lunes 14 junio 2021

Lo constituyente como necesidad

 Manifestaciones en Barcelona después de la abdicación del Rey, vía El País

Jairo Fernández Alonso y Marcos Martínez Romano

Publicación original : La Trivial

Se hizo famoso un tuit de Íñigo Errejón en el que afirmaba aquello de que “la hegemonía se mueve en la tensión entre el núcleo irradiador y la seducción de los sectores aliados laterales. Afirmación y apertura“. Este apunte, en pleno debate interno sobre el rumbo que debía tomar Podemos, señalaba ante todo la necesidad de presentarse como una fuerza capaz de encarnar las aspiraciones y demandas de sectores no especialmente ideologizados de la sociedad española. Esto es: frente al identitarismo izquierdista achacado a eso que se dio en llamar “el pablismo”, Íñigo proponía un partido laico y transversal. Proponía una táctica de apertura. 

Queremos llamar la atención sobre el hecho de que en el ciclo abierto entre 2014 y 2016, en Podemos todos los debates giraron en torno a esta discusión, mientras que apenas se produjo debate en torno al contenido de la afirmación que, por necesidad, debe preceder a la apertura [1]. Porque lo que uno pretende abrir a un amplio espectro social es una propuesta política determinada (la afirmación). Si no, ¿desde dónde se abre? ¿cuál es –siguiendo a Linera [2]– el núcleo duro que irradia y  garantiza la solidez y permanencia de tu proyecto desde el que puedes afrontar la tensión entre refugiarte en él y abrirte para llegar a los sectores aliados laterales? Sin dicho núcleo, cualquier formación política se convierte en una maquinaria tacticista desgarrada, como tal, por debates tacticistas. En un actor político sin base social que le sustente y sin brújula que le guíe. Si no hay más referente que la dirigencia en activo, ni más objetivo que obtener escaños, ni más base ideológica que un estado de ánimo, lo que se construya, por gigante que sea, tendrá pies de barro. Porque los dirigentes se equivocan, se pelean e incluso se escinden; los escaños suben y bajan en cada cita electoral -ni siquiera ocupar una alcaldía es garantía de permanencia- y los estados de ánimo son pasajeros y coyunturales en la opinión pública.

Podemos fracasó porque al no delimitar un objetivo claro y concreto no podía vencer. No podía, por definición, alcanzarlo. Nunca se supo con claridad qué era lo que “se podía”, más allá de ganar unas elecciones o formar un gobierno. Si ese era el objetivo, entonces habría que concluir que ya se logró: en España en coalición subalterna y en el ayuntamiento de su capital en solitario. Y, sin embargo, cualquiera puede comprobar que ni en un caso ni en otro se ha obtenido nada remotamente parecido a una victoria política irreversible del campo progresista en la sociedad española o madrileña. Más bien al contrario, a pesar de tener presencia en el Gobierno del Estado, las izquierdas parecen estar tanto cultural como socialmente más a la defensiva que nunca. Con “el miedo a la derecha” como principal -si no única- fuente de movilización.

Podemos se construyó, en buena medida, partiendo del marco teórico elaborado por Laclau y Mouffe. Este planteamiento señala, entre otras cosas, que la política no es un campo en el que los sujetos estén previamente constituidos, sino que es en la acción política donde estos se construyen a través de un discurso que agregue demandas diversas en torno a un significante flotante (principalmente un liderazgo fuerte) y un objetivo concreto que las aglutine. Por ejemplo, hay que recordar que las siglas con las que Hugo Chávez llegó al poder en Venezuela eran las del “Movimiento V República”, donde la demanda no podía ser más explícita: constituir un nuevo régimen político. El impulso que alimentó a Podemos, por contra, fue siempre puramente destituyente. Nació señalando a una casta formada por los dos viejos partidos del turno al servicio de los poderes económicos apátridas y transnacionales. Y, en un primer momento, fue capaz de poner a todos los demás actores políticos a hablar con sus palabras. Pero, más adelante, conforme tuvo que entrar en alianzas con el Partido Socialista, la propia geografía parlamentaria propició que “la casta” (concepto que quedó aparcado) quedara delimitada al PP de la corrupción. Por eso desde la moción de censura que desalojó a ese partido se quedó sin discurso propio, ya que Pedro Sánchez llegó a la SG del PSOE y a la presidencia del gobierno a lomos del discurso destituyente elaborado por la dirección de Podemos. Primero, erigiéndose en “lo nuevo” que regeneraría al PSOE frente al viejo aparato y las baronías y, más tarde, a base de repetir la misma retórica de Podemos sobre el PP: derecha corrupta que contamina las instituciones sanas y necesidad de que los progresistas las ocupasen en su lugar. Ahora es el hegemón indiscutible en ese marco. Él lideró la salida de Rajoy y del PP del gobierno de España y, por tanto, pasó a liderar también a Podemos y a sus votantes.

¿Cuál debería haber sido, entonces, a nuestro humilde juicio, un buen núcleo de afirmación que hubiera permitido a Podemos una relación de competencia virtuosa con el PSOE sin perder nunca su personalidad, seduciendo a los “sectores aliados laterales” y enraizando una base social y una cultura política autónoma tanto de la socialdemocracia como del eurocomunismo que lo ha engullido ahora? Los datos electorales nos dan pistas importantes. Aparte del Partido Socialista, hay otros partidos que han recibido de forma intensa el trasvase del voto morado: los soberanistas de izquierda de las naciones sin estado de España. 

Así, el 20D de 2015, la noche en la que la izquierda transformadora española batió récords de voto, Podemos obtuvo en Euskadi y Navarra 7 diputados, siendo primera fuerza en la Comunidad Autónoma Vasca, mientras que EH Bildu, como representante de una ampliada izquierda abertzale (ésta sí habiendo sido capaz de abrirse seduciendo a sectores laterales desde un claro núcleo irradiador), se quedó con dos diputados. Tras las últimas elecciones de noviembre de 2019 el giro no puede ser más claro: Podemos tiene 4 escaños y EH Bildu 5. En Catalunya observamos un proceso semejante: frente a los 12 escaños de Catalunya en Comú y los 9 de ERC en 2015, hoy nos encontramos con 7 de los Comuns, 13 de ERC y 2 de la CUP. En Marea, que llegó a tener seis escaños por Galiza, se ha visto hoy reducida a dos mientras que el BNG ha regresado al Congreso (apuntando los sondeos a que aumentará esa presencia en el corto plazo). E incluso otras comunidades de menor sentimiento nacional pero arraigada identidad propia, como es el caso de Cantabria, ha visto cómo el escaño que obtenía Podemos se ve reemplazado por el de una fuerza autóctona con un mensaje vagamente progresista (el PRC). No sabemos lo que pasaría en otros lugares de tener fuerzas rupturistas con presencia en su ámbito territorial.

Estos datos nos hablan de un perfil de votante concentrado en la “periferia” y en los núcleos urbanos, generalmente joven, cuya apuesta por Podemos en 2015, además de con un hartazgo desarticulado al que se le supo canalizar desde lo destituyente, también tenía que ver con su potencial constituyente. Con la capacidad y la esperanza de poder transformar en sentido progresista el Estado español a través de demandas nacionales y democráticas como el derecho de autodeterminación que acabaran rompiendo con los marcos del Régimen de 1978. Por eso, Arnaldo Otegi, habiendo leído correctamente las razones del resultado en las generales de diciembre de 2015 en la CAV, afirmó pocos meses después, en su primer mitin tras salir de prisión en el Velódromo de Anoeta, que “los independentistas vascos y vascas estamos dispuestos a colaborar en la democratización del Estado. No creemos que sea posible. Pero si surge la oportunidad histórica, no tenemos ningún inconveniente en participar en ese proceso […] por eso, en justa reciprocidad, le quiero pedir a esos sectores populares que hoy articulan la nueva izquierda española que sean honestos. Nosotros estamos dispuestos a colaborar para democratizar el Estado. Pero os pedimos una cosa: el día que comprobéis que esa democratización es imposible, sumaos a los independentistas en las naciones del Estado para poner en marcha procesos constituyentes en este Estado”.  Un mensaje que expresaba con claridad la necesidad de representar una esperanza constituyente que Podemos y su alianza con IU dejaron apartada mientras que el conjunto de las fuerzas soberanistas de izquierdas sí han sabido encarnar.

Esta sensibilidad política es particularmente intensa allí donde existen identidades nacionales alternativas a la española: catalanes, vascos o gallegos son vanguardia en desear un cambio de estructuras políticas, pero no es algo estrictamente nacional. También muchos votantes progresistas, en el sentido amplio del término, cuyo sentimiento nacional es español, verían con buenos ojos una apuesta constituyente a la vista de la baja valoración que cosecha la monarquía o del desafecto que genera la ley electoral, el Senado como cámara alta ineficaz y los mecanismos de elección de la justicia. 

Cualquier alternativa a futuro dentro del campo progresista haría bien en tener en cuenta de dónde provienen sus apoyos; tanto geográficamente como generacionalmente. En una sociedad cada vez más compleja y fragmentada, con multitud de sensibilidades, es imposible tener un discurso que seduzca con la misma eficacia en un pueblo de Ciudad Real y en una ciudad de Euskadi, pero sí se puede hacer una apuesta valiente y convincente para el máximo número de electores progresistas posible. Una apuesta que sea inasumible por el viejo Partido Socialista, pero con la que tenga que entrar en diálogo porque sus bases sociológicas sí la vean con buenos ojos. Que haga posible una alianza verdaderamente plurinacional con los actores políticos y sociales soberanistas de las naciones sin Estado, a la vez que sea capaz de seducir a los votantes de ciudades como Madrid, Cádiz, Zaragoza u Oviedo en un mismo significante constituyente que galvanice esa alianza plurinacional: República(s).

Terminamos con una cita de quien fuera cabeza visible de En Comú Podem, Xavier Domènech, que creemos que expresa bien la necesidad del horizonte constituyente para un proyecto transformador en España: 

“Para mí, la izquierda tendría que construir un nuevo horizonte de esperanza en España también, y este nuevo horizonte de esperanza tendría que ser republicano.

Porque, si no, nos pasaremos muchos años hablando de la reforma constitucional, y muy bien que se haga, pero creo que no se hará. Eso es un clásico en España, pasarse décadas hablando de una reforma constitucional hasta que al final la Constitución está tan destrozada que se tiene que hacer una nueva. Creo que eso que abre la posibilidad de un proceso constituyente es la monarquía. El proceso por el cual se puede reformar la Constitución española es tan complejo, y los costes políticos de la reforma son tan altos, que creo que ni la derecha ni la izquierda -y ahora me estoy refiriendo al PSOE- se enfrentan claramente a la necesidad de una reforma constitucional profunda. […]

Si tú cuestionas la monarquía, si planteas la duda sobre la legitimidad de la monarquía y cae la monarquía, entonces se abre un proceso constituyente porque sí. Me dan igual los mecanismos de reforma. La Corona ha caído, la cima de todo el sistema, y comienza un proceso constituyente de facto, tiene que cambiar todo. Por tanto yo creo que la izquierda española podría tener este horizonte como horizonte de esperanza” [3].

NOTAS

[1] En este sentido se han expresado recientemente Roc Solà y Xavi Granell en su artículo Afirmaciones y negaciones del republicanismo español, especialmente en su segundo epígrafe “Demasiada apertura para tan poca afirmación”.

[2] García Linera, Álvaro, Las tensiones creativas de la revolución. La Paz-Bolivia: Vicepresidencia del Estado Plurinacional-Presidencia de la Asamblea Legislativa Plurinacional, 2004. Pp 78 y siguientes.

[3] Doménech, Xavier; Barceló, Ángels y Tardà, Joan. Entre Ítaca e Icaria. Barcelona: Roca Editorial. 2019, pp 86-87.


Jairo Fernández Alonso es historiador y Master en Historia Contemporánea por la Universidad de Cantabria y Marcos Martínez Romano es politólogo por la Universidad Nacional de Educación a Distancia (U.N.E.D).

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