lunes 14 junio 2021

La ciudad en disputa

Pablo Cerezo

Publicación original: La Trivial

En 1994 Bill Clinton acudió a los estudios de MTV donde le esperaban un grupo de jóvenes para hacerle diversas preguntas. Allí, Dahila Scweitzer, una joven de 17 años pidió al presidente estadounidense su opinión acerca del suicidio de Kurt Cobain que había conmocionado al país unos meses antes. La chica de Maryland afirmó que “ejemplificaba el vacío que sentían muchos componentes de su generación, la poca importancia que le concedían a la vida.” Y le pedía a Clinton su propuesta para acabar con aquella mentalidad, a lo que el presidente respondió que no disponía de ninguna solución de tipo legislativo.

Clinton no mentía, porque el problema que veía Dahila no se resolvía únicamente con cuestiones de tipo legislativo ya que las raíces del mismo eran (y son) mucho más profundas. Prueba de ello es que esa sensación de vacío que inundaba a gran parte de la juventud en los 90 se ha mantenido en las nuevas generaciones.

El desasosiego que siente la generación de Dahila pero también la mía se debe en buena medida a que el capitalismo ha vaciado nuestras vidas de contenido remplazándolo por un consumismo fútil. Eso explica por ejemplo, que el resto de jóvenes que preguntaron antes de Dahila estuviesen interesados en la marca de zapatillas favorita del presidente norteamericano o en el tipo de ropa interior que usaba.

El consumismo ha sido la punta de lanza de un proceso más amplio donde la individualización ha roto de manera sistémica con los lazos sociales, arremetiendo sin tregua contra todo aquello que estructuraba nuestras comunidades. Y así, como Kevin Spacey en American Beauty, nos damos cuenta de que nuestras vidas han sido de manera sutil pero sin concesiones vaciadas de contenido. Que el particularismo y la competición han primado sobre la solidaridad, y que el consumismo ostentoso no ha hecho más que generar identidades frágiles que se ven arrojadas al sumidero de la modernidad.

Si se han vaciado nuestras vidas con tanta facilidad es porque también se han vaciado nuestras calles, plazas y parques. En las grandes y pequeñas ciudades se ha intentado (con demasiado éxito) desarmar los espacios públicos de su elemento de expresión y encuentro  reduciéndolos a su mera función circulatoria. Así, lo urbano cada vez se asemeja más a una suerte de pasarela desde donde poder desplazarnos rápidamente de un espacio privado a otro. El fin último del espacio público se ha vuelto salvaguardar lo comercial, porque como ya apuntó el filósofo y urbanista francés Henri Lefebvre, la relación de los habitantes para con sus ciudades es cada vez más una relación de consumo y no de uso. Y eso, claro está, ha repercutido en la juventud y en sus vidas vacías. Porque las comunidades no solo necesitan de identidades compartidas, sino también de espacios comunes donde expresarlas y reflexionar acerca de ellas. Lugares donde encontrarse y compartir vivencias. Desde donde hacer política y cuidarse.

Aprovechando ese vacío, agudizado desde la crisis de 2008, las casas de apuestas han aflorando como el nuevo mal endémico. Esta nueva droga se ha expandido de manera vertiginosa sobre los barrios trabajadores destruyendo a miles de sus familias. Por ello este domingo 6 de octubre hay convocada una gran manifestación en Madrid contra las mismas bajo el lema #ApuestaPorTuBarrio.

La convocatoria de la manifestación arremete contra todo un sistema que se lucra con las casas de apuestas a costa de la clase trabajadora: una red formada por fondos de inversión, una clase política negligente con ningún interés en legislar sobre ello, medios de comunicación acríticos y rostros de influyentes que cubren las campañas publicitarias.

Pero en la manifestación se defenderá también que el ascenso de esa epidemia responde a otra cuestión más amplia: la precariedad e incertidumbre han corroído la vida de la juventud de clase trabajadora, y ante la falta de un ocio alternativo y asequible, se ve arrojada a las casas de apuestas.

Como apuntábamos antes, el espacio público se ha desprovisto como punto de encuentro y casi cualquier actividad tiene que pasar por el filtro de un consumo que además se ha encarecido. Así, los espacios deportivos están privatizados o desgastados, los eventos culturales son caros y altamente centralizados y muy a menudo la juventud se siente criminalizada. Las casas de apuestas encuentran este escenario de inseguridad y desidia, el contexto perfecto para tender su trampa, ofreciendo un entretenimiento barato y la falsa esperanza del éxito.

Hay que luchar por tanto para legislar sobre la pandemia que suponen las casas de apuestas y sacarlas de los barrios. Pero hay otra dimensión de esa batalla política: la defensa de lo público como espacio de encuentro frente a la mercantilización absoluta que trae consigo el capitalismo.

Hay que defender los espacios públicos como fin en sí mismos para la reconstrucción de la comunidad. Volver a trazar los lazos que nos unen. Abogar por la cultura como elemento de arraigo colectivo, y los centros sociales y bibliotecas como su expresión más democrática; las plazas y los parques donde juegan los niños y niñas como defensa del tiempo y el ocio frente a la alienación y la desidia. En definitiva, defender una ciudad donde prime el uso democrático frente a la privatización y la vida frente al consumo.

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