domingo 24 octubre 2021

Plantamos memoria, cosechamos futuro

Por Ludmila Tassi y Constanza Rodriguez, nietas de desaparecidxs en la última dictadura cívico-militar.

Este 16 de septiembre se cumplen 45 años de una noche que no vivimos pero que cicatriza en cada secundario del país.

En esa noche que se convirtió en un hito emblemático para la juventud y la militancia secundaria, pibxs como nosotrxs que se organizaban políticamente construyendo un proyecto de país que no dejaba lugar a la miseria, fueron desaparecidos por la dictadura cívico militar junto a otrxs treinta mil que hoy en día, con el correr del tiempo y de los años, seguimos buscando sin cansancio.

Sin embargo, a pesar de que fueron muchxs lxs que quisieron borrar nuestra historia y hacernos pasar de página (2×1 a lxs genocidas, punto final, obediencia debida), fuimos un montón más lxs que perseguimos obsesivamente la idea de que un mundo más justo es posible, y la justicia no es posible sin memoria.

Muchos años pasaron de ese entonces y unx correría el riesgo de pensar que lo único que nos une con las generaciones pasadas es solo una cuestión temporal. Pero seguimos queriendo cambiar el mundo. Porque la política nos dio un empujón y crecimos en un país diferente, pionero de las luchas más nobles de nuestro continente. Y como tal, frente al avance del discurso de la ultraderecha en el mundo, nos toca a nosotrxs asumir los desafíos de la cuarta generación de los derechos humanos:  una nueva generación que aporte a la construcción de la memoria, la verdad y la justicia, apostando al cuestionamiento de la identidad propia.

Después de muchos años nos encontramos frente al desafío de pensar cómo construir la duración de la memoria, de la valoración de los derechos humanos y del repudio hacia la dictadura militar a pesar del paso del tiempo. Tenemos de enemigo al correr de los años, que en algún momento nos va a arrebatar el relato en primera persona (lamentablemente nuestras madres y abuelas no son eternas en la carnalidad).

Tal vez el mayor desafío que tenemos les jóvenes es sostener y hacer perdurar la memoria cuando ya no quede la generación original que reivindicó a los derechos humanos como una cuestión primordial no solo en nuestra identidad nacional, sino también en nuestra historia.

Nos va a tocar reproducir un relato que no parte desde la vivencia propia y que va a tener que interpelar a quienes no lo van a vivir. Como hijes de les hijes, de desaparecides tenemos la responsabilidad histórica, temporal, política y social, de construir una cuarta generación de los derechos humanos que sea capaz de garantizar que en la argentina de acá a 50 años todos los 24 de marzo y todos los 16 de septiembre se sigan conmemorando a nuestres compañeres detenides y desaparecides. Una cuarta generación que tenga el desafío de encontrar a les nietes que faltan ser encontrades, que ponga en tela de juicio la identidad propia y colectiva y que pueda asegurar el recambio generacional necesario con tal de no perder nunca a la memoria como pilar de nuestro imaginario colectivo.

Argentina, debido a su historia de movilización popular, es uno de los pocos países que tiene un despliegue conmemorativo tan alto hacia su última dictadura cívico militar, no sólo en términos de conciencia popular, de compromiso social y de reconocimiento del dolor general del pueblo durante ese período, sino en términos políticos y generacionales. Debido a la incanzable militancia de los organismos de derechos humanos (y su indudable capacidad de lograr sintetizar en referencias y en líneas políticas un sentimiento de época) las reivindicaciones se volvieron consensos sociales generales, totales y democráticos, marcando un claro eje identitario de la sociedad argentina. Y luego pasaron a ser un asunto de estado, iniciando un proceso de reconstrucción y recuperación mediante infinidad de políticas públicas.

Hablar de memoria, de dictadura, de desapariciones forzadas en Argentina no da lo mismo, y nosotres tenemos que lograr llegar a esa vara histórica que tenemos por delante, asegurándonos que el valor del recordar para no repetir no se nos escape de las manos ni de nuestros genes.

Consolidar una generación no es un trabajo sencillo; implica lograr sintetizar una identidad cultural y política, implica encontrar símbolos y referencias que la representen, implica construir y aglutinar elementos ideológicos para construir un imaginario colectivo, implica entender que nos une además del rango etario. Implica comprender qué desafíos tenemos y con qué medios contamos para lograrlos. Pero si tenemos en claro que queremos aportarle a nuestra generación un sentimiento de pertenencia y de referencia con nuestro pasado inmediato. Queremos que nuestra generación pueda reafirmar los esfuerzos de generaciones pasadas por conseguir los pisos de consenso con los que hoy en día contamos.

Y no lo queremos hacer porque sí, sino porque tenemos la plena certeza de que solo insistiendo sobre los asuntos competentes con los derechos humanos es que el futuro del país puede andar por la senda de la justicia, la igualdad y de la felicidad colectiva.

Creemos que si en nuestros nichos no paramos de ejercitar y construir activamente la memoria, el futuro del país va a ser mejor.  Es por eso que cómo juventud actual debemos y queremos seguir plantando memoria para cosechar el futuro que soñamos.

Dijimos nunca más y es en serio.

ÚLTIMAS NOTAS

Sala Silenciosa

Sala Parlante

ETIQUETAS