martes 05 julio 2022

Las plantas de interior no existen

Violeta Fischerman*

Mi casa la tengo llena de plantas que cuido con suma conciencia de su condición de ser. Creo que la razón por la que se encuentran en tan buen estado es porque soy consciente de que las plantas de interior en realidad no existen. Llamarlas de ese modo es una forma de domesticarlas y adiestrarlas a nuestras necesidades estéticas y sentimentales.

Suelen ser especies oriundas de la selva, que crecen a la sombra de grandes árboles tropicales. Si bien la luz solar que les llega es escasa, nunca podrían sobrevivir en un ambiente con iluminación exclusivamente artificial.

En Brasil las calles están repletas de spathiphylums, pothus, calatheas, philodendrons, alocasias. Nunca las vi tan felices como en ese clima húmedo, pesado, pegajoso y sombrío. Los suelos tienen organismos en constante descomposición que las mantienen alimentadas y nutridas. Las lluvias son diarias, cortas e intensas y el agua nunca llega a ahogar a las raíces.

Ahí son felices. Sinceramente felices. Despliegan su belleza en su máxima potencia, sus colores vibran de forma tal que solo viéndolas en vivo se podría entender de lo que hablo. Sus tallos son firmes pero flexibles a su entorno. Sus hojas están carnosas y repletas de vitalidad.

En esas calles, en esa ciudad en el medio de la selva, escuché por primera y única vez respirar a las plantas. El mundo se volvió de los seres vivos y mis herramientas sociales se volvieron vacías y obsoletas. El oxígeno, el dióxido de carbono y la fotosíntesis se volvieron tangencialmente reales y dejó de importar qué entendía yo de eso que hacían ellas, porque en realidad ellas lo hacen desde mucho antes que yo les pusiera nombre y apellido a sus procesos.

Y a veces veo mis plantas y me entristece tenerlas en cautiverio. Prisioneras en una maceta cuando podrían disponer de todo el suelo brasilero que quisieran. Fantaseo con llevarlas a todas en un avión y liberarlas para que crezcan fuertes y felices rodeadas de afectos vegetales pero después me acuerdo que fueron criadas en el interior de mi casa y que quizá la selva sea un lugar lleno de peligros para ellas.

Ahora bien, las plantas de interior no existen y está bien contar con esa información para no dar por hecho atributos que no poseen pero ¿qué tan malo es querer darles un hogar, cuidarlas de las noches frías, pulverizarlas para generarles humedad ambiental, cortarles las hojas secas para que no gasten energía, abonarles la tierra y regarlas según la cantidad de sed que tengan?

Las plantas de interior no existen pero las amo y en este humilde acto prometo cuidarlas y entenderlas. Regarlas y nutrirlas. Liberarlas si es necesario. Arroparlas si tienen frío. Regalarlas si no me quieren tanto. Ser su confidente. Y hacer silencio para escucharlas respirar en paz.


* Mi nombre es Violeta Fischerman y soy una sana hija de la posmodernidad: puro multitasking y nada muy definido pero siempre “a mil trabajando”.
Actualmente estoy trabajando en una instalación sonora de textos propios que se llama “Qué estoy haciendo”, en un corto con material de archivo familiar y en escritos que me gustaría que sean una novela. Nada terminado, todo en proceso.
Escribo para hacer algo con las tormentas de adentro y porque me gusta lo que pasa cuando otrxs me leen.

17/05/22

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