miércoles 25 noviembre 2020

Militar en tiempos de distanciamiento social

Giuliana Mezza

La pandemia es, desde hace largos meses, parte de nuestra cotidianidad. Como una suerte de excepcionalidad sostenida, llegó para trastocar sentidos comunes, prácticas y horizontes. La necesidad de reinventar los modos de habitar el presente atravesó tanto los sistemas sanitarios y educativos como nuestro tránsito por los espacios compartidos, los vínculos afectivos y en no menor grado, las formas en las que se expresa el compromiso político. ¿Cómo puede pensarse la militancia en un mundo en el que se impone como norma la distancia social? Jóvenes militantes de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires analizan este particular contexto.

Pensar la pandemia: impactos y revelaciones

Rafael Villanueva tiene 28 años, estudia Derecho, es Coordinador Nacional de la JP Evita y Director de Asistencia Inmediata de la SEDRONAR. En su opinión, la crisis generada por la pandemia ha sido, sobre todas las cosas, un acelerador de procesos. Un golpe que impacta contra una generación con la fuerza de la historia y su tragedia.

Para los jóvenes nacidos en épocas del consenso neoliberal -cuando pensar alternativas al sistema era de nostálgicos y fracasados-, para una generación para la que continúa siendo más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo, las tragedias, los dolores y el sufrimiento tienen una impronta particular. Desde su perspectiva, su generación está llena de inseguridades, tiene escasas perspectivas de futuro, pocas certezas, y está atravesada por una extrema violencia cotidiana. Y a pesar de forjarse al calor de esa tragedia, la desconoce. O más bien la conoce, pero individualizada. La tragedia y el dolor forman parte del mundo privado o como mucho, de un mundo ajeno. Sobre todo, para la tragedia, no pueden identificarse responsables. Y mucho menos alternativa.

“Es que el consumo mediático, la individualización de la rutina, el ensimismamiento que produce este sistema nos lleva a ver estas tragedias de forma fraccionada y parcial. Sabemos que hay hambre, pero no sabemos muy bien dónde. Sabemos de la pobreza, pero no la dimensionamos. Sabemos de la violencia, pero compramos la hipocresía televisada para poner esa violencia en un otro, feo y peligroso. Desde la perspectiva de la militancia popular, sin dudas, estamos ante una oportunidad. Pero sobre todo frente a una enorme responsabilidad”.

Evalúa que la oportunidad no debe reducirse a la ingenuidad de pensar que por la magnitud de la crisis, habrá un proceso de toma de consciencia masivo, sino que va a ser necesario luchar, y mucho. En lo que a la responsabilidad refiere, sostiene que “nos obliga a empezar a reconocer esas tragedias cotidianas con las que crecimos, y colectivizarlas. Pero sobre todo, animarnos a soñar con que la realidad se puede modificar”.

Pilar Araneta tiene 30 años, es politóloga, investigadora y milita en el Grupo Bicentenario. Actualmente se desempeña en la gestión como Coordinadora del Programa Punto Digital de Jefatura de Gabinete de Ministros. Desde su punto de vista, la pandemia fue una suerte de shock que condujo al empeoramiento de realidades sociales que ya eran duras, generando la necesidad de complementar las acciones del Estado para llegar a los sectores más postergados.

Destaca que priorizando la salud y la supervivencia de tantos que vieron afectados sus actividades e ingresos, se organizaron y robustecieron redes comunitarias que exaltan el valor de la solidaridad. En este sentido, sostiene que la experiencia política reciente operó como un factor posibilitador: “estábamos preparados para hacerlo, no solo por el compromiso y la conciencia social que ya de por sí nos habitan, sino porque también veníamos de cuatro años de lucha en contra del deterioro del tejido social y de nuestras condiciones materiales de existencia. Ya habíamos atravesado la “pandemia” de un gobierno que estaba interesado en garantizar los intereses del capital concentrado y no de toda la población”.  

Para ella, el futuro que nos espera es incierto y a la vez, se avizora complejo en términos económicos, políticos y sociales. Por eso, uno de los desafíos que reconoce radica justamente en combatir la incertidumbre, en volver a poner un horizonte colectivo en el centro de la escena pública.

Pablo “Chango” Móbili tiene 29 años, es licenciado en Ciencia Política por la Universidad de Buenos Aires, milita en La Cámpora; primero en la Villa 21-24 y luego en el frente universitario. Fue dos veces presidente del Centro de Estudiantes de Ciencias Sociales de la UBA. En su análisis del contexto, destaca que la crisis ocasionada por la pandemia nos obligó a “parar la pelota” y a ser testigos de lo rápido que se resquebrajan los cimientos sobre los cuales se organizan nuestras sociedades. No se trata ya del fantasma del comunismo haciendo temblar al capitalismo, sino de un virus que, microscópico y desideologizado, viaja por el mundo destruyendo vidas y economías.

Mucho se ha dicho ya de cómo la pandemia exhibió y profundizó desigualdades ya existentes. Desde su perspectiva, en una sociedad como la Argentina, más politizada que la media, esta situación hizo emerger, a su vez, enormes redes de solidaridad organizada que existían previamente, pero que se profundizaron con la potencia que el momento requería. Estas acciones fueron impulsadas en gran medida por la militancia política orgánica, “esa forma particular, no la única, de hacer política. La lógica de este tipo de militancia implica un renunciamiento al individualismo – no a la individualidad-, una apuesta a la coordinación de acciones voluntarias entre personas en pos de utopías, sueños, objetivos, metas, que apuntan a la transformación de realidades que diagnosticamos injustas”.

Hilario Bielsa tiene 25 años, se formó como médico en la UBA, donde tuvo su primer contacto con la política universitaria. Hoy es responsable de Universidad de Grupo Bicentenario y se desempeña como Secretario de Cultura de la Federación Universitaria de Buenos Aires. En su reflexión respecto de la pandemia y sus efectos, apunta que ha motivado debates necesarios para su generación.

Evalúa, ante todo, que la crisis sanitaria puso de manifiesto las profundas deudas que la política tiene para con la gente. En su opinión, una sociedad atravesada esencialmente por la tecnología es al mismo tiempo una sociedad paulatinamente segmentada y complejizada que requiere de una actualización en la manera en la que se la representa.

En este sentido, afirma que parte del concepto de “responsabilidad histórica” que le cabe a la juventud implica hacerse cargo del mandato de representar sectorialmente, “donde descubrir, entender y encabezar el sentido común de un ámbito determinado (sea este un sindicato, una colegio secundario, un club de barrio o una facultad, por citar algunos ejemplos) es prioritario, no sólo porque dicho proceso implica una modesta experiencia organizativa que arrojará luz sobre las leyes generales de la política y ciertos aspectos de la condición humana, imprescindibles para las gestas del futuro, sino porque esa búsqueda abreva en la dialéctica con la que nosotrxs también transformamos nuestra identidad y la adaptamos a los signos de la época”.

Por otra parte, destaca que en la búsqueda del bien común el abordaje de la cuestión del disenso implicó casi siempre un desafío que sólo en contadas oportunidades la sociedad argentina logró encauzar de forma satisfactoria. ¿Cómo hacer para avanzar colectivamente en una dirección determinada en un contexto de crisis como el actual, en sociedades polarizadas como la nuestra?

La construcción de un horizonte o los contornos de una “nueva normalidad”

Para Rafael Villanueva, la principal derrota de la militancia popular en el proceso del neoliberalismo tiene que ver con el límite autoimpuesto a la vocación transformadora. El posibilismo, la adaptación, el reformismo, son actitudes propias de una etapa donde aún no aparecen alternativas claras a este modelo neoliberal. Sostiene que “hay una militancia que sueña con modificar una ley, distribuir un punto del PBI, ser concejal. Nuestra responsabilidad es pasar de esos sueños a imaginarnos un mundo distinto”.

Evalúa que si bien existe en la Argentina una militancia que decidió buscar ese modelo alternativo en una práctica política con el sector social que expresa la inviabilidad de este sistema -las y los excluidos-, esta crisis obliga a esa militancia a acelerar ese proceso de construcción de alternativas.

Y si ese proceso es urgente es porque la historia nos ha enseñado que el tiempo es finito, no es para siempre. No hay garantías de que las estrategias del enemigo puedan boicotear esa búsqueda del modelo alternativo con su modelo social de consumo y violencia. Por eso, concluye: “el tiempo ya llegó y la militancia popular debe asumir el desafío: construir una Alternativa a este sistema o acostumbrarse a la tragedia colectiva cotidiana”.

Por su parte, Hilario Bielsa enfatiza que frente a las dificultades que el contexto plantea debemos asumir la potencialidad que las instituciones tienen como facilitadores en el proceso de homogeneizar consensos en las sociedades y de resolver propositivamente sus diferencias. La idea de una juventud institucionalista y republicana se relaciona con la necesidad de generar instrumentos para procesar y encauzar el disenso, sabiendo que tendremos la tarea de ponerlas al servicio de los intereses de la sociedad toda. Evalúa que tal vez el caos producido por el Covid-19 pueda regalarnos una oportunidad: “la de enfatizar menos en las discusiones sobre los gobiernos –efímeros, aunque necesarios- y darle centralidad a las debates sobre el Estado”.

En opinión de Pilar Araneta, un desafío fundamental de este tiempo para el campo nacional y popular tiene que ver con sostener la unidad y fortalecer la cohesión del peronismo, para atravesar los embates de quienes distorsionan la política para capitalizar el humor social en favor de intereses sectoriales -como puede observarse, por ejemplo, en las diversas movilizaciones “anti cuarentena” fogoneadas por la oposición al gobierno de Alberto Fernández que buscan debilitar su legitimidad-. Más allá de las preocupaciones y las dificultades, considera que podemos ser optimistas, porque “en los últimos meses se gestaron redes en los barrios, se organizó la solidaridad y se cristalizó la importancia de que cada argentina y argentino tenga una vida digna. Y eso tiene un valor en sí mismo, que va a ser muy importante para afrontar los próximos años de nuestro país”.

Para Pablo “Chango” Móbili, es en ese pulso solidario, muy presente aún en nuestra sociedad en general, donde radica quizás la clave para pensar y, sobre todo construir, una nueva normalidad. Es evidente que la construcción de esa nueva normalidad no se encuentra libre de disputas y, por lo tanto, concluye, no hay tiempo que perder.

Considera que quienes militan en organizaciones políticas o espacios del llamado campo popular son conscientes de que, además del tiempo, quienes siempre fueron y son ganadores en nuestras sociedades, cuentan a su favor con una multiplicidad de recursos de poder (económicos, simbólicos, culturales, jurídicos, políticos). Ante este campo de juego inclinado, y frente a una pandemia que profundiza esa asimetría, considera que “debemos imponernos mayores niveles de organización, profundizando debates, buscando en la creatividad los recursos que nos niegan de otra manera, para lograr enamorar a cada vez más personas de la tan denostada política y de su forma más noble: la militancia”.


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