domingo 09 mayo 2021

Juventudes políticas organizadas: un lugar en la mesa de los grandes

Manuela Salvatierra Pérez*

Los imaginarios detrás del concepto de juventud son infinitos y fueron cambiando según la época. Hace tiempo pareciera haber un consenso sobre que las categorías que refieren a actores sociales y políticos nunca son unívocas, pero además pareciera que dejó de haber un intento de estrangularlos bajo un mismo concepto que los homogenice. Por eso, por las dudas, le agregamos el plural: ya no hablamos de feminismo sino que hablamos de feminismos y ya no hablamos de juventud, sino de juventudes. Porque los actores sociales y políticos son dinámicos y diversos y rara vez podemos reconocer un actor unificado y sin diferencias.

Pensar a las juventudes como actor político no tiene que ver con atributos etarios o demográficos, sino que es una construcción exclusivamente dentro de un campo político. Una construcción alrededor de compromisos públicos que se articulan tanto desde la acción colectiva como desde una semántica propia, que es condición de posibilidad para una identificación de este sujeto práctico. Es necesario analizar a un actor no solo por cómo se define (si es que lo hace) sino también por como es definido y que expectativas se le atribuyen en el campo de lo público.

¿Qué esperan de nosotros? 

La sociedad siempre tuvo muchas ideas contradictorias sobre la juventud y, en consecuencia, se le ha exigido cosas igualmente contradictorias. Muchas veces se nos ha acusado de irresponsables e imberbes, pero cuando queremos tomar las riendas de nuestro presente y no únicamente de nuestro futuro, el status quo suele incomodarse y reprocha a les jóvenes la falta de experiencia. Si bien se nos acusa de “no respetar nada” somos les jóvenes quienes en los últimos años hemos salido a defender derechos básicos y reclamar su respeto. Se nos ha tildado de vagos, de dependientes, pero a su vez nos niegan el acceso a trabajos dignos, a universidades no expulsivas, a una salida laboral acorde a nuestros estudios y, a formas razonables de obtener viviendas propias o alquileres que nos permitan independencia. Se nos acusa de que las redes sociales nos alienan y nos aíslan en nuestro propio mundo, pero no hay reflexión en torno a que, tal vez, no nos están presentando un mundo muy bello para habitar y que las redes sociales nos han permitido precisamente eso, tejer redes. Nos mueve el deseo de una sociedad más justa y con más oportunidades, la esperanza de una sociedad en la cual todes podamos estar incluides, lo que implica en muchos casos que algunos pierdan sus privilegios. Somos una generación que se aleja del conformismo social y, por el contrario, critica todo lo preestablecido y busca formas de transformarlo tomando en sus manos las riendas de la política. Es comprensible que el concepto de juventud asuste a muchos porque suele acarrear consigo a la fuerza arrolladora del cambio. 

En las organizaciones políticas, como los partidos o los sindicatos, a la juventud se la ha colocado en el lugar de la minoría de edad política, que por un lado limita cualquier competencia por los cargos políticos (los jóvenes solo disputan lugares con otros jóvenes) y por el otro, busca amortiguar cualquier posibilidad de “rebeldía” que de pie una transformación profunda. 

Hay algunos factores que contribuyen a que las juventudes no sean incorporadas a las estructuras y a que no sean un actor particularmente atractivo para hacer crecer desde el status quo. Lo primero es que lo juvenil se presenta como “lo nuevo”, eso que viene a romper con todo lo anterior. Una especie de “todo o nada” que no es verdadero pero es el rol que nos han querido adjudicar y la razón para mantenernos a raya. Para ese status quo, cualquier cambio que se presente como una ruptura total, asusta. Por eso reconocen para nosotros solo las banderas de lo que pareciera que “está bien” romper, relegándonos a luchas concretas como, recientemente, ha sido el caso del cuidado medioambiental.

Otra de las cosas con las que se deslegitima a la juventud es la pasión e inexperiencias. Cuando discutimos -hace no tanto tiempo- el voto a los 16 años llegaron a decirnos irracionales. La pasión en política se asocia a una connotación negativa de fanatismos y a esa falta de razón. Las pasiones son una parte constitutiva de la política y su antónimo no es la razón. Hoy existe una generación de  chicos y chicas que militan desde que tienen 12 o 13 años y esa militancia no se explica más que por los afectos que rechazan la visión del futuro que se les viene o que se les impone, y estos deben ser celebrados, no reprimidos o cuestionados. Es definitivamente el triunfo de la pasión. 

Por último, el atributo de juventud es transitorio. Por lo tanto, los esfuerzos en la construcción del mismo como actor, parecieran competir con otras características que hacen a la construcción política. Además, la juventud se asume siempre fuera de los lugares de toma de decisiones y se posiciona -sobre todo la posicionan- como “el futuro”. Nos convierten en sujeto representado y nunca representante, a la vez que se desincentiva la organización bajo una identidad de juventud. 

La juventud organizada: pensar el presente

Muchos de quienes hoy son jóvenes son herederos de la política de Néstor Kirchner. Ante el desencanto de la política de la sociedad argentina post 2001, existe una reconstrucción de los lazos con la política formal y una reconstrucción de la centralidad del Estado. El gobierno de Néstor y Cristina tuvo una fuerte base de relato en la juventud de los años ‘70. Una generación que luchó contra un sistema opresivo, un gobierno de facto que los quiso desaparecer por cómo pensaban, por su potencial revolucionario. Una juventud que militó y defendió convicciones en condiciones políticas sumamente represivas, cuyo recuerdo, mitificado más de 40 años después, genera por lo menos sentimiento de deber y responsabilidad de defender ideas y organizarse en torno a ellas con el mismo ímpetu pero con distintas condiciones. 

En el año 2011 con motivo del acto por el 38º aniversario del triunfo electoral de Héctor Cámpora, Cristina Fernández de Kirchner le habló a la juventud y le dijo: “Ustedes no tienen idea – porque son muy jóvenes – mis compañeros, muchos de ellos que compartimos también años de militancias me van a entender. Pero quiero que sepan que ustedes tienen la inmensa oportunidad histórica de participar en la construcción de un país diferente; de un país en el que no vienen a luchar contra alguien, sino que por algo; en un país donde es posible volver a soñar y donde con alegría y no con dolor, en donde con amor y no con odio, queremos convocar a toda la sociedad.”

A casi 18 años de la asunción de Néstor Kirchner, nos encontramos con una juventud hija ya no de Néstor y la juventud setentista, sino hija del bicentenario y sobre todo, una juventud íntegramente democrática. Crecieron en democracia y sobre todo crecieron con los estímulos y la representación de un gobierno nacional que les habló directamente. Es así que existe una firme convicción de ser dueños del presente: ser solo garantía de futuro no los conforma. El choque con una élite política y sobre todo con la sociedad que limita su capacidad de agencia y los relega a un lugar de promesa o futuro aparece como un claro problema. Las juventudes -no importa el espectro ideológico- reniega a quedarse expectantes de desarrollo. 

Los medios de comunicación tradicionales no colaboran con el estigma que recae sobre los jóvenes y los refuerza. Medios que casi no tienen llegada a esos jóvenes y que no hacen demasiado esfuerzo por incorporarlos como audiencia. Eduardo Feinmann, periodista ya conocido por su empeño contra los y las jóvenes, twitteó a principios del mes de noviembre “Más Mateos, menos Ofelias” en un intento muy pobre de hacernos rivalizar entre los jóvenes. El tweet hace referencia a Mateo Salvatto, un joven emprendedor, y a Ofelia Fernández, la legisladora porteña más joven del continente. El intento de enemistad tiene que ver con presentar un modelo de joven y de vida en el que los negocios y el estudio son los valores primordiales, el esfuerzo individual y claro, la meritocracia. El versus vendría a ser con Ofelia, que como militante política se le atribuye una supuesta vagancia o falta de trabajo. Desde que asumió como legisladora que investigan cuánto cobra o no cobra, como si la política no fuese una salida laboral con vocación de servicio, o como si por ser joven debería cobrar menos que un legislador “adulto”. El problema central se encuentra en que todo los estigmas y modelos mencionados responden a interpretaciones de otros (casi siempre no jóvenes, claro) y no a lo que Mateo y Ofelia dicen o defienden. 

Ya es conocido el empeño que tiene el periodista contra la legisladora Ofelia Fernández, y no podemos ignorar que en el centro de esta violencia política está que es no sólo joven sino también mujer. El mismo Feinmann es quien impulsa con sus tweets declaraciones violentas, que alientan a una horda de usuarios a decir las cosas más nefastas en el perfil de la joven política. A esta altura es muy claro para todo el mundo que Ofelia Fernández sufre muchísima violencia política tanto por lo que piensa, como por su carácter de mujer y de joven. Sin embargo, y esto me parece el hecho a resaltar, estos intentos de rivalizar a dos jóvenes fueron muy pobres, porque tanto Mateo como Ofelia se negaron a participar y le contestaron al periodista. Claro, estamos frente a una juventud que nació y creció en democracia  y demuestra que la diferencia no le asusta. Una juventud que creció con adversarios pero no con enemigos a destruir. Una juventud que como nacida en no define a la democracia por la ausencia de gobiernos de facto o en base a la presencia de elecciones. Una democracia a explorar, a ampliar y sobre todo a politizar. Una juventud que entiende que solo con la democracia no se come ni se cura pero que sabe que las disputas políticas deben ser siempre en su marco. 

Las juventudes enfrentan entonces múltiples desafíos para constituirse como tales. Los elementos que aparecen como virtuosos en la formación y crecimiento, se le presentan a las juventudes como paradojales. Con la democracia como base, somos una generación que tiene mayores expectativas con respecto a las sociedad y el mundo que queremos construir, tenemos un horizonte de ilusiones políticas, sociales, culturales, y ambientales mayor al de otras generaciones. Sin embargo, estas expectativas no tienen su consecuencia material, y en general suelen ser subestimadas. 

Como generación joven, somos también una generación con más herramientas para informarse y al mismo tiempo, expresarse (tanto demandas como deseos). Las redes sociales se nos presentaron como un instrumento para manifestarnos que posee una inmediatez increíble. Una posibilidad de dejar por escrito una demanda que puede pasar desapercibida o convertirse en una posibilidad para tejer redes con otros que ni siquiera conocemos pero que pueden compartir una misma causa. Reconociendo una multiplicidad muy diversa de demandas, sin ningún tipo de homogenización, la conectividad se presenta como una herramienta que hermana reivindicaciones globales.

Con respecto a la inmediatez, este aspecto también aparece como paradojal pues la lentitud y la dificultad que tenemos para inmiscuirnos en el entramado institucional es evidente. Aunque manejemos las redes sociales como espacio de concientización, de reflexión, de expresión de deseos y demandas, como articulador de redes según objetivos segmentados, somos una generación que no está inmersa en el entramado institucional que es generador de cambios en mayores magnitudes, por lo que nuestras demandas siempre deben ser articuladas desde el lugar de outsiders. Este problema tiene consecuencias de representación (en respuesta, hay muchos países latinoamericanos que están discutiendo sobre la incorporación de cupos de jóvenes en las listas partidarias) y plantea un desafío a resolver. La capacidad de organización y de hacerse escuchar, las características que lo posicionan como un segmento de la población con un alto nivel de vulnerabilidad y a la vez su formación y experiencia propia del mundo debe tener consecuencias reales en el acceso a canales institucionales donde materializar las demandas y propuestas así como también consecuencias sobre las posibilidades de acceso a lugares de poder y representación política. Esto no es sinónimo de incorporar estructuras “jóvenes” para jóvenes. Se trata de incluirnos en las estructuras que ya existen pero también de pensar nuevas para toda la sociedad de las que podamos ser parte en un trabajo intergeneracional. 

Esto nos lleva a otro desafío. A la juventud -aunque diversa- que habla el mismo idioma, el de la democracia, pareciera serle más dificultoso el diálogo intergeneracional que el diálogo intra. Este diálogo aparece como posible en tanto y en cuanto el pasado se recupere entero, las experiencias de organización actuales no sean totalmente rechazadas y se elija construir identidades que tiendan puentes. Es necesario construir una agenda propia con diagnósticos que reconozcan la diversidad y propuestas consecuentes y dejar de nadar en una agenda que es impuesta, la agenda de la mesa de los niños. También es necesario que quienes hoy son dirigentes políticos nos hablen en serio, que nos reconozcan no como el actor que “pone el cuerpo” si no como un actor fundamental a incorporar en las estructuras políticas con sus demandas y reivindicaciones. 

Las juventudes tienen muchos desafíos pero a riesgo de ser demasiado optimista, frente a la radicalización de las ideas en el mundo, de fuerzas políticas cada vez más centrífugas moviéndose hacia extremos ideológicos, pareciera que la solución se encuentra precisamente en la organización de las juventudes que llevan las disputas política a una arena de juego democrática. 

*Tiene 22 años. Es estudiante de Ciencia Política en la Universidad de Buenos Aires. Asesora parlamentaria en el Honorable Senado de la Nación en Argentina. Militante política estudiantil y feminista.

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