domingo 02 octubre 2022

¿Qué buscan los derechos humanos?

Alejandro González Lavín

¿Qué buscan los derechos humanos? ¿Realmente nos llevan a ser más humanos? ¿Qué han logrado? ¿Cómo podrían lograr más? ¿Dónde está realmente la problemática de fondo?

A pocos años de haber concluido la Segunda Guerra Mundial, el 10 de diciembre de 1948, se firmó en París la Declaración Universal de los Derechos humanos, que estipuló treinta artículos. Palabras más, palabras menos, podríamos condensar y segmentar las garantías individuales allí pactadas en tres bloques:

  1. Derechos fundamentales (Once): Vida, libertad, expresión, igualdad, identidad, intimidad, nacionalidad, propiedad, trabajo, ocio y descanso.
  2. Derechos legales (Cinco): Seguridad, seguridad social, seguridad legal, presunción de la inocencia y asilo, en caso de persecución.
  3. Derechos sociales (Siete): Reunión, asociación, comunidad, fraternidad, matrimonio, participación cultural y participación política.

A profundidad, lo que buscan en concreto estas garantías es que cada persona goce por lo menos de salud y dignidad, absolutamente necesarias para lograr algo más ambicioso, que es vivir en plenitud y felicidad. Aspectos de vida que, en esencia, es lo que nos hace realmente humanos.

Este listado de valores en la calidad de vida humana, lo que de buscan trascender o evitar una serie de problemáticas que hemos vivido desde el inicio de la civilización, hace por lo menos seis mil años: Discriminación, humillación, represión, servidumbre, persecución, esclavitud, detención ilegal, tortura, exilio y asesinato. Situaciones de horror que surgen de tres elementos clave: violencia, cautiverio e indiferencia.

Sin embargo, el hombre es lobo del hombre. Estos tres elementos enemigos de la experiencia humana son precisamente incubados por nuestra misma especie. Podemos desenmarañar las causas de fondo en seis elementos de nuestra conducta:

Especismo: La absoluta falta de empatía y sensibilidad que nos hace pensar que nuestra especie está por encima de las demás, y nuestro poder tecnológico puede abusar, violentar y asesinar indiscriminadamente a otras especies animales, o a sus hábitats naturales. Si no aprendemos a respetar a nuestros vecinos del planeta, difícilmente lo haremos con nuestros congéneres.

Sexismo: La creencia estúpidamente que un sexo biológico goza, por sus características intrínsecas, de mayores privilegios y libertades, o incluso derechos por sobre el otro sexo biológico. Esto también aplica para la identidad y expresión de género. La primera diferencia y por lo tanto fundamental dentro de nuestra especie, es la forma de nuestros cuerpos, distribución de grasa y masa muscular, capacidad física, genitales y de forma subsecuente, como canalizamos nuestra sexualidad. La absurda creencia de que nuestras características físicas u orientación sexual nos da poder sobre otros, simplemente nos resta humanidad.

Racismo: La costumbre donde un perfil racial tiene mejores privilegios o derecho de pisotear a sus vecinos continentales. Esta actitud es un desafortunado subproducto de la historia repetitiva donde grupos endémicos se expanden con lujo de violencia, conquistando territorios y aplastando la integridad física y moral de los nativos locales. Macedonios, romanos, germanos, mongoles, escandinavos, chinos, aztecas, la historia de la tierra manchada por sangre y abuso ha sido repetitiva en la historia de nuestra supuesta “civilización”.

Los campeones del hierro y el plomo siempre han sido los europeos (En siglos recientes especialmente los ingleses) que exterminaron y dominaron millones de kilómetros por cientos de años en América, África, Asia y Oceanía. Es hora de terminar ese capítulo de sangre y dar paso a una nueva percepción de la humanidad. Una donde la “raza” sólo es una. Mucho más ahora, que el mestizaje de los diferentes perfiles raciales por la migración difumina cada vez más las características físicas típicas de cada región.

Si ponemos atención, los lugares donde la gente es más “bella”, es la que reúne lo mejor de cada perfil, tomando por ejemplo el sureste de Brasil, donde la mezcla del nativo americano, el afrodescendiente y el caucásico dan una hermosa y variada gama de seres humanos.

Clasismo: La actitud donde lo que tenemos, en cuestión de bienes materiales o disposición de capital, nos da derecho de excluir, despreciar, humillar y violentar de múltiples formas, no solo la física, a personas que no cuentan con los mismos medios financieros. He visitado personalmente casi todos los países de América Latina, como para darme cuenta de que la sociedad es notoriamente más clasista a comparación de, por ejemplo, Europa.

Una amalgama multicultural notablemente más “vieja” cronológicamente, que también he podido observar de primera mano. Creo que tiene ver con la historia de la conquista, pues el clasismo es muy notorio en temas del color de la piel. Es fácil notar la discriminación cuando la gama de tonos da una falsa percepción del nivel socioeconómico de alguien descocido; Anclada en el trato que recibes es según la cantidad de melanina que se refleja en la tez. Es momento de comprender que valemos por lo que somos, no por lo que tenemos en el banco, o por el apellido de nuestro nombre.

Culturismo: La percepción donde la persona de cultura, religión, filosofía o costumbres distintas a las nuestras es un peligro inminente. Una amenaza a nuestras creencias, a nuestro trabajo, a nuestra familia, a nuestra forma de vida cotidiana. Creer que porque al lado vive alguien que se viste o piensa diferente, nos tenemos que poner en actitud defensiva se basa en un miedo ancestral, principalmente motivado por las religiones monoteístas, que profesaron el ataque directo y la violencia a quien creía en un Dios de otro nombre.

Esta percepción nos genera una profunda antropofobia que intenta impedir infructuosamente el fenómeno que no sólo le ha dado forma a la vida humana, sino a todas las otras especies en el planeta; la conducta necesaria para la evolución y la supervivencia: la migración. Caminar sin estar pensando quien será el próximo en atacarte no es vida humana.

Capacitismo: El fenómeno social donde aquellos con síntomas físicos o psicoemocionales de nacimiento, los dolientes por algún padecimiento o simplemente los ancianos que no pueden activamente producir bienes o servicios; Son discriminados y destinados al olvido, la pobreza y la marginación. El hecho de que con su mente o sus manos no puedan generar valor, los hace quedar aplastados entre las ruedas de este sistema económico absolutamente basado en el consumo. ¿Dónde quedan los olvidados, los rezagados, los marginados que no cumplen el “estándar” de productividad de la cultura consumista neoliberal actual? Es momento de analizar la respuesta porque a cada paso de la tecnología, cada vez más personas seremos discapacitados, al menos en el campo laboral/profesional.

Derechos y responsabilidades, son dos caras de la misma moneda. Cómo es arriba es abajo y como es adentro es afuera, dicta un axioma espiritual milenario. Si queremos gozar como especie de verdaderos privilegios, hemos primero de merecerlos.

El verdadero responsable de los derechos humanos, somos cada uno de nosotros. Sin quererle quitar peso a lo que las autoridades competentes deben de ejecutar legal y efectivamente (Lo cual siempre ha sido tremendamente cuestionable); Cada persona necesita desarraigarse, desidentificarse de estos cánceres psicológicos que son la base de la violencia, el cautiverio y la indiferencia, los cables de la incubadora del estrepitoso fin de nuestra civilización, tal y como la conocemos. Estos tres enemigos de la experiencia humana son hoy el resultado directo de la pésima distribución económica, el bajísimo índice de movilidad social, la perpetuidad de las mismas familias en el poder y el servilismo de los gobiernos ante las compañías transnacionales.

Creo firmemente que la urgencia no se trata de asegurar los derechos humanos, sino la misma supervivencia de nuestra especie. Estamos en el umbral de una encrucijada nunca antes vista en este planeta. El avance de la ciencia genética, la inteligencia artificial, la tecnología armamentista, la vertiginosa destrucción de los ambientes naturales, el calentamiento global, están conflagrando la próxima hecatombe. Las diferencias sociales se vuelven cada vez más visibles. Esto aumenta el índice de violencia en todo el mundo.

Urge que pongamos en la mesa los problemas de fondo. Que entre aquellos que somos privilegiados con la educación y la capacidad analítica, busquemos, propongamos y apliquemos soluciones en conjunto a los gobiernos para cambiar el sistema geopolítico y la tendencia socioeconómica desde raíz. Que se hable de esto en los medios. Que se armen grupos de análisis y solución. Que todo el mundo sepa en donde estamos parados: buscando la “selfie” perfecta, al borde del colapso.

Hoy más que nunca, urge más ejecutar nuestras responsabilidades humanas, que aplicar nuestros derechos.

10/12/21

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