lunes 27 septiembre 2021

Pedro Vuisso*

“Los estudiantes del Reino Unido son conscientes de que las cosas andan mal, pero más aún son conscientes de que ellos no pueden hacer nada al respecto”. Con esta frase concisa y certera, el británico Mark Fisher diagnosticó un malestar de época que bien se podría hacer extensivo a los jóvenes argentinos. 

La impotencia reflexiva a la que refiere el ensayista define un modo de entender a la política que la reduce a una mera administración de un presente empobrecido. El futuro aquí está lejos de significar una innovación prometedora y se presenta como un espacio hostil, el espejo corroído del presente. 

Este rasgo resulta atribuible a buena parte de la juventud argentina. Sin embargo, quienes hoy miran con interés a las propuestas libertarias expresadas por Javier Milei y Jose Luis Espert en el plano político-electoral, y de comunicadores como El Presto, Tipito Enojado o Agustín Laje, cuentan con una propensión mucho mayor a la impotencia reflexiva. No nos referimos aquí solamente a quienes integran las filas de los convencidos militantes libertarios, aquellos que, desde las redes, han ganado protagonismo en los últimos años. 

Nucleados en torno al ejército libertario se encuentran una parte cada vez más significativa de jóvenes que no se consideran comprometidos y adscriptos a la propuesta libertaria, pero la aprueban y destacan dentro del mar de la política argentina. Son los hermanos, amigos y conocidos de los jóvenes libertarios, quienes se encuentran embebidos en la atmósfera que la nueva derecha rebelde supo construir. Para diferenciarlos de los jóvenes libertarios les daremos la etiqueta de antisistema, en vistas de que su adhesión a las vertientes libertarias nace, ante todo, de un rechazo a las propuestas que expone la política tradicional. 

En los espacios progresistas suele concebirse a este segmento en términos particularmente errados. Entre otras cosas se ha dicho que los jóvenes antisistema son niños ricos en defensa de sus privilegios y sin demasiadas ideas en la cabeza. Lejos de este estigma, se trata de sectores particularmente afectados por la precarización en todos los ámbitos de la vida y con una capacidad crítica destacable que sin embargo se conjuga con la impotencia que venimos describiendo, o más bien decanta en ella. Como observa Fisher: “este conocimiento, esta reflexividad, no es resultado de la observación pasiva de un estado de cosas previamente existente. Es más bien una suerte de profecía autocumplida.”

Reconstruir el perfil sociológico de este segmento supondría una ardua tarea, aquí simplemente nos remitiremos a la imagen del futuro que componen. Mi hipótesis es que la relación que establecen con lo venidero es eminentemente apocalíptica. Para entender a qué nos remitimos aquí desentrañaremos algunos aspectos de este concepto en perspectiva histórica.

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El historiador alemán Reinhart Koselleck señala en su libro Futuro Pasado que la historia del cristianismo hasta llegado el siglo XVI puede ser leído como la historia de una espera, la del fin de los tiempos. Si bien las formulaciones variaban y el grado de inmediatez del hecho era objeto de disputa, la historia y todos sus eventos estaban orientados hasta entonces a la llegada del Anticristo, y con él, el fin de los tiempos. Los hechos presentados en el Apocalipsis de Juan podían ser interpretados a la luz de los acontecimientos de cada momento y así encastrarse en cada contexto particular.

El Juicio Final estaba siempre a la vuelta de la esquina y era deber de cada cristiano atender a los signos que se le presentaban a fin de poder preverlo. El fundamental, el que permitía respirar con tranquilidad a la espera de vivir un día más, era la unidad de la Iglesia Romana. Mientras la Santa Sede estuviera en pie y reinando, los cristianos podían esperar la aparición de conflictos eventuales, guerras intermitentes y algún que otro cambio de régimen político, pero podían estar seguros de que el mundo como unidad seguiría subsistiendo.

A partir de este principio teológico no resulta difícil de entender la centralidad política que la Iglesia supo tener, al menos hasta que el apocalipsis se desvaneció como horizonte de expectativas. La vida bajo el mandato eclesiástico podía ser buena o mala, pero era mejor que nada. Por eso el futuro era un ámbito reservado exclusivamente para la Iglesia.

El carácter inminente del apocalipsis termina por destruir el futuro, un espacio donde es imposible proyectar o determinar más que signos apocalípticos. “Los acontecimientos, vistos desde el horizonte de la profecía, sólo son símbolos para lo que ya se sabe” apunta Koselleck.

Como sabemos, la estructura teológico-política que sustentó a la Iglesia cayó por su propio peso. Según explica el historiador alemán: “En el momento en que las figuras del apocalipsis de Juan se aplican a sucesos o instancias concretas, la escatología actúa de forma desintegradora. El fin del mundo es un factor de integración sólo en la medida que queda indeterminado en un sentido político-histórico.”

Sin embargo, la destrucción del futuro producto de la inminencia del fin es un argumento que podemos rastrear hasta nuestros días. Las nuevas derechas han sabido hacer uso de la trama apocalíptica, o más bien la han sabido percibir en la sociedad para montarse sobre ella y producir un discurso eficaz.

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El economista Javier Milei ha profetizado sobre la llegada de una hiperinflación unas cuantas veces y la instalación final de un régimen comunista unas cuantas otras. Pablo Stefanoni apunta en su libro ¿La rebeldía se volvió de derecha? que un fan de Milei describió al excéntrico economista como “el único que nos puede salvar del socialismo apocalíptico.” Este tipo de declaraciones suelen ser leídas como un modo de llamar la atención y ser, para bien o para mal, parte de la conversación pública y mediática. Si bien esa es una dimensión fundamental de estas intervenciones también es cierto que estos discursos componen tanto un diagnóstico como un pronóstico que resulta revelador para un sector de la sociedad cada vez más amplio. 

Si la Ilustración introdujo una noción de progreso que, al calor de los desarrollos sociales, técnicos y económicos permitía asegurar un futuro siempre mejor y por ello sintetizarse en la metáfora de la flecha ascendente, los jóvenes antisistema invierten la flecha y asumen al deterioro social como pronóstico futuro. No sólo eso, sino que también expresan el hartazgo frente a un presente que no resulta merecedor de ser resguardado ni cuidado. La propuesta libertaria logra ingresar aquí como un modo de expresar ese descontento y racionalizar los motivos del desastre, conocer al menos el por qué de nuestros pesares. 

Así, el complejo clima inflacionario que se instaló en la Argentina hace más de diez años y que sobrevivió a presidencias de distinto color político puede ser sintetizado como un fenómeno monetario cuya solución consiste en la destrucción del Banco Central. Esta idea sencilla, consistente y trasmisible en cortos videos, es uno de los mantras que los jóvenes antisistema expresan y con los que satisfacen su voraz necesidad de entender cómo se compone el ruinoso mundo en el que habitan. Lo interesante de este tipo de proposiciones es que, así como contienen una sencilla explicación, también presentan una solución de igual complejidad. El problema no está en el control de las variables económicos- definidas a la perfección por la ciencia económica de cuño libertario- sino en la sociedad en la que habitamos, cuya idiosincrasia se encuentra colonizada por el pensamiento colectivista y por lo tanto está destinada al fracaso. Bajo la comprensión de estos jóvenes, fueron las persistentes victorias electorales de gobiernos que apañaron y condujeron a la sociedad en este sentido las que terminaron por afianzar este modo de ser social resistente a las lógicas de mercado y, por tanto, destinado a la pobreza. Esta convicción iguala o supera en intensidad a aquella que contiene la solución para el problema.

El pensamiento apocalíptico de los jóvenes antisistema consiste en la certeza de que el fin del proceso condenatorio de la sociedad está siempre a la vuelta de la esquina, ya que el Estado de Bienestar nació siendo inviable y por lo tanto lleva en sí mismo los elementos para su autodestrucción. Sin embargo, esta idea convive con la seguridad de que ese cambio en términos sociales es inaplicable, habida cuenta de lo arraigado del pensamiento “estatista”. El resultado es una paradoja en la que los jóvenes saben qué hay que hacer y sin embargo saben que no se puede hacer. Como refiere Mark Fisher, se trata de una profecía autocumplida, una encerrona en la que se inscribieron y de la que no pueden salir.

Este círculo vicioso supone la destrucción del futuro, el cual expresa una forma extendida y, en cierto sentido, corroída del presente. Si esta dinámica no se resuelve y logra superar, es posible que se vaya cerrando cada vez más sobre sí misma, dotando de mayor dramatismo tanto el diagnóstico como el pronóstico antisistema.

El pensamiento apocalíptico de las nuevas derechas es, ante todo, un modo de exponer las disposiciones afectivas que resultan más asfixiantes para los jóvenes, su frustración y resentimiento. En la medida en que la política no exponga una alternativa que sintetice un futuro que sea al mismo tiempo lo suficientemente distinto y superador del presente para que sea deseable y lo suficientemente asimilable como para que sea verosímil, las nuevas derechas seguirán teniendo un terreno fértil donde crecer.


*Politólogo y estudiante de la Maestría en Historia Conceptual de la UNSAM. Analista de opinión pública e integrante de Posmopolitan.

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