domingo 19 septiembre 2021

Perfiles. Retratos breves de jóvenes en movimiento

Julia Narcy*

En este segmento que dimos en llamar Perfiles, entrevistamos a jóvenes militantes, activistas, hacedores culturales, intelectuales para conocer más sobre los caminos que vienen recorriendo hasta situarse en el presente, que los tiene como protagonistas.
Queremos saber quiénes son, qué piensan, qué les gusta y con qué sueñan quienes tienen el futuro en las manos y el presente bajo sus pies.

Isabel Serrano

Isabel Serrano Durán

“No hay planeta B”, dice Isabel Serrano Durán sosteniendo de los costados un atril que tiene ploteada la frase, en letras grandes y azules “Desbloquear, avanzar, Más País”. Es 8 de noviembre de 2019 y está dando un discurso en el acto de cierre de la campaña de ese nuevo partido español, liderado por Iñigo Errejón, ex dirigente de Podemos. Isabel Serrano Durán, con 20 años, es la segunda candidata a diputada por Cádiz junto a la militante sindical María del Mar Polanco Teixeira. Mientras Isabel, levantando el brazo, la mano, el índice, el puño, habla a un ritmo vertiginoso de Patria, de feminismo, del rol de los trabajadores en Andalucía, de la necesidad de una transformación ecológica; Iñigo, sentado a su izquierda, toma nota.  

Esa escena ocurrió hace exactamente un año. Isabel viajó durante decenas de días desde Sevilla, donde residía, a Cádiz, donde se desarrolló la campaña, para recorrer pueblos, presentarse en actos, hacer fotos y videos, asistir a reuniones, debates y entrevistas. Se tomó el tren y viajó durante 40 minutos, durmió en casa de amigas en Cádiz y Jerez y volvió a Sevilla para cursar y rendir exámenes de las materias de su carrera de ciencia política y sociología. Sin embargo ahora, un año después, dice que duda de dedicarse exclusivamente a la política. Que primero tiene que estudiar. Tener un trabajo. “Si no tu trabajo político puede correr riesgo. Siempre tienes que tener un colchoncito. Para cuando te purguen, tener a donde recurrir”, dice inclinándose hacia adelante, acercando el torso, como queriendo meterse en su pantalla y salir del otro lado, y aparecer en la mía, en Buenos Aires, desde donde la entrevisto.

Isabel tiene un pelo color caoba largo y ondulado más abajo de los hombros, unas cejas de definición perfecta que parecen bailar: suben, bajan, se arquean y subrayan su énfasis al hablar con ese tono andaluz que pone el acento en sílabas inesperadas, y las “S” después de las “T” al revés que el resto de los españoles, para decir, por ejemplo “federalitsa”. 

En su perfil de Instagram, donde la siguen y la halagan miles y miles de españoles, se presenta así: “Política y actualidad. Andalucía en el corazón y en la cabeza. ¿Patriotas ellos? ¡No! Patriota es quien labra la tierra.” 

Andalucía es una comunidad ubicada al extremo sur de España, separada de África por el Estrecho de Gibraltar. Es una región de montañas, ríos y campo. Fue declarada nación en 1981 por el estatuto de autonomía que siguió al conocido referéndum de 1980. Es la región más poblada y más pobre de España, “y la peor representada en el Parlamento” dice Isabel. Para llegar al referéndum de autonomía, esa población se hizo escuchar: el 4 de diciembre de 1977 dos millones de andaluces salieron a las calles de toda España a reclamar el autogobierno, con la bandera tripartita verde blanca y verde, creada en 1918 por Blas Infante, ideólogo del andalucismo, fusilado al inicio del franquismo, en agosto de 1936. 

El 4-D de 1977 empezó como una fiesta y una celebración de lo que consideraban ya impostergable: ser reconocidos como nación, como Cataluña y el país Vasco, hasta que la fiesta se volvió oscura y finalizó con el asesinato de Manuel José García Caparrós por la policía. Con 18 años, el joven dirigente sindical quedó en la memoria del andalucismo político como un mártir. 

Isabel traza esa línea histórica del andalucismo que va de la Primera República a las luchas de los 70 por la autonomía, como un descubrimiento de su adolescencia. “En el colegio se celebra el 28 de febrero, que es el aniversario del referéndum de 1980, sales al recreo con la bandera, cantas el himno, comes pan con manteca y tal. Recuerdo cuestiones muy culturales. A mi me gusta el flamenco, las sevillanas, Pero sin embargo me faltaban referencias de cómo se había construido Andalucía. Ahí me empiezo a interesar. Comienzo a frecuentar la biblioteca, y empiezo a descubrir de qué se trataba el andalucismo político, el andalucismo histórico”. A partir de ahí, cree que fue constituyendo su identidad política. “Me gusta pensar al andalucismo como herramienta de transformación material de los andaluces, pensar en la lucha de emancipación para el futuro. Porque el andalucismo no beneficia sólo a Andalucía. El nacionalismo andaluz es integrador, no quiere sólo la emancipación del pueblo andaluz, sino la de todos los pueblos de España. Su raíz es federalista. Si los andaluces tuvieran conciencia de su capacidad transformadora, el entramado institucional bipartidista y vacío de contenido que sostiene hace 40 años el PSOE se caería a cachos”. Isabel sostiene como Iñigo, que los partidos políticos mayoritarios en España hablan de los grandes temas pero livianamente, sin profundidad y sin voluntad de cambiar el statu quo.

El andalucismo, dice, es también un movimiento cultural que hurga entre las raíces y las tradiciones para rescatar la fuerza de la solidaridad y la potencia de los trabajadores. “Siempre hemos sido una tierra de acogida y de paso. La pobreza, la desigualdad han hecho que nos unamos desde abajo. Es muy difícil que tu vecino pase hambre, hay un sentido de comunidad amplia. Las raíces son fundamentales en Andalucía. Quiénes son tus padres, quiénes fueron tus abuelos”, dice casi cantando.

La familia de Isabel es de Aracena, un pueblo que ahora tiene 8000 habitantes. Está en la sierra de Huelva y aunque es un municipio chico, tiene muchos servicios, monumentos antiguos, iglesias, ermitas, un castillo. Tiene la gruta de las Maravillas, la primera que se abre al público en España “que la verdad es una preciosidad. Cada vez que tengo ocasión de visitar Aracena voy”. Todas las casas del pueblo son pequeñas y blancas. Las calles están empedradas. “Y tiene un olor, – hace una pausa-, distinto a la ciudad, que huele a coche, a gasolina. Aracena huele a campo. Huele en otoño a tierra mojada, a las hojas en el suelo. Y a nivel de tonalidades es un pueblo que cambia mucho: tiene campo, tiene senderos, tiene mucha vegetación. En otoño todo se pone amarillo y marrón. Como también es una zona de castañares, vas al campo, recoges castañas y setas. Es cuando más bonito está el campo”. 

Del campo es la familia de Isabel. Se ilumina toda cuando habla de su abuela materna, con quien se crió porque comparte la casa con sus padres. Aunque es analfabeta trabaja desde los 6 años, y es para Isabel, fundamental: “sabe escuchar, es mediadora, ha dado todo lo que tenía para los demás”. Como en la película “Volver” de Almodóvar, los 1 de noviembre van juntas al cementerio, limpian las tumbas, llevan flores a los familiares muertos, recorren las raíces. 

Su familia son también sus amigas de la infancia. Las que hicieron la escuela con ella en Aracena, las que la vieron tocar la flauta, acercarse al conservatorio de música en Sevilla, quebrarse y reponerse hace unos años por un ataque de ansiedad. 

La acompañaron hace un año cuando la llamaron de Más País, mientras estaba en Granada haciendo la simulación del Congreso de los Diputados en un curso, para ofrecerle la candidatura -real- a diputada por Andalucía. “Cuando me llamaron estaba lejos de casa, les pedí que me dejaran hablar con mis amigas y mi familia, porque después de todo, no iba a estar sola en ese camino, iba a estar con ellos”. Y así fue. La acompañan ahora, cuando – ella dice- necesita reposar para ver cómo quiere participar en política. 

Aunque Isabel reposa, no para: termina con una beca su carrera en Madrid, participa de debates, sube con frecuencia videos a Instagram y Tik Tock, -donde llegó a los 10 mil seguidores- que han visto cientos de miles de jóvenes y adolescentes. También está activa en la persecución de la seriedad en el trabajo. Hace unos meses, en pandemia, fundó con otros colegas el Instituto de Asuntos culturales y Cambio Social, para pensar España y América Latina, para actualizar el pensamiento crítico, para dar vuelta el malestar cultural contemporáneo. Están en los pilares del Instituto: Germán Cano, Jorge Lago, Luciana Cadahia.

Isabel no está sola y mientras piensa y construye en un proyecto para Andalucía, no se detiene.

Trini Mato

Trinidad Mato

El 16 de marzo de 2015 Daiana Garcia fue asesinada por Juan Manuel Figola, que ese mismo día se suicidó arrojándose a las vías del tren. Daiana apareció envuelta en una bolsa en un descampado de Lavallol, provincia de Buenos Aires, con una media en la boca. La noticia trascendió e inmediatamente los medios empezaron a cuestionar el shortcito que tenía puesto su cadáver. Un colectivo feminista de escritoras y periodistas sintió rebalsar su paciencia e hizo una convocatoria de repudio en la Plaza Boris Spivacow frente a la Biblioteca Nacional, en el barrio de Recoleta de Buenos Aires: una maratón de lectura que llevó el nombre de “Ni Una Menos”.

Dos meses después, Chiara Páez, una adolescente embarazada de 14 años fue asesinada por su novio en Rufino, provincia de Santa Fe. Un tweet de la periodista Marcela Ojeda sirvió como catalizador de una convocatoria a marchar: “Mujeres, todas ¿no vamos a levantar la voz? Nos están matando”. Las redes sociales viralizaron el repudio y espontáneamente se organizó una marcha para el 3 de junio en el Congreso de la Nación, que llevó el mismo lema que la maratón de lectura. No fue una: fueron 80 marchas en distintas ciudades de Argentina. En Buenos Aires las calles soportaron casi 300 mil cuerpos.

Trinidad Mato, con 14 años, fue una de las 1000 adolescentes del Colegio Carlos Pellegrini presentes en esa primera movilización – después vendrían otros #NiUnaMenos y otras movilizaciones feministas-. Se reunieron en la escuela e hicieron una pintada de remeras. Ella recuerda en un flash back que pintó en la suya un puño violeta con glitter. 

Trinidad nació el 31 de octubre 2001, dos semanas después de las elecciones legislativas nacionales en las que el descontento serio con la clase política terminó con 23 por ciento de votos en blanco y anulados, y bajísima asistencia. Pasaron dos meses y el gobierno radical de la Alianza voló por los aires en helicóptero, con el presidente de la Rúa adentro. Desde ese momento una ficha cambió de lugar, para girar y acomodarse con el tiempo de una manera muy distinta: la calle se abrió, volvió a crujir la efervescencia social, la pobreza se organizó y de a poco, la dirigencia empezó a escuchar con más atención lo que la sociedad estaba gritando. 

Trinidad es hija única. Su papá y su mamá eran jóvenes cuando nació. Su papá es abogado, de un pueblo rural de la provincia de Buenos Aires. Desde chico militó en la juventud peronista. Su mamá, porteña, estudia trabajo social. También a ella le gusta la política, pero la plasma de un modo más social: ahora, por ejemplo, organiza ollas populares en el contexto de crisis de la pandemia. No les pareció extraño, entonces, que su hija decidiera a los 12 años inscribirse en el curso de ingreso al Colegio Carlos Pellegrini porque le interesaba más el prestigio del colegio como almácigo de militancia que como centro educativo de excelencia académica, cuenta con su voz de niña y su cara iluminada con piercings en la ceja y debajo del labio. Tiene el pelo fuscia, se delinea con negro más allá del ángulo exterior del ojo dibujando una figura de adolescente global que podría protagonizar una serie de Netflix o cantar contra el patriarcado en una calle cortada por la policía en Chile o Buenos Aires. 

Está en sexto año del colegio y conduce el centro de estudiantes. Dice que la política para ella “es todo, literal”, que encuentra en la militancia algo terapéutico, el lugar donde poner su energía, manifestar su deseo. 

Desde primer año se sumó a la organización La Creciente, dentro del frente de colegios secundarios “el Semillero”, que formó parte del partido Nuevo Encuentro hasta el año pasado. Después de las elecciones presidenciales de octubre, el partido se fracturó en la ciudad de Buenos Aires y el frente estudiantil El Semillero se juntó con otras organizaciones y movimientos sociales decantando este año en el Grupo Bicentenario, conducido por Juan Manuel Valdés, legislador del Frente de Todos CABA,  Matías Capeluto, director de la Casa Patria Grande (Secretaria General de Presidencia), Laureano Bielsa (comunero de la comuna 2) y Pilar Araneta (coordinadora de Puntos Digitales, Jefatura de Gabinete). 

Para Trinidad, la relación entre militancia y feminismo es de retroalimentación. “Desde el primer #NiUnaMenos, nadie fue la misma: abrió las puertas para que las compañeras copemos las calles, dándole visibilidad a un montón de opresiones que siempre habían existido pero jamás se habían puesto en discusión. Entre todas esas discusiones, creo que emerge una de las más importantes: la posibilidad de proyectarnos como personas que incidan directamente en los espacios institucionales de definición política. Hoy las pibas de mi edad no quieren solo ser presidentas de sus centros o tener responsabilidades en sus organizaciones. Quieren ser legisladoras. Ser personas deseantes – agrega y aclara-,  no se refiere solamente a la sexualidad. Se refiere al poder.” Ese sentido político, dice Trinidad, se lo dio el feminismo. “Primero quisimos estar vivas, claro, pero nos preguntamos después cómo queremos vivir nuestra existencia. En la calle estuvimos siempre. Ahora queremos ocupar espacios de poder.” 

En Instagram el feed del Semillero se renueva con mucha frecuencia. Además de efemérides y posteos de coyuntura, hay una serie que los alterna que se llama #AcabandoMitos: información dura y clara sobre sexualidad. Hay posteos sobre el sexo anal, anticonceptivos de urgencia, preservativos, masturbación, acoso. Sin vueltas. Sin eufemismos. También se intercalan como líneas claras y paralelas las preocupaciones por el medio ambiente y la militancia territorial en barrios pobres porteños. 

El Instagram de Trinidad se alimenta, a su vez, de fotos no actuales de calles y escuela habitadas por jóvenes, de fotos con sus pares y con sus referentes. De consignas y propuestas. Fue un año sin asambleas y sin elecciones, con dificultad para sostener los vínculos: con un 17 por ciento de la población del colegio sin conectividad, algunos lazos quedaron deshilachados, y muchos chicos y chicas suspendidos sin alcanzar tampoco el hilo virtual. El año que viene será de mucho trabajo. Todavía no saben cómo van a resolver la transición, pero ella, sin dudas, se va. 

Mientras me recomienda la serie que está viendo- Misterios sin resolver- me cuenta tocándose el pelo que va a estudiar derecho en la Universidad de Buenos Aires. Le gusta el derecho penal, dice entusiasmada. Esa decisión no tiene glitter, pero tiene deseo. 

*Julia Narcy es socióloga (UNLP). Especialista en políticas culturales, escribe sobre cultura y sociedad.

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