martes 15 junio 2021

Juventud y Rebeldía

Antonio Saiz*

No somos capaces de reprimir nuestros sentimientos infinitamente, por eso tarde o temprano acabará estallándonos en la cara todo este teatro al que llevamos siglos acudiendo con una sonrisa en la cara y con el que inconscientemente contribuimos. Al fin y al cabo, somos nosotros los que sostenemos cada acto. Los que vitoreamos al final de cada obra, aun no sabiendo muy bien que acabamos de ver y escuchar. Pero nada, nosotros sonreímos, aplaudimos y callamos. Y todo por no salirnos del cauce, para que no nos tachen de impasibles, o peor aún, de inconscientes. 

Con el teatro, y con el arte en general, ocurre algo bastante similar que con la política; para que la función salga como debe de salir, se necesitan ciertas destrezas que solo el artista tiene. Pero sin la asistencia y participación del público, el concierto es inservible, o por lo menos, ruin. Y señalo “participación” porque la presencialidad pasiva no basta. 


Quiero presentarles a una dama que rige la normalidad política de nuestros días: Democracia representativa. Para ello, regresamos a la polis griega, aquella civilización profética y pilar inamovible de nuestra sociedad actual. Un tal Aristóteles aseguraba por aquel entonces que el hombre era un ‘animal político’, que poseía la capacidad de relacionarse políticamente, es decir, crear sociedades y organizar la vida en ciudades. Dicho de otra manera, que la base de toda sociedad era la contribución de la totalidad de los ciudadanos en política. De hecho, los griegos fueron bastante más allá y extendieron el término “democracia” hasta el extremo más literal de su significado; si en democracia debía de gobernar el pueblo mediante la representatividad, qué manera más justa y representativa para elegir a sus representantes que un sorteo. Cierto es que quizás no era la manera más metódica y efectiva para que los gobernantes fuesen personas con altas capacidades ni preparación en temas que sí lo requerían. Aquello de las destrezas de los artistas, ¿recuerdan? 

Hechas las presentaciones, pasemos a lo realmente importante y por lo que hoy estamos aquí; la importancia de la participación del pueblo en política. Participación entendida como desencuentros ideológicos y puestas en común con el diferente. Y por lo tanto, entendida también como espíritu de rebeldía. La participación es absurda si simplemente tiene una función asertiva sin profundidad moral. Es ridícula si no le acompaña la queja, la puntualización, la rebeldía. Pero, ¿qué es la rebeldía? 

Es habitual escuchar entre los sectores más conservadores de la sociedad una máxima que viene a decir que las actitudes de desacato social, de desobediencia civil, se terminan junto con la juventud. Como si el cumplir años endureciera el corazón y disecara la capacidad empática innata del ser humano. Ciertamente, no son más que bobadas. Justifican su egoísmo de la manera más cómoda y sencilla posible. El argumento más brillante y por supuesto recurrente es que, durante la juventud, vemos la vida de una forma inmadura e idealista. Otros incluso lo relacionan con la cantidad de tiempo que dedicamos al ocio, mientras que una persona “adulta racional” no. “Chorradas de críos. No saben lo que dicen. Cuando consigan un trabajo y formen su propia familia, verán la vida de otra forma.” 

Y es que, en parte, tienen razón. Es nuestro deber defender un porvenir modélico, igualitario y respetuoso. ¿Quién si no la juventud precipitará los tan necesarios cambios sociales? Somos dueños de nuestro propio futuro, ese futuro que augura turbio si continuamos por el sendero del presente más inmediato. Entiendo (pero no comparto en absoluto) ciertas actitudes resignatarias y vagas en personas de avanzada edad, carentes de fuerza y espíritu consumido. Entiendo que sus preocupaciones por el futuro escaseen y prefieran afrontar sus vidas mirando de cara al presente. Por supuesto que nos corresponde abanderar la lucha contra lo injusto, siempre a partir de la idea política de cada uno, sí, pero afrontar la realidad como lo que somos, como el futuro más próximo. Porque qué triste es resignarse y qué sencillo es rebelarse contra lo establecido. Porque la rebeldía no es una voz, no es un grito altisonante. Como dijo mi admirado Julio Anguita, “el mayor acto de rebeldía es pensar”. Y de eso, nadie se salva. O nadie debería. 

La rebeldía, como cualquier otro descubrimiento, se enfrenta constantemente a la verdad institucionalizada. Cuánta presión ejercida a través de las instituciones y qué pasotismo el nuestro como sociedad. Cuántos discursos compramos a lo largo de nuestras vidas debido al oficialismo que lo justifica. Nótese la propia paradoja del sistema, pues es esto mismo lo que produce seguridad y bienestar entre la sociedad aun no siendo notorios de ese confort. Sin pensiones dignas, sin salarios mínimamente decentes o directamente, sin empleo. Es en ese momento cuando aparece la resignación. Curioso, ¿verdad? La absurda contradicción a la que estamos condenados si nadie mueve un dedo. 

Hay que reconocer su éxito; uno de los mayores logros del sistema es que el pobre no consiga desatarse de sus cadenas. “No has sido capaz de triunfar. Y si no has triunfado es porque tú mismo eres el responsable”. El antiguo juego de la meritocracia. La tiranía del discurso meritocrático, el sometimiento del poder. Y ante esta arenga, rebeldía. Rebeldía entendida como disonancia especulativa, no como ejercicio tosco y rudo de la desobediencia. Rebeldía como herramienta para acceder a una sociedad más justa, más libre, más equilibrada. Necesitamos que este mensaje se extienda y cale en la gente. Necesitamos personas que razonen, que opinen, juzguen y recapaciten. Que conduzcan toda su rabia, a través del raciocinio, y la viertan, la materialicen. Queremos gente conmovida, con inquietudes. Que perturben pensamientos, agiten cabezas y hagan a su vez pensar. Meditar y hacer meditar. La rebeldía se cultiva en la mente. Queremos personas libres, iguales y contestatarias. Ni garrulos convencidos, ni robots idiotizados. 

Por eso es tan necesario que la juventud no se desentienda de la política y tome voz. Las condiciones no son las más favorables, cierto. Pero tomemos ejemplo de nuestros mayores; ellos sufrieron hambre y guerras. La política se pudrió, llegaron los autoritarismos. Pero ni con esas consiguieron que se rindieran. Siguieron luchando por lo que hoy conocemos como presente. Y si ellos pudieron enfrentarse a lo que se enfrentaron en el contexto en el que lo hicieron, qué derecho tenemos nosotros a resignarnos y no embarrarnos hasta los tobillos por el futuro. Hoy más que nunca, cuando vemos a diario campañas de criminalización hacia los jóvenes, a causa de la situación sanitaria, en televisión y prensa. Cuando sufrimos la más mísera precariedad, tanto laboral como vital, y no logramos ver la luz al final del túnel tras las continuas crisis económicas que han surgido en la casi totalidad de nuestras vidas. Hoy, la rebeldía es más necesaria que nunca. 

Y digo necesaria porque sin rebeldía, la participación es absurda. Y sin participación, la representatividad, la democracia, y por ende, la política se convierten en burdos juegos elitistas que acaban aburriendo al pueblo, y alejándonos de lo verdaderamente importante. ¿Les suena de algo? Al fin y al cabo, ¿a quién le puede interesar acudir a un concierto sabiendo que no hay apenas público?


*Estudiante de Ciencias Políticas en la Universidad Carlos III de Madrid. Participa activamente en el movimiento sindical estudiantil y es exmilitante en CJC

ÚLTIMAS NOTAS

Sala Silenciosa

Sala Parlante

ETIQUETAS