVIII. Asimismo, da cuenta del retorno de la gramática de los derechos humanos al debate político internacional luego de más de 150 años que transcurrieron una vez fuera derrocada el ala izquierda de la revolución francesa.

Para pensar el lugar de los Derechos Humanos en la actualidad, quizás resulte útil recurrir al libro publicado hace una década, el Manifiesto por los derechos humanos (2011). El trabajo, escrito por la antropóloga y politóloga australiana Julie Wark y publicado por Ediciones Barataria. tiene hoy en día más vigencia que nunca y considero que su lectura es imprescindible para todas aquellas personas que se consideren progresistas -o para quienes no también, por qué no-.

Han pasado ya más de cuatro décadas desde la consolidación del neoliberalismo como modo de acumulación hegemónico a nivel mundial, caracterizado por la absoluta primacía del capital financiero sobre el capital productivo-industrial. Merced a aquello, somos testigos de una gran desigualdad social y económica en la que ha quedado sumergida la inmensa mayoría de la población mundial. A este ya de por sí oscuro panorama, se le sumó la pandemia del Covid19 y la consecuente profundización de la crisis, quedando como resultado un cóctel fatal. En este contexto social, económico, político y cultural en el que estamos me parece por demás importante retomar las reflexiones que nos trae en su libro Julie Wark.

En la obra Manifiesto por los derechos humanos, la escritora australiana se expresa sin eufemismos: reconoce la importancia de entender los derechos humanos como la esencia de nuestra humanidad y denuncia sin pelos en la lengua de qué manera estos han sido vulnerados, negados y hasta violados a lo largo y ancho de nuestra historia, pero principalmente en las últimas décadas del Siglo XX.

Con astucia, Wark deja entrever lo que muchos quieren tapar: en un contexto signado por el neoliberalismo y por “los mercados”, los derechos humanos no tienen lugar. Mientras todos los aspectos de la vida humana son poco a poco convertidos en mercancía y el afán de lucro es el motor que mueve al mundo, los seres humanos quedamos relegados a existir como simples engranajes de la maquinaria capitalista. Entonces la autora, y nosotros con ella, nos preguntamos, ¿qué ocurrió con los dos principios fundamentales de los derechos humanos: la libertad y la dignidad? La libertad como la entendían en la Revolución Francesa, es decir, como no dominación, como la posibilidad de decidir sobre el destino de vida sin pedir permiso a nadie; la libertad como reciprocidad en la igualdad.

Wark señala que con la consolidación del patrón de acumulación neoliberal, la lógica mercantil avanzó hacia esferas de la vida humana hasta entonces protegidas por consensos sociales, políticos y culturales. Es así que el afán de lucro permite que, por ejemplo, servicios tan esenciales para el ser humano como el acceso a la educación y a la salud se rijan por el cálculo de costo-beneficio. En el contexto pandémico, lo señalado por Wark hace diez años se ha visto dramáticamente profundizado. Mientras escribo estas palabras, el mundo observa las consecuencias del cálculo económico en aspectos fundamentales para la lucha contra el Covid como las vacunas. Con el Primer Mundo y partes del Sur global prácticamente vacunados y en pleno descarte de vacunas no aplicadas, muchos países del continente africano enfrentan todavía la peor parte de la pandemia y no consiguen acceder a la compra (mucho menos a la donación) de vacunas que sobran en Occidente. 

No fue casualidad que la Declaración fuera firmada en 1948. No solo porque coincidió con el fin de la Guerra Mundial y los procesos judiciales a los jerarcas del nazismo. También porque se configuró a partir de entonces lo que conocemos como el “Pacto Social de Posguerra”. Para exponerlo brevemente y a los fines de este artículo, a partir de aquel pacto implícito entre clases populares y propietarias, se consensuó un modo de acumulación basado en la planificación estatal de algunos resortes claves de la economía, una fuerte tasa de sindicalización y la democratización del consumo y los servicios de salud y educación. Una vez iniciado el declive del Estado-Nación en favor de los mercados internacionales, ese camino comenzó a desandarse progresivamente. El ritmo del deterioro social fue cada vez mayor a partir de la caída del muro de Berlín y la disolución de la Unión Soviética, antiguo contrapeso geopolítico y social al mundo capitalista que servía de esperanza y apoyo a grandes sectores de las clases trabajadoras. Como dice Wark: “Los derechos humanos hoy no son universales. El Sistema de mercado neoliberal sí lo es”.

En paralelo, la retórica de los “Derechos Humanos” está quizás más presente que nunca. De izquierda a derecha, todas las fuerzas políticas se posicionan a favor de los derechos humanos. Ahora bien, ¿a qué se refiere cada uno? La cuestión fundamental para el disfrute de los derechos humanos no es su mero reconocimiento. Es decir que no alcanza con que se reconozca, por ejemplo, el derecho a una sexualidad libre o el acceso al agua potable. Lo crucial es garantizar las condiciones materiales para que dichos derechos puedan ser ejercidos efectivamente.

Esto nos lleva a la discusión sobre el primero de los derechos, tal como señalaba Robespierre en los albores de la Revolución Francesa. La cita es larga pero vale la pena recuperarla:”¿Cuál es el objetivo principal de la sociedad? Se trata de mantener los derechos inalienables del   hombre. ¿Cuál es el primero de estos derechos? El derecho a existir. Por lo tanto, la primera ley social es aquella que garantiza a todos los miembros de la sociedad los medios de la existencia; todos los demás están subordinados a ésta; la propiedad fue instituida  y garantizada sólo con el fin de consolidar esta ley; si la propiedad se tiene, es en primer lugar para vivir. Y no es cierto que la propiedad pueda oponerse a la subsistencia de los hombres”.

Los derechos humanos, decíamos, se basan en la concepción del valor intrínseco de la persona humana, la que trae consigo al mundo una serie de derechos que no pueden serle arrebatados, no pueden ser vendidos y que la acompañan hasta el fin de sus vidas. Lo que hemos perdido de vista han sido las condiciones materiales que hacen posible el disfrute de todo el resto de los derechos reconocidos universalmente. 

Este olvido tampoco es un acto fortuito. Por tanto, es nuestra responsabilidad como militantes y personas comprometidas con la lucha por los derechos humanos volver a poner sobre la mesa el debate sobre la existencia digna. Hablar de existencia no es lo mismo que hablar del “derecho a la vida” con el que reaccionarios sectores del mundo buscan impedir a las mujeres que quieren decidir sobre su propio cuerpo. El derecho a la existencia se refiere a la necesidad de que cada persona tenga garantizado un nivel de vida digno, a partir del acceso a la vivienda y los ingresos necesarios para superar el umbral de pobreza. 

Vivimos en una época, como suele señalar Nancy Fraser, en la que día a día se reconocen más derechos pero en la que estamos cada vez más lejos de poder ejercerlos. ¿Quién puede ejercer sus derechos adquiridos si no llega a fin de mes, o si debe tener múltiples empleos precarios para lograrlo? En consecuencia, nuestra tarea para recuperar los valores de 1793 y de 1948 es luchar por la universalización de la dignidad y la libertad.


*Abogada. Especialista en Derecho Internacional Público. Miembro de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos. Parte del Comité Editorial de la Revista Sociedad Futura.

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