domingo 09 mayo 2021

Las rebeliones del hambre en la Historia de Chile

Por Jean Flores Quintana

El martes 19 de Mayo de 2020, en las comunas de El Bosque y La Pintana -periferia sur de la Región Metropolitana- se registraron cortes de calle por la falta de alimentos, reabriendo así un nuevo capítulo en la historia de las rebeliones del hambre en el movimiento popular chileno. A continuación, se presentan tres episodios en perspectiva histórica sobre las movilizaciones populares entorno a la sobrevivencia humana, y una tentativa proyección de la crisis sanitaria, social, económica y política que atraviesa Chile en 2020.

  1. Las Asambleas Populares de Alimentación (1918-1919)
  2. La Rebelión de Santiago (1957)
  3. Las marchas del hambre (1982)

Cada hecho histórico se analiza y profundiza en su contexto, relevando las condiciones materiales en que se desataron, la irrupción de nuevos sujetos políticos en la escena política, la emergencia protagónica de actores sociales desplazados de la historiografía tradicional y el cambio en el sistema político nacional.

I. Las Asambleas Populares de Alimentación en Chile (1918 – 1919)

En Chile han existido múltiples manifestaciones relacionadas con la situación de precariedad existencial que desde los orígenes de la República han vivido los sectores populares. Desde que el movimiento popular se empezó a organizar a mediados del siglo XIX se han originado diversas coyunturas históricas en que se ha expresado este malestar directamente relacionado con los problemas de la subsistencia básica de las grandes masas urbanas y rurales.

En el presente ensayo abordaremos los alcances y consecuencias -políticas y sociales- que significaron las denominadas asambleas populares de alimentación en el bienio 1918 y 1919. Pondremos la centralidad del análisis en el impacto de este proceso histórico soterrado de acumulación de fuerzas en el sistema político nacional, y junto con lo anterior analizaremos el desempeño de las fuerzas políticas tradicionales y la irrupción de nuevos actores en la escena pública.

1. Antecedentes históricos

Las asonadas populares (1876-1878).

Antes de la guerra del pacífico, entre los años 1876 y 1878, bajo el contexto de una profunda crisis económica, -que explica parcialmente el ánimo guerrero de las clases dirigenciales chilenas para buscar solución a los conflictos internos en la expansión hacia el norte a expensas del Perú y Bolivia, y hacia el sur, enfrentando  al pueblo Mapuche-, se produjeron hechos de violencia en ciudades de Chile, principalmente en la capital.

Estas asonadas callejeras fueron expresiones políticas de los sectores populares con escasa organicidad que manifestaron su descontento, exigiendo reivindicaciones, en la forma de motines y acciones directas de violencia sobre la clase patronal, burguesía urbana y el Estado en campos y ciudades (Grez, Sergio. 2007).

La causa directa de estos levantamientos fue el alto costo de la vida y la consiguiente imposibilidad por parte de peones, jornaleros y trabajadores de baja calificación laboral de satisfacer las necesidades básicas de existencia. La guerra del Pacífico puso fin a estos movimientos intermitentes de insubordinación. Las guerras son instancias de desarrollo económico para los países, permiten absorber mano de obra sobrante dando empleo en la producción y manufactura de implementos bélicos y el reclutamiento de personas cesantes para los ejércitos. De esta manera, los intereses económicos ingleses sobre el salitre mediante el enfrentamiento de Chile contra el Perú y Bolivia, desplazó la crisis social y económica de la agenda del gobierno liberal de Aníbal Pinto Garmendia (1876 a 1881).

Huelga de los tranvías (1888)

A pesar de la Guerra del Pacífico y del carácter expansivo del Estado al finalizar el siglo XIX los problemas de subsistencia de la población chilena no se resolvieron. En abril de 1888, durante el gobierno del presidente José Manuel Balmaceda se produjo en Santiago la huelga de los tranvías. Este fue un movimiento de protesta popular convocado por el Partido Democrático y las mutuales contra el alza del precio de los pasajes de los tranvías (Grez, Sergio. 1999). Esta explosión popular de actos muy violentos en la capital del país duró un par de días, y finalizó con una severa respuesta por parte del Estado hacia los manifestantes, alcanzando incluso la persecución y detención de las dirigencias del Partido Democrático.

El bajo pueblo santiaguino acudió a la convocatoria de las dirigencias políticas del movimiento popular para protestar por las nefastas condiciones de vida. Emerge así cual vanguardia política, el Partido Democrático, constituido esencialmente por artesanos, obreros calificados y algunos jóvenes intelectuales escindidos del Partido Radical.

Las iniciales manifestaciones relativamente pacíficas desencadenaron en una explosión de violencia popular que se extendió desde el centro a los barrios periféricos, produciendo cuantiosos daños a la propiedad pública y privada.

La huelga de la carne (1905)

El nuevo siglo despunta en Chile en plena República Parlamentaria con su ciclo de 25 años de gobiernos liberales. La Alianza Liberal fue una coalición política formada en 1891, tras el fin de la guerra civil, y la disolución de la coalición entre conservadores, radicales y liberales anti-balmacedistas. Durante el segundo gobierno del Partido Liberal con Germán Riesco Errázuriz a la cabeza y Ramón Barros Luco como el primer ministro del Interior en un gabinete que se modificó 17 veces, se desencadena el conflicto denominado huelga de la carne.

Este movimiento fue convocado por las mutuales agrupadas en el congreso social obrero, contó con el apoyo de distintas fuerzas políticas emergentes al fragor de la reivindicación de derechos sociales. El Partido Democrático comenzaba a consolidarse en el campo popular e irrumpen con fuerza las expresiones orgánicas de grupos anarquistas y socialistas. Genera un alto impacto a nivel nacional el llamado de las organizaciones sociales a protestar contra la pretensión del gobierno y del parlamento de imponer un impuesto a la internación del ganado argentino a Chile. Este impuesto que grababa el ganado argentino favorecía a la clase terrateniente, puesto que, aumentaba el precio de la carne enormemente. Ya se había intentado aplicar este impuesto en los años 1888 y 1889 sin éxito, no obstante, la clase dominante volvió a la carga y los sectores populares conscientes del ya precario consumo de carne, convocaron una manifestación en el centro de Santiago que al comienzo fue pacífica, pero decanta en actos de enfrentamientos y saqueos. La respuesta del Estado y de los civiles armados de la oligarquía fue extremadamente desmesurada y desproporcionada. Las guardias blancas eran grupos paramilitares que defendían los intereses de la clase patronal en ausencia del ejército nacional que se encontraba realizando maniobra de exterminio en el sur. El saldo de las guardias blancas que salieron a la calles a cazar rotos fueron casi 200 muertos. (Hidalgo, Rodrigo. 2001).

2. La Asamblea Obrera de Alimentación Nacional (1918 – 1919) y la emergencia de la cuestión social

La Gran Guerra o Primera Guerra Mundial sacude al mundo como ningún hecho político moderno hasta entonces. Chile llevaba casi dos décadas de gobiernos liberales. En 1915 deja el gobierno Ramón Barros Luco y asume Juan Luis Sanfuentes. La guerra mundial trajo consigo la oportunidad de satisfacer la demanda internacional de salitre para usos bélicos, no obstante los compromisos políticos con el bloque de aliados imposibilitó a Chile vender su principal producto de exportación, dada la fijación de precios a la que suscribió el 18 junio 1918 en el Nitrate of Soda Executive. (Donoso, Carlos. 2014).

Al terminar la segunda década del siglo pasado los sectores desfavorecidos en las principales ciudades del país y en los sectores rurales atravesaban precarias condiciones de vida. La experiencia acumulada en casi medio siglo de levantamientos populares comienza a decantar en un cuerpo de articulación popular con alcance orgánico en las principales ciudades del país.

Mientras una pequeña cantidad de familias chilenas gozaban de los réditos económicos de la administración de los recursos del Estado y del negocio de las exportaciones de materias primas, el resto de la población era asfixiada por una creciente ola de desempleos, cesantía, y hambruna. Entre 1918 y 1919 se crea la Asamblea Obrera de Alimentación Nacional por iniciativa de la federación obrera de Chile, que se encontraba bajo la influencia del Partido Obrero Socialista, fundado por Luis Emilio Recabarren. Esta estructura partidaria es antecedente directo del Partido Comunista de Chile que sería fundado el primero de enero de 1922. Las principales características de la Asamblea Obrera de Alimentación Nacional, son:

Acumulación de fuerzas tras un proyecto nacional y popular

Bajo el contexto de gran carestía de la vida, los sectores populares y las  emergentes articulaciones partidarias se articulan de norte a sur dando origen a las marchas del hambre.

Estas tienen por objetivo exponer ante las autoridades un completo petitorio que apuntaba a modificaciones estructurales del sistema económico y social. Los diferentes actores sociales y político que firmaron el petitorio desde el Partido Conservador hasta el Partido Demócrata, pasando por Radicales y Liberales coinciden en la necesidad de cambiar el modelo económico liberal imperante en la época por un modelo proteccionista para la industria nacional, que fortalezca la producción interna y proteja los intereses de las grandes mayorías del país.

Descentralización política e hito orgánico en regiones

Las expresiones de descontento popular en esta época se manifestaron mediante marchas y mítines en todo el país. Junto con los petitorios que fueron presentados físicamente ante el presidente de la República en el propio palacio de La Moneda, este movimiento popular se caracteriza por el despliegue territorial y las distintas expresiones articulación política en Valparaíso, Concepción, Osorno, Valdivia, Antofagasta y La Serena principalmente. Esto marca un clivaje en el movimiento obrero nacional.

Conducción política

Hasta esta amplia movilización de los sectores populares en nuestro país, tal y como se ha descrito en el presente documento, las expresiones políticas del pueblo vejado por las instituciones oligarcas se daban en manera de estallido,  espontáneas, sin organicidad ni articulación, lo que facilitaba la severa represión criminal de los agentes formales e informales del Estado y las clases  dominantes, en consecuencia, este proceso histórico marca un punto de inflexión en la historia popular chilena dado que contó con la capacidad política de conducir un amplio movimiento de reivindicación social –apuntalándolo la necesidad de un nuevo modelo económico- completamente transversal en lo político, de alto impacto en el territorio nacional y dosificar correctamente el uso de las acciones de violencia política. En el contexto del Santiago de la época, que alcanzaba aproximadamente los 300 mil habitantes, este movimiento congregó a decenas de miles de personas que a diferencia de la huelga de la carne y la huelga de los tranvías, no registró grandes hechos de violencia en la forma de masacres y persecuciones.

3. Emergencia de la cuestión social y la primera derrota (y lección) del movimiento popular articulado

Como hemos analizado en el presente documento la Asamblea Obrera de Alimentación Nacional se enmarca un largo proceso de acumulación histórica del movimiento popular chileno que inicia desde mediados del siglo XIX. Uno de sus principales logros es la articulación orgánica de las expresiones políticas soterradas del sistema político tradicional. Hasta entonces la dinámica en las relaciones partidarias estaba dada por la correlación de fuerzas de las propias clases dominantes en función de sus intereses económicos.

Las oligarquías santiaguinas y sus aliados feudales que vivían del vasallaje en regiones no tenían contrapeso ni antagonistas formales en la política nacional. Desde comienzos del siglo XX los políticos e intelectuales de la burguesía negaban la existencia de la cuestión social. Esto comienza a cambiar con las masacres perpetradas en la primera década del siglo pasado, tales como, la masacre del carbón (1903), la represión sangrienta a los portuarios de Valparaíso (1903), la huelga de la carne (1905), la huelga general de Antofagasta (1906), y la matanza en la escuela Santa María de Iquique (1907). Con estos hechos, la percepción de los partidos de la burguesía comienza a cambiar un poco.

Los mismos partidos políticos que años atrás negaban la existencia de la cuestión social, comienzan a reconocer que efectivamente en nuestro país había problemas de índole social, y que estas complejas materias no sólo había que enfrentarlos con severa represión, sino también con leyes sociales, con reformas, con capacidad de cooptación de líderes populares. En suma, se instala la necesidad de legislar para implementar leyes de carácter social y había que instaurar oficialmente mecanismos de conciliación y arbitraje. Esto ocurre a comienzos de la segunda década del siglo XX, de modo tal que, en el proceso de movilizaciones de 1918 los partidos que negaban antes la cuestión social, como el Partido Liberal y Partido Conservador, se suman al pliego de peticiones levantado por el la misma Asamblea Obrera de Alimentación Nacional.

El Partido Conservador, enclave de histórico de la derecha más recalcitrante, va un paso más allá y presenta un completo paquete de leyes sociales al congreso nacional, que es la antesala del programa de gobierno de Arturo Alessandri Palma de 1920.

Los objetivos de la Asamblea Obrera de Alimentación Nacional no se cumplieron. La táctica política de la transversalidad partidaria que suponía garantías de concreción y alcance de medidas que mejorasen la vida de los chilenos y las chilenas en los campos y ciudades, fracasó. Las concesiones que entregaron las clases dominantes enquistadas en el gobierno fueron mínimas, tales como, facilidades en el transporte público, colocación de la población cesante en faenas agrícolas u obras de construcción fiscales.

Finalmente, la relevancia de la Asamblea Obrera de Alimentación Nacional radica  en la síntesis de los permanentes cuestionamientos de los movimientos populares a los largo del siglo XX; su origen es el resultado de la acumulación de fuerzas populares en post de la satisfacción de necesidades elementales para la subsistencia y dignidad de los pueblos; su desarrollo graficó la capacidad de conducción política de los sectores populares organizados en función de la urgencias y carencias de las grandes mayorías; y finalmente, su término siembra para siempre la desconfianza política en el avance institucional de medidas reivindicativas con fuerzas políticas de origen burgués.

II. La Batalla de Santiago (1957)

El hambre es uno de los principales motores de movilizaciones populares en las sociedades modernas, al menos, desde la revolución francesa hasta nuestros días. En la historia latinoamericana distintas corrientes políticas, y caudillos, han tomado las banderas de la reivindicación de derechos elementales para capitalizarlos electoralmente. En Chile, las décadas transcurridas entre 1920 y 1958 están profundamente marcadas por los discursos políticos dirigidos hacia las grandes masas votantes que no tuvieron un correlato en los hechos, toda vez que no se tocaron los intereses de la clase patronal y dominante.

En el presente ensayo abordaremos la coyuntura histórica que representó la Batalla de Santiago en 1957 para la historia social, política y electoral de Chile. Analizaremos sus principales antecedentes históricos y económicos, identificaremos la irrupción y el desarrollo de sus actores sociales de mayor relevancia, y finalmente distinguiremos los alcances de la movilización en el transcurso de las próximas décadas en el sistema político chileno.

1. Antecedentes históricos

Primer colapso del capitalismo mundial (1929)

El capitalismo mundial entró en su primera gran crisis financiera con el desplome de la bolsa de Wall Street el día martes 29 de octubre de 1929, conocido también como martes negro.

Esta depresión económica y social tuvo efectos devastadores en casi todos los países, ricos y pobres, la miseria se transmitió como epidemia, cayeron las rentas nacionales, los ingresos fiscales, los beneficios empresariales y los precios. El comercio internacional disminuyó entre un 50% y un 66%. El desempleo en los Estados Unidos aumentó al 25%, y en algunos países europeos alcanzó hasta el 33%. Ciudades de todo el mundo se vieron gravemente afectadas, especialmente las que dependían de la industria pesada de construcción. La agricultura y las zonas rurales sufrieron caídas es los precios de sus productos que alcanzaron en promedio un 60%.

Esta crisis económica se extendió por casi toda la década siguiente, el libre  mercado y su lógica especulativa ahogaron las economías mundiales, y tras el desplome financiero del 29´ emergieron nuevas formas de capitalismo, con distintos rostros, desde el que viste camisas pardas en Italia hasta el más humanizado del primer new deal de Franklin D. Roosevelt.

Del modelo primario exportador a las limitaciones del proyecto desarrollista.

En Chile durante la segunda década del siglo XX el modelo económico basado en la lógica primario-exportadora tributaria principalmente del salitre, hizo aguas por todas partes, cual barco destartalado. Desde fines de la década de 1930 en nuestro país se instaló un nuevo modelo de económico de desarrollo basado en la industrialización sobre la base de la sustitución de importaciones, es decir,  se realizó un esfuerzo industrializador importante por parte del Estado. La intervención estatal fue el camino a la mano para modernizar el atrasado capitalismo chileno. (Moulian, Tomás. 1997).

Este esfuerzo industrializador tuvo algunos hitos importantes, se crearon grandes empresas públicas, y además el Estado apoyó significativamente al sector privado de carácter fabril. Ahora bien, este modelo mantuvo permanente fragilidad dado que fue dependiente del capital y la tecnología extranjera. Finalizando la década de 1940 el modelo entró en crisis, desnudando nuevamente dos grandes males sociales; altos indicadores de cesantía y creciente tasa de inflación. De esta manera, al llegar la década de 1950, la modalidad proteccionista de la industrialización en Chile degeneró en el confinamiento del mercado interno.

Siguiendo a Tomás Moulian; Las coaliciones de frentes populistas “promovieron el crecimiento industrial pero no produjeron una revolución capitalista, y generaron una mayor democratización de oportunidades pero no una revolución democrática. En este marco, el reformismo incompleto de los frentes populares no tocó al latifundio ni nacionalizó las riquezas básicas ni democratizó duraderamente el régimen político. (Moulian, Tomás. 2006).

Retroceso democrático

El desenlace del ciclo de gobiernos radicales se coronó con una involución conservadora, ya que el último presidente radical, Gabriel González Videla, alarmado por el progreso electoral y la creciente influencia sindical de sus aliados comunistas, haciéndose eco de la política norteamericana de la naciente Guerra Fría, rompió su alianza con el PC, lo expulsó del gobierno en 1947 y lo ilegalizó en 1948 mediante la llamada Ley de Defensa Permanente de la Democracia.

Rearticulación de los sectores del cambio

El año 1952 llega Ibáñez por segunda vez al gobierno, esta vez, por la vía democrática a través de una elección en la que obtuvo una amplia mayoría. La crisis económica se agudizó enormemente, los padecimientos de los sectores populares se recrudecieron en el segundo gobierno ibañista.

En este contexto se desarrollaron importantes movilizaciones sociales lideradas por la Central Única de Trabajadores que era presidida por Clotario Blest, el inmenso. En aquella época la CUT congregó una gran cantidad de fuerzas sociales y políticas. Dentro de las estructuras políticas se encontraban las dos facciones del Partido Socialista –Partido Socialista de Chile y Partido Socialista Popular-, el Partido Comunista, anarquistas, trotskistas, falangistas -que más tarde decantarían en Democracia Cristiana-, y algunos gremios dirigidos por el Partido Radical. En este contexto se produjeron grandes movilizaciones y paros nacionales.

2. Santiago como epicentro de las manifestaciones nacionales (1957).

Desde comienzos de 1957 se desarrollan de manera más o menos espontánea en Santiago y Valparaíso, principalmente, una serie de movimientos reivindicativos de trabajadores que alzaron por el encarecimiento del costo de la vida más allá del ámbito estrictamente laboral, es decir, más allá de los marcos de una determinada empresa. Estas protestas populares desencadenaron una serie de demandas políticas y sociales desde el verano de 1957, y alcanzaron su punto de máxima cristalización en las jornadas del 2 y 3 de abril en Santiago.

Este movimiento se desarrolló en distintos puntos del país, durante los últimos días de marzo las protestas de radicalizaron en Valparaíso, a tal punto que la tropa  militar disparó contra la multitud para dispersar a los manifestantes.

El 2 de abril de 1957 la CUT convocó una manifestación en Santiago que congregó a más de 30 mil personas. El centro de la capital estaba atiborrada obreros, trabajadores y cesantes de los sectores populares que demandaban mejores condiciones de vida.

Los disturbios fueron imposibles de contener por parte de la policía, ante esto, Ibáñez del Campo tuvo que sacar al ejército. Entre el 2 de abril en la noche y el 3 de abril el ejército ocupó el centro de Santiago y masacró a la población, se registran varias docenas de víctimas.

En la Batalla de Santiago las fuerzas populares espontáneas, sin entrenamiento ni preparación militar fueron aplastadas por el brazo armado del Estado bajo las ordenes de Carlos Ibáñez del Campo, sin embargo, con esto se produjo también la muerte política del General en su segundo gobierno. Este terminó con mucha dificultad, disminuido y sin respaldo, su periodo presidencial hasta 1958.

3. Génesis del proyecto nacional-popular que decanta en el gobierno de Salvador Allende (1970)

La Batalla de Santiago marcó un punto de inflexión en la rearticulación política en el campo de la izquierda. Entre 1956 y 1958 comienza a germinar un proceso de unificación en el seno de las fuerzas políticas del campo popular. En 1953 las organizaciones sociales y gremiales dieron un paso importante con la fundación de la CUT, pero faltaba aún que esto se expresara política y orgánicamente. Durante el bienio 1956-1957 se reunifican los socialistas que estaban divididos en Partido Socialista de Chile y Partido Socialista Popular –este último había tenido una efímera participación en el primer gobierno de Ibáñez del Campo- con quien rompen relaciones a mediados de la década del 1950.

Paralelamente se produce una convergencia más amplia en la izquierda, básicamente, inicia la unidad comunista y socialista, que se plasma con la formación del Frente de Acción Popular. No está demás reafirmar que el Partido Comunista formalmente se encontraba en la ilegalidad desde la promulgación de la Ley Permanente de la Protección de la Democracia, ley maldita, que estuvo en vigencia desde 1948 hasta 1958.

A pesar de todo esto, la izquierda fue capaz de unificarse, mantuvo una conducción política común en el Frente de Acción Popular, y se presentó a las elecciones presidenciales de 1958 con Salvador Allende. Los resultados fueron espectaculares. El joven médico que encarnaba el proyecto nacional popular estuvo a 30.000 votos de la jefatura de gobierno, sin embargo, Jorge Alessandri obtuvo el 31,5% de los votos, mientras que Allende el 28,85% de los escrutinios.

La Batalla de Santiago incidió gravitantemente en esto, fue una prueba de fuerzas entre el movimiento obrero popular y los sectores que sostenían el sistema a la derecha y al sistema capitalista dependiente que ya estaba en crisis, lo que se expresó en los resultados electorales. Esto significó un ascenso muy importante de las fuerzas políticas de la izquierda en su marcha hacia el gobierno que culminaría en el gobierno de la Unidad Popular en 1970.

III. Las Marchas del Hambre (1982 – 1983)

A inicios de la década de 1980 nuestra nación atravesaba una profunda crisis económica en plena dictadura cívico-militar de Augusto Pinochet bajo el tutelaje del gobierno norteamericano. El hacinamiento la desnutrición y la miseria reflotaban por entre las rendijas de la realidad. El laboratorio neoliberal iniciado en 1975, dos años después de la cobarde felonía antipatriótica, daba muestras de su cara más cruda; el hambre.

1. Antecedentes Históricos Entrega de la soberanía nacional

Las políticas económicas del ministro del Trabajo de la dictadura, José Piñera, contenían en su plan laboral de despojo, la privatización de lo público y el cercenamiento de los derechos además de la aniquilación de la organización sindical.

Gran cantidad de empresas del Estado fueron privatizadas, se abrieron de par en par las fronteras nacionales a la importación de productos manufacturados en el extranjero y lo que produjo una ola de quiebras en el rubro industrial. Según las estadísticas de la Sociedad de Fomento Fabril, SOFOFA, organismo gremial de la clase patronal industrial, en 1981 se produjeron 427 quiebras de empresas, y al año siguiente la cesantía resultante de esta política económica alcanzaba según cifras oficiales el 20%, y 35% según los registros paralelos a los del régimen.

La desarticulación sindical post golpe de Estado.

Las características particulares de la dictadura chilena son atroces. No sólo se trató de cambiar un gobierno por otro, sino que, su intencionalidad era extirpar de la conciencia colectiva y popular cualquier esperanza de un modelo político, económico y social basado en la solidaridad e impulsado por la justicia social.

Para erradicar el sueño posible de la vía chilena al socialismo Estados Unidos en concubinato con las derechas rastreras locales masacraron a la población. Persiguieron y exterminaron a planas completas de organizaciones políticas, principalmente al Movimiento de Izquierda Revolucionario (MIR), Movimiento de Acción Popular Unitaria (MAPU), Partido Socialista (PS) y Partido Comunista (PC). Misma desgracia padecieron las dirigencias sindicales a lo largo de todo el territorio nacional, y, por cierto, también las garras del fascismo persiguieron y aniquilaron de chilenos y chilenas en el extranjero.

Con el fascismo chileno respirando en la oreja a las dirigencias políticas y sociales,  y el nefasto plan laboral del ministro Piñera, cualquier articulación democrática y popular era inviable.

El 11 de marzo de 1982 la dictadura había celebrado el primer año de la entrada en vigencia de su Constitución. Augusto Pinochet dijo entonces: “En la lucha contra el comunismo soviético, nuestra primera obligación para afrontarla es la unidad interna. Por ello, no se permitirá que nadie siembre la semilla de la discordia entre nosotros. No aceptaremos que persona alguna nos pretenda encasillar en malintencionados y rígidos esquemas políticos”.

Pocas semanas antes, el 22 de enero, los organismos secretos de inteligencia de la dictadura asesinaron al ex presidente Eduardo Frei Montalva en la Clínica Santa María. Un mes después, el 25 de febrero, era degollado y baleado el presidente de la Agrupación Nacional de Empleados Fiscales (ANEF) Tucapel Jiménez. Ambos sujetos políticos se encontraban trabajando por la unidad social y política para enfrentar la dictadura y ponerle término.

Al calor de la instauración de la Constitución de 1980, la tiranía puso en marcha su plan de institucionalización. Así, por ejemplo, comenzó a operar el nuevo sistema previsional con once Administradoras de Fondos de Pensiones (AFP). También se inició la municipalización de la enseñanza y el impuesto de la Ley General de Universidades.

El año 1982 iniciaba entonces, con un país que experimentaba la profundización del proyecto neoliberal.

2. Las mujeres chilenas como el sujeto histórico revolucionario

Sin esperanzas ni paliativos llega el año 1982. La histórica retaguardia de los procesos de transformaciones sociales, las mujeres de campo y ciudad se ponen como punta de lanza para asestar los primeros estocazos al corazón de la tiranía, develando sus grietas e inhumanidad.

El jueves 19 de agosto se convocó la Primera Marcha del Hambre. Con  nerviosismo, pero ya sin nada que perder desde el Paseo Ahumada comienzan a escucharse los gritos que marcaron a toda una generación, ¡Pan, trabajo / justicia y libertad!”, y “¡Se va a acabar, se va a acabar / la dictadura militar!”

Meses después, el 8 de marzo de 1983 en la conmemoración del día internacional de las mujeres, luchadoras intrínsecas e inclaudicables, se registran movilizaciones en distintos puntos de la región metropolitana. Tal es la indignación acumulada y la necesidad de cambiar las cosas que las organizaciones sociales y de articulación política convocan la Segunda Marcha del Hambre el jueves 24 del mismo mes, que tuvo como consecuencia directa más de 200 detenciones en Santiago.

Las acciones e intervenciones populares respondían a distintas necesidades y circunstancias. Ollas comunes, cacerolazos, cadenazos, barricadas, enfrentamientos; también se registran bocinazos, actos culturales, ausentismos laborales y escolar, y muchas, muchas reuniones de todo tipo, en todo el país.

Reconstrucción paulatina del tejido social.

Mujeres, estudiantes y trabajadores se articulan y organizan con ansias para la primera gran protesta nacional contra la dictadura militar el 11 de mayo de 1983. La represión fue feroz, sin embargo, no apaciguó el espíritu libertario y democrático. La

Federación de Trabajadores del Cobre jugó un rol estratégico y convocante. El resultado de esta positiva primera jornada nacional de protesta fue la conformación del Comando Nacional de Trabajadores que llamarían a las sucesivas movilizaciones que se extendieron hasta 1987.

El hambre es un poderoso motor de las protestas populares, y siempre lo ha sido. Puede ser también, dependiendo del contexto político, un inhibidor. La extrema miseria puede ser un elemento que lleve a la anomia organizacional y que se produzcan estallidos sin perspectiva política, pero no fue el caso de lo ocurrido en Chile durante la década de 1980.

En este proceso histórico existió un despertar político y social a partir de las carencias y necesidades elementales para la vida humana, que además estaban solapadas por una tiranía sanguinaria. Junto con ello, el cauce del descontento contó con una dirección otorgada por las organizaciones sociales y también por partidos opositores a la dictadura que le imprimieron un determinado rumbo a las marchas del hambre y a las jornadas de protesta nacional.

IV.Tentativo cierre y algunas conclusiones en perspectiva histórica.

El hambre siempre ha sido un factor de grandes trastornos, disturbios y de movilización sociales. La revolución francesa fue presidida por disturbios del hambre tanto en las ciudades como en los campos.

El principal elemento de continuidad en las coyunturas analizadas es la situación de precariedad existencial en los sectores populares de la mayoría del país, esto como lo analizamos en detalle, siempre ha sido así en nuestra breve historia republicana.

Esta precariedad existencial exacerbada en momentos de crisis, que puede ser como producto de una crisis económica, de un fenómeno político o de una pandemia como ocurre en la actualidad, pone de relieve ciertos mecanismos de dominación. Desnuda aquello que la gente en periodos de normalidad no ve, o no percibe tan claramente, de tal manera que la dominación queda expuesta.

El gobierno ha tenido como principal preocupación en este contexto de dolor, de muerte, de enfermedad y de hambre, proteger los intereses de los grandes empresarios.

La mayoría de la población entiende de manera intuitiva cuales son los intereses que están en juego; los de las clases dominantes, contra los del resto de la población mayoritaria. Esta es una de las principales lecciones de estas desgraciadas situaciones que agobian al Chile actual, como siempre agobios que siempre padecen las clases populares en los hechos históricos descritos en estos tres ensayos.

La ciudadanía lo entiende, y a través de sus movilizaciones, de su desesperación, de sus protestas y demandas no hacen sino, colocar al poder político en ejercicio en una situación de creciente fragilidad.

No sabemos si las actuales protestas por el hambre, en el Chile oasis latinoamericano serán aplacadas con éxito mediante la represión; las promesas demagógicas; la entrega de alguna ayuda ínfima; de algunas cuotas de asistencialismo, pero de lo que sí podemos estar seguros es que la rebelión popular no ha terminado.

Tarde o temprano, cuando el peak de la pandemia pase -y eso sucederá probablemente en primavera, al menos que se encuentre y masifique la cura del coronavirus- la rebelión popular volverá a expresarse con tanta o más fuerza que el año 2019, dado que la indignación ante la indignidad no desapareció, se mantuvo todos los viernes desde el 18 de octubre en Plaza Dignidad, y seguimos observando distintas manifestaciones de solidaridad de clase incluso en plena Pandemia.

El 8 de marzo de 2020, en el día internacional de las mujeres, se registró la marcha más grande y multitudinaria en la historia de Chile. Casi tres millones de personas recuperaron las principales plazas y avenidas en todo el territorio nacional, y posteriormente, el 15 de marzo, miles de chilenos y chilenas despidieron al cura obrero, Mariano Puga.

Este proceso de parcial confinamiento es un paréntesis que no durará más allá de la primavera. Cuando se cumpla un año de la rebelión popular, esta estará más viva que nunca.

ÚLTIMAS NOTAS

Sala Silenciosa

Sala Parlante

ETIQUETAS