miércoles 25 noviembre 2020

La Argentina entre la pandemia y el porvenir

Tomás Delgado*

Desde que comenzó esta etapa histórica hemos asistido a diferentes aspectos de nuestra cruda realidad. Los mismos permanecieron eclipsados por una serie de velos durante mucho tiempo y nada nos garantiza que no se volverá a esa situación, pero hoy están palpables. ¿Cuáles son estos? Veamos.

En primer lugar, y como ejemplo más cercano a la vida cotidiana, tenemos el ejemplo de la mala calidad de nuestros viajes en el transporte público. Desde los colectivos hasta los trenes y pasando por los subtes de la capital federal. Se ha hecho visible que no es necesario viajar como vacas en camión, algo que ojalá recordemos de aquí en adelante. Ahora bien, ¿se trata del único servicio público que no funciona? Pues no, es solamente un ejemplo micro que nos permite avanzar hacia un debate macro. El rol de los bienes y servicios públicos nunca había sido tan necesario, como tampoco teníamos noción de la escasa cantidad de recursos que le destinamos y de la falta de agilidad del Estado para abordar situaciones de emergencia. Estas falencias incluyen: al sistema sanitario, con muy buenos profesionales y pocos instrumentos para desenvolverse; al área de ciencia y tecnología, que ha logrado significativos avances en la producción local de insumos para combatir el COVID, teniendo un presupuesto que viene a la baja y percibiendo un porcentaje del PBI muy menor a los estándares internacionales; al ANSES y su red de contención vía política social, la cual ha sido fundamental para apaciguar la conflictividad inherente a una crisis de esta magnitud, pero que dispone de poco margen de maniobra a causa de las penurias que viene arrastrando hace tanto tiempo. Hoy vemos los efectos nocivos de la tan defendida austeridad, que siempre ataca al bien común y a quienes más los necesitan. Siempre es fácil ajustar calidad de vida ajena.

La lista puede continuar, pero la idea es clara. Todos estos casos son manifestaciones de los problemas estructurales que vive nuestro país. Para completar el cuadro de situación, este proceso se superpuso con uno de los temas que el Frente de Todos tenía como prioridad desde antes de asumir: la renegociación de la deuda con los acreedores privados (bajo legislación extranjera y local) y con el FMI. La importancia estratégica de haber solucionado ese tópico se volvió más urgente que antes, pues se trataba de una llave para sanear la macroeconomía y liberar palancas que serán necesarias en los próximos años. Escuchamos en los medios de comunicación múltiples discursos que instaron al gobierno a resolver rápido la cuestión de la deuda, llegando a oírse frases del estilo “no representa tanto volumen del PBI” o “su dilatación es consecuencia de la mala praxis negociadora”. La realidad es que se renegociaron casi 68 mil millones de dólares bajo ley extranjera y 45 mil millones bajo ley local en 8 meses, menos que el promedio de lo que se tarda desde el Consenso de Washington en adelante (14 meses aproximadamente). Eso en un país que arrastra problemas de crecimiento hace 8 años, sufriendo un estancamiento desde 2012 y una caída libre desde 2016, y que en el 2020 vivirá una contracción de alrededor de 12 puntos del PBI. La clave pasaba por lograr un buen acuerdo, uno que fuera sustentable y nos garantizara una solvencia sostenida. El tiempo dirá si con el acuerdo obtenido de un VPN (Valor Presente Neto) de 54 centavos por cada dólar, bajo el paradigma conceptual de la sustentabilidad, alcanzó.

Las autoridades tienen ahora el último desafío del problema de la deuda. La negociación con el FMI. Se trata de un partido menos importante en monto, pero igual o más en perspectiva de futuro. Según declaró Martín Guzman recientemente, el gobierno buscará un acuerdo de Facilidades Extendidas (EFF) que reemplace al cancelado Stand By de 57 mil millones, de los cuales debemos 44 mil millones. Bajo ese esquema, el Estado nacional podría conseguir un mayor plazo de tiempo de gracias y un mejor cronograma de vencimientos. Sin embargo, el recibir mejores tiempo implica convivir más tiempo y aceptar que se vigile el nuevo programa. Es aquí donde entra en juego la política, pues se verá si las reuniones de inicio de año con los líderes de los países miembros y los intentos de desplegar una política exterior inteligente sirvieron para hacer valer el reclamo de que el FMI fue corresponsable junto con el gobierno de Cambiemos. Si eso se consigue, se podrá desplegar un programa de desarrollo económico, social y humano que coexista con la devolución de la deuda.

Según las estadísticas oficiales, la Argentina tenía una pobreza mayor al 47% en junio, un desempleo formal superior al 13% y una desigualdad alarmante (el último valor del Coeficiente de Gini fue 0,444). La situación de deterioro previa claramente empeoró gracias al COVID-19, que generó una crisis sin precedente en los últimos 80 años a escala global. 

Es por todo eso que el cierre de las problemáticas financieras y el programa para el mundo post-Pandemia tiene que ser propio, progresivo y de desarrollo inclusivo, no solo de crecimiento. Se logrará la meta si se cumple la premisa de impulsar un nuevo contrato social que incluya una reforma impositiva que vaya hacia un esquema más progresivo, un aporte de las grandes fortunas, una intervención más inteligente del Estado en el mercado de divisas, una fórmula previsional más justa y la garantía de la ampliación de derechos. Todas medidas imprescindibles para iniciar una reconversión de una estructura productiva, que debe poner fin a los ciclos de Stop and Go y extranjerización, y para impulsar la reconstrucción de un tejido social que reclama una democratización del bienestar. Inclusive, si las condiciones lo permiten y está la voluntad política de darle un marco federal a estas discusiones, se debería pensar en una nueva planificación de la distribución demográfica nacional.

Ninguno de estos temas es sencillo de abordar y menos aún en una sociedad tan golpeada como la nuestra, pero lo cierto es que, si queremos salir del pantano hace falta más y mejor Estado, más consumo y más inversión, tanto en la producción como en el desarrollo humano. Eso implica soluciones de fondo, para utilizar la terminología que los sectores más conservadores de la sociedad se han apropiado y que debemos recuperar. Está de más repetir un concepto que se ha escuchado mucho durante las últimas semanas, pero que siempre viene bien recordar: más allá del dolor que signifique ahora, una crisis siempre representa una oportunidad..


*Tomás Delgado es Sociólogo de la UBA

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