miércoles 01 diciembre 2021

Los hilos de lo extraordinario

Giuliana Mezza

Una sensación de ahuecamiento, de aplomo, de gravedad amplificada. Como si lo que mantiene erguido el cuerpo se desinflara, sufriera una pérdida de volumen, como si se distendieran los hilos que lo inclinan hacia vaya a saber qué en las alturas.

Es que de vez en cuando lo cotidiano se sacude haciéndonos sentir que los horarios, los cálculos, las acciones que ejecutamos a diario de forma mecánica, empequeñecen de pronto hasta escurrirse entre los dedos.

Lo extraordinario es aquello que tiene el poder de quebrar el ritmo habitual de la vida. Su irrupción agrieta una experiencia percibida como natural e inevitable, habilitando así -con o sin intención-, una perspectiva diferente. Lo que hace temblar nuestras estructuras es entonces este develamiento; la realidad que conocemos no es la única posible.

Lo extraordinario es, consecuentemente, emancipador en tanto nos libera de la esclavitud de lo irremediable; nos exime de la condena de aceptar amargamente lo que nos viene dado. Y en este mundo, desgarrado por la injusticia, la desigualdad y la miseria, la felicidad tiene una potencia revolucionaria.

Diego, ese bailarín con botines, el barrilete cósmico que regó de gloria este suelo, no solamente era de otro planeta por sus gambetas y definiciones. El más humano de todos los dioses alcanzó entre nosotros esa jerarquía por haber conquistado el cielo y tener la determinación de abrirnos las puertas para que fuéramos con él.

Porque la felicidad que nos ofreció a manos llenas lejos está de agotarse en la excepcionalidad de su talento futbolístico o en la inmensa satisfacción que supusieron los títulos que nos ofrendó. Diego nos invitó a una fiesta que deseó eterna, y que conjugaba con inédita intensidad su pasión por el fútbol y el amor del pueblo.

En una clave cercana a lo milagroso, con su entrega danzante a la pelota y a los colores de su camiseta logró sellar a fuego una comunión con quienes tuvieron el privilegio de toparse con semejante espectáculo. Su destino se anudó con nuestras penas y nuestras miserias en un camino de redención.

Con la irreverencia de quien se sabe dueño de un valor que no tiene precio, se abrió paso sin pedir permiso; no hubo título, jerarquía o condición que lo obligara a mirar a nadie desde abajo. La potencia arrolladora de lo genuino logró que sus palabras derribaran cualquier atisbo de hipocresía, impostura o cinismo que se desplegara a su alrededor.

Diego fue un espejo descarnado, cruel, real y maravilloso en el que descubrirnos sin eufemismos.

Haciendo de su felicidad la nuestra, convirtió esa grieta de lo extraordinario en un profundo canal que enhebra millones de historias, eleva incontables vidas, sana el desconsuelo de los expulsados de todos los banquetes de este mundo roto.

Fuimos los invitados de honor de la más hermosa de todas las fiestas; la suya. Esa invitación nos permitió saborear victorias inolvidables, abrazarnos a la dignidad de quien se entrega por entero, aferrarnos a la fortaleza de quien se cae y vuelve a levantarse, experimentar un amor inquebrantable y genuino, sentirnos orgullosos de ser quienes somos.

Si nuestros cuerpos están sujetos al irremediable devenir de lo que nace y muere, son esos hilos invisibles, blindados por la magia de lo extraordinario, aquello que está destinado a perdurar, que nos eleva, que nos trasciende.

Después de todo, es lo que nos conmueve lo que logra dejar una huella, habitarnos de manera indefinida. Por permitirnos experimentar lo infinito, por regar celebración, pueblo y esperanza en tantos rincones del mundo, gracias.

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