miércoles 25 noviembre 2020

Ezequiel Zaidenwerg habla sobre Orden de traslado, podcast de poesía en traducción

Jamila Medina Ríos

Publicación Original: https://rialta.org/

Hablo del perfil de Instagram donde el poeta y traductor argentino Ezequiel Zaidenwerg (Buenos Aires, 1981) nos ofrece, por escrito y en audio, desde abril de este año y varias veces por semana (martes con viernes, y ya domingo en bonus track), un mixtape de sus traducciones.

Lo suculento aquí no es sólo la proliferación simpar de textos, autores, tiempos, lenguas, asuntos, culturas… que nos regala, también en su web y en la página de Facebook del proyecto, el laboreo de Zaidenwerg, quien es autor, por demás, de los poemarios Doxa (Vox, 2007); La lírica está muerta (Vox, 2011); Sinsentidos comunes (Bajo la luna, 2015); Bichos: Sonetos y comentarios, en colaboración con Mirta Rosenberg (Bajo la luna, 2017) y 50 estados: 13 poetas contemporáneos de Estados Unidos (Bajo la luna, 2018).

Ahora que abunda en demasía el llamado de sitios virtuales que nos sitian, mientras pretenden confortar en la pandemia, una de las singularidades que me desvela de esta propuesta es su estar en boca de un enjambre de lectorxs (y oidorxs de música) y de poesía, que resuenan desde disímiles geografías con una plurivocidad de variantes lingüísticas del español –y no sólo–. Lo variopinto y su magma, aliados en composiciones que esperaron o esperan a ser cantadas o recitadas por quién sabe quién, para llegar a ser no se sabe dónde, en cópula con su(s) destinatario(s). La traducción hace viajar, actualiza en el acá (mientras nos retrotrae al allá) un burbujeo de sentimientos, sensaciones, visiones, cavilares.

La imagen de la goma encarna al dedillo la borradura-(r)escritura que es ese arte de trasponer o traspolar, de una lengua a otra, la creación. Lo bífido, lo bilingüe, lo bicultural. Y entrambos, el tercero que no puede ser excluido: el traductor, comunicando los vasos de poema a poema / de canción a canción; hallando, más que el machihembrado, el “ensemble” entre lxs lectautorxs; conectando siglos como la típica y avezada recepcionista de aquellas antiguas centralitas telefónicas: removiendo clavijas para hacer (¡ulalá!) que fluya la comunicación y la voz entre, deslizada, al caracol.

Sobre cómo se gestó en Spotify –linkeada / transcrita cada vez en la vitrina del Instagram– esta plataforma colectiva de entregas, qué mejor que ver disertar a Ezequiel Zaidenwerg.

Ezequiel Zaidenwerg (FOTO Clara Muschietti)

Al repasar el Instagram de Orden de traslado, se aprecia lo variado de las voces que leen las traducciones. Hubo argentinas y luego entraron de otros lugares (Chile, Cuba, Colombia, Puerto Rico, Costa Rica, México, Nigeria…); hay de poetas pero también de personas que se dedican a la música, la narrativa, el modelaje, la actuación… ¿Cómo has ido eligiendo quiénes entran a leer cada vez y por qué?

Muchas gracias por hacer hincapié en esa diversidad: uno de los objetivos de Orden de traslado –puede escucharse aquí en Spotify, y aquí desde la web para quienes no tengan acceso a esa plataforma– es, precisamente, presentar la gama más amplia que se pueda de acentos e inflexiones de nuestra lengua. El otro, y tal vez el principal, es sacar a la poesía del ghetto que representa el prejuicio de que sólo leemos poesía quienes además intentamos escribirla. De ahí que haya buscado abrir el juego, invitando a personas que tienen otras ocupaciones: Julieta Venegas, sin ir más lejos, además de su exitosísima carrera como cantautora, tiene un podcast dedicado a la literatura (Pila de libros), y es una de las usuarias más activas –y generosas– de Goodreads que conozca.

En efecto, las primeras personas invitadas son argentinas, algo que tiene que ver sobre todo con mi propio alcance como muy improvisado productor; y ni hablar de mi falta absoluta de experiencia como relacionista público, community manager y hasta editor de audio, algo que he venido aprendiendo sobre la marcha y a los golpes.

De hecho, en las primeras semanas del podcast también leía yo mismo, pero me pareció mucho más interesante volver a la cómoda penumbra de la sala de máquinas, que es el hábitat natural de quienes traducimos. Esa decisión también permitió ampliar mi pequeño círculo de contactos, porque muchas de las personas que se involucraron recomendaron a otras a las que no habría podido llegar por mi cuenta. En cierta medida, una de las inspiraciones de este proyecto es Bola de nieve, una curaduría autogestiva de arte contemporáneo argentino, idea que mi amigo el poeta Alejandro Méndez adaptó hace muchos años a la poesía, con un proyecto que se llamó Las afinidades electivas.

En cuanto al criterio de selección, en gran medida depende de esa red de conexiones que se va tejiendo, y de la generosidad de quienes participan para enviar sus grabaciones y recomendar a otres invitades. Este momento pandémico funciona como un extraño ecualizador: hasta cierto punto, porque sabemos que quienes más sufren son los más vulnerables, que no tienen el privilegio de quedarse en casa haciendo pan de masa madre o grabando podcasts. Quiero decir: en este momento extrañísimo, las personas públicas y las que no lo somos tenemos experiencias vitales parecidas, marcadas por el encierro, la frustración y el miedo, pero también –ojalá– por la necesidad de conectarnos de maneras más horizontales.

¿Qué dominantes presientes entre las voces y qué incidencia crees que han tenido lo diverso de estas, la época y la plataforma de lectura en la faz de esa especie de antología en proceso que se ha ido construyendo en el perfil, a partir de las elecciones de los lectores y del cajón de poetas/compositores y traducciones que les has entregado?

Como básicamente mi “carrera” –por decirle de algún modo– les debe su existencia a las redes sociales, hace tiempo que tengo el ojo atento al gusto de les otres, que no siempre coincide con el mío. De alguna manera, me volví una especie de algoritmo analógico: hasta cierto punto –por suerte, algunas veces me equivoco– soy capaz de predecir qué poemas de los que traduzco y subo a diario a zaidenwerg.com tendrán la mayor cantidad de likes.

En Orden de traslado, les invitades pueden elegir un poema o pedir que les asigne uno yo. En el primer caso, con frecuencia se verifica esa predictividad del gusto de la que hablaba: a pesar de que el archivo del que pueden escoger es muy amplio –en cantidad y en variedad de voces–, los poemas y lxs autorxs se suelen repetir. En el segundo, me precio de tener cierta sensibilidad para elegir el poema adecuado para cada persona, según la impresión que me da lo que hace o su forma de relacionarse conmigo.

A propósito –y me permito una pequeña digresión–, uno de los momentos más lindos del backstage del podcast fue una breve conversación por WhatsApp con Rosario Ortega, cantante argentina hija de Palito Ortega, que grabó mi traducción de “Ode to Divorce”, de Regina Spektor. Rosario me dijo, en analogía con el proyecto del podcast: “Mi viejo tiene una tapa de disco que es un retrato pintado por Antonio Berni” –un famoso artista argentino–. “Y cuando le preguntaron a Berni por qué había puesto eso en un disco «popular» dijo que justamente esa era su manera de llegar a la casa de todo el mundo.” Si bien, por supuesto, sería de una jactancia inaceptable –y, sobre todo, de una estupidez supina– ponerme a la altura de Berni o compararme con él, el objetivo es el mismo: combatir esa idea de que la poesía es para unes poques. Las letras de canciones, sin ir más lejos, son también poesía. De hecho, el género poético más interesante que surgió en los últimos cuarenta años –es decir, desde que existe el neoliberalismo como racionalidad gubernamental– es el rap, con todo el arcaísmo de su fetichización de la métrica y la rima: o quizá, al menos en parte, justamente por eso.

Si en el futuro esto fuera a convertirse en libro impreso o en un audiolibro, ¿le dejarías el orden en que se ha ido gestando, con los días de cuarentena, o has pensado algo distinto?

De hecho es a la inversa: Orden de traslado existió primero como libro virtual de descarga gratuita en Google Docs. Es una selección personal, ordenada por orden cronológico y con la única restricción de no incluir más de un poema de la misma persona, y bastante después se fusionó con el podcast. El libro iba a salir en Argentina este año, pero por motivos evidentes eso quedó en el aire. De modo que, –traduttore traditore– en cierta forma encontró otra manera de vivir en el aire.

Y respecto del orden: no, es diferente y va a incluir también poemas míos.

Por lo demás, no consumo audiolibros: me cuesta mucho sostener la atención cuando no tengo las manos ocupadas en el libro –o la tableta– y los ojos fijos en el texto. Pero sobre todo me gusta la idea de que los mixtapes de traducciones sean de acceso gratuito: es verdad que Spotify cobra una membresía, pero se puede acceder libremente a cambio de someterse a avisos publicitarios; y además, como te contaba antes, también se puede escuchar en la web sin pagar ni sufrir publicidad.

Por algunas entrevistas tuyas y confesiones diversas, se nota que te interesan más los textos que los autores y que eres un traductor adicto. Asimismo, se conoce que prefieres o has preferido la rima y la métrica en la poesía que traspones al español –al estilo de antaño, entre los traductores profesionales soviéticos–. Con tanto trecho ya en este oficio, ¿puedes decirnos qué te guía al elegir ese poema o esa canción que traducirás cada nuevo día?

En efecto, creo que la poesía es una creación colectiva, una playlist infinita de poemas antes que una galería de poetas ilustres. De esa idea también se alimenta Orden de traslado; y mi último libro, 50 estados…, que es una antología novelada bilingüe de poesía estadounidense reciente.

Acerca de la métrica y la rima: si bien la dimensión sonora del poema sigue siendo una obsesión para mí, hace tiempo que dejé de obligarme a traducir cualquier poema en metro aunque estuviera en verso libre. Sigo usando la métrica y la rima cuando buena parte de la fuerza del poema se cifra ahí –o sea, casi siempre que el original emplea una forma de las llamadas “cerradas”–, pero creo que la comparación con los traductores soviéticos ya no se sostendría: digamos que llevo años de relativa glásnost.

Si bien tiendo a dedicarme monográficamente a un/a poeta cuando tengo en vista un proyecto de libro –zaidenwerg.com es, en ese sentido, una usina que me permite producir libros de poesía traducida–, en este momento de petrificación de la industria editorial –y sobre todo de las editoriales independientes para las que trabajo, que sólo ingresan lo necesario para seguir funcionando, o incluso ponen de su propio bolsillo–, el criterio es bastante más azaroso.

Lo importante para mí es que el poema, al primer golpe de ojo, me diga: “Vos podrías traducirme”. Es un instinto reflejo, si se quiere, que no necesariamente implica que se trate de un poema excepcional, sino de una resonancia inmediata. Eso tampoco quiere decir que no traduzca poemas más impermeables, sino apenas que hay algo casi físico que me ayuda a detectar posibles candidatos. Por último, en parte de manera casual y en parte guiado por el impulso de difundir poesía en inglés no producida por autores de Estados Unidos, me topé con la inmensa riqueza de la poesía nigeriana contemporánea, de modo que hace un tiempo que trato de traducir poetas jóvenes de Nigeria.

¿Consideras que esa manera de asumir la traducción les podría otorgar una fisonomía semejante a los textos que vas trasponiendo a nuestro idioma, más allá de la variante del español que empleas?

Sí, en efecto. Por eso dejé de traducir inevitablemente con métrica. Aunque el desafío de lograr sacarle la mayor cantidad de tonos y matices a un repertorio rítmico reducido fue fundamental para mi educación prosódica. No es lo mismo el uso del endecasílabo de un poeta de la experiencia ibérico, publicado sin gloria por Visor –con su invariable salva de fogueo de acentos en segunda– que “Dos patrias” de Martí, con su sofisticado doble ritmo –a menudo el segundo hemistiquio de un endecasílabo forma otro nuevo con el primero del siguiente– que, además, replica esa duplicidad de la que habla el poema. En cualquier caso, sigo usando el metro, y cada vez más la rima, cuando escribo mis poemas, aunque –espero– no de formas convencionales: de hecho, el título de mi siguiente libro, muy prematuro aún, es “Rimas”.

¿No temes repetir estructuras, ritmos, finales de versos, soluciones que redunden en contra de los textos? ¿Lo evitas o construyes a sabiendas esa marca de agua de tu estilo como traductor?

Como traductor me guía una ética de la lealtad, y no de la fidelidad, a la letra. Es una tautología, pero un poema es, en primer lugar, un poema: la traducción debe serlo también. Pienso el “original” y la “traducción” en términos de resonancia y amplificación conjunta y recíproca, no de subordinación jerárquica. Para caer gozosamente en un anacronismo neoplatónico: pienso el “original” como una traducción de un poema ideal que existe como forma, desvinculada de su actualización lingüística particular. La tarea del traductor de poesía consiste en entrecerrar los ojos, como hacemos los miopes, para entrever esa forma y encontrarle la mejor actualización, que siempre es regional, y hasta coyuntural.

¿Qué respuesta tienes ante el mito de la imposibilidad de traducir (imaginarios culturales, figuras retóricas, sentimientos o impulsos generadores y ese algo más que cada texto trae consigo)?

Me parece un mito que cumple con ejemplar eficacia algunas de las funciones fundamentales de todo mito: revestir de un aura de sublimidad ciertos hábitos u oficios, convirtiéndolos en rituales cuya lógica es inescrutable y sus efectos, mágicos. Más que una respuesta a ese mito, me importa una pregunta que es su opuesto complementario: ¿por qué es imposible dejar de traducir? La traducción es un oficio, y bien posible; es, de hecho, uno de los mejores gimnasios de la mente, además de un trabajo casi siempre muy mal remunerado. En la academia hay una grieta gigantesca entre quienes se dedican a la traductorología, por lo general con poca o ninguna experiencia en la traducción asalariada, y quienes por muchos años nos han pagado por palabra traducida. A fin de cuentas, toda la teoría de la traducción cabe en tres preguntas: 1. ¿cuándo es el deadline?; 2. ¿cuánto pagan?; y 3. ¿¿¿¡¡¡pagan!!!???

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