lunes 27 septiembre 2021

Post-pandemia: conciliar el desarrollo del futuro con la urgencia del hoy

Tomás Delgado*

La Argentina se encamina lentamente hacia la salida de la pandemia del COVID-19. Inició su campaña de vacunación en enero, pasando por un primer cuatrimestre del 2021 en el que el objetivo era sumar todo lo que se pudiera para nunca detenerse. Desde la segunda quincena de mayo pareciera haber iniciado una nueva etapa, en la cual los múltiples contratos firmados (Astrazeneca, Sputnik V, Sinopharm, COVAX, CanSino, etc.) comienzan a cumplirse más rápidamente y proveen al país de la canasta de vacunas que las autoridades proyectaron desde un primer momento.

Algunas estimaciones permiten imaginar al Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA) con un 45% de su población vacunada con 1 dosis para los primeros días de julio, lo cual permitiría desactivar esa geografía que (gracias a sus condiciones sociodemográficas) se comportó como impulsor de las sucesivas olas de contagios. El país en su conjunto, por su parte, alcanzaría el 35%, es decir más de la mitad de la población necesaria para alcanzar la añorada inmunidad de rebaño. Ese cuadro de situación habilita cierta ilusión respecto de sortear la barrera sanitaria y centrarnos en los tópicos que imaginamos aquel lejano diciembre del 2019.

La crisis sanitaria nos atrapó cuando comenzábamos a negociar las reestructuraciones de la deuda, de manera que pudiéramos salir del default. Por ende, debimos afrontar las restricciones a la circulación sin crédito externo que nos permitiera financiar los múltiples programas desplegados para sostener los ingresos y el tejido productivo (ATP, IFE, Repro, créditos blandos, extensión de AUH y Tarjeta Alimentar, etc.). A dicho cuadro se agrega el contexto de alta inflación y precarización general del empleo, ambos profundizados por esta realidad que el COVID-19 nos obligó a transitar.

Llegamos, de esta manera, a tener 47% de pobreza (el último dato arrojó un 42%), una caída del PBI del -9,5% en el 2020 y un desempleo formal del 13% -sin contar un crecimiento monumental de la población económicamente inactiva, lo cual invisibilizó un descenso del empleo informal-. Este proceso de descomposición social y productiva pudo ser detenido parcialmente gracias a las aperturas de actividades que siguieron a la merma de casos, pero siempre ante la constante amenaza de nuevas restricciones frente al agravamiento de la situación epidemiológica. Es por eso que la mejor política social y económica para terminar de salir de esta situación es el avance de la vacunación.

Una vez superado esto, la economía del día a día ganará importancia en la agenda política, pero también será tarea del Gobierno Nacional darle centralidad a las políticas que tienen como objetivo el diseño de un país a mediano plazo. Sostener el lento descenso de la inflación, impulsar un crecimiento sostenido de los vapuleados salarios reales y consolidar la recuperación del empleo son prioridad. Sobre todo en un país que detuvo su expansión económica y de bienestar social en 2011 y comenzó una caída vertiginosa desde 2016. Sin embargo, el hoy no es el único tema a atender, lo cual parece estar claro en algunas áreas del gobierno nacional.

¿A qué se apunta con esa premisa de cierre? A que es necesario repensar el rol del Estado en la sociedad y en la economía. Eso permitirá, por un lado, que podamos construir y mejorar bienes públicos a la altura del siglo XXI. A su vez, posibilitará no solamente mejorar el bienestar social vía mercado interno, sino también una diversificación del perfil exportador del país. Con esos lentes hay que leer la aprobación de medidas y el envío de leyes que tienen como objetivo comenzar una transformación de las estructuras productivas y sociales del país.

Entre los proyectos legislativos podemos mencionar el de economía del conocimiento y el de industrialización del cannabis, y algunos otros que han sido mencionados y se encuentran pendientes de envío, como los de electromovilidad, hidrocarburos y agroindustria. A su vez, hubo resoluciones interesantes como la quita y reducción de retenciones a las PyMES industriales y agroindustriales, y la segmentación de ganancias a las empresas. Por otra parte, el desembarco en conjunto del Estado nacional y provincial en la empresa IMPSA, así como la creación de YPF Litio, pueden ser ejemplos de un nuevo rol del sector público, proponiéndose ser un articulador e impulsor inteligente de las fuerzas productivas.

En el mismo sentido podría interpretarse la intención, que el presidente manifestó, de recuperar el rol fiscalizador del Estado en la Hidrovía Paraná-Paraguay. O la de reabrir la (necesaria) exportación de carne con un plan ganadero de mediano plazo. Se trata de múltiples ejemplos que configuran una perspectiva sobre el rol estratégico que puede jugar el Estado para impulsar un camino de desarrollo social y productivo, creando nuevos y -re-organizando antiguos- mercados, en los cuales la potenciación de sectores generadores de divisas es esencial. 

Este último concepto está presente en un sector importante de la coalición oficialista, pero es probablemente uno de los más importantes que debe incorporar el resto del progresismo y las (centro)-izquierdas. Su centralidad se debe a que satisfacer la necesidad de generar competitividad vía desarrollo tecnológico (y no a través de procesos constantes de ajuste que afectan al tejido productivo, la integración social y a la estabilidad de la moneda) radica en que son necesarias divisas para financiar un crecimiento inclusivo que financie la expansión del mercado interno. Más aún si pretendemos ser parte de la nueva agenda global del Green New Deal. Todavía más si pretendemos potenciar los bienes públicos de un Estado a la altura del siglo XXI, con sistemas de salud, educación, ciencia-tecnología y seguridad plenos.

Y, por sobre todas las cosas, es necesario detener una dinámica de resignación de banderas a los sectores más conservadores. Durante una etapa muy prolongada se permitió que expresiones tales como República, Institucionalidad, Libertad, Federalismo y Progreso quedaran en manos de sectores políticos que horrorizarían a la gran cantidad de pensadores que dedicaron sus vidas a trabajar sobre esas tan preciadas ideas. Dicha dinámica de colonización conceptual ha permitido que se impongan políticas económicas, educativas, sociales y sanitarias cuanto menos conservadoras, pero con el respaldo simbólico del sentido común instituido. Sin avanzar en ese campo, no hay largo plazo en lo demás.

Necesitamos tener el pesimismo de la razón para tener en claro que son desafíos grandes, pero también el optimismo de la voluntad para creer que podemos enfrentarlos.


*Sociólogo (UBA). Maestrando en Sociología Económica (UNSAM)

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