domingo 19 septiembre 2021

Ingobernables en las calles

Deva Mar Escobedo*

Este 2 de mayo, Madrid ha revivido su espíritu combativo con la okupación de la nueva Oficina de Derechos Sociales de La Ingobernable. Así es como se vivió el renacer del proyecto de apoyo mutuo y asociacionismo.

Un 2 de mayo de 1808, el pueblo de Madrid dijo basta a una autoridad que no le parecía legítima y se sublevó contra los invasores franceses. Justo 213 años después de esa fecha, en el mismo día de 2021, Madrid mantiene ese espíritu de lucha.

«Diez, cien, mil centros sociales» cantaban las concentradas en la calle de la Cruz, a cinco minutos escasos de Sol, en pleno corazón de la urbe, para apoyar a las decenas de personas que okupaban el abandonado hostal Cantábrico en los números 3 y 5 de esa vía.

Su intención: resucitar el proyecto de La Ingobernable, que ahora abre en esa dirección una Oficina de Derechos Sociales (ODS) con siete ejes de actuación colectiva. Derecho a la alimentación, a la protesta y a la vivienda; precariedad laboral; renta básica; salud comunitaria y transfeminismos y disidencias.

La Ingobernable, más conocida por las activistas como la Ingo, es todo un símbolo de la okupación en Madrid. Tenía desde sus inicios una vocación diferente: mientras que la mayoría de centros sociales buscan hacer barrio, este colectivo quería reclamar el centro de la ciudad, que la lucha no quedase relegada únicamente a la periferia.

En los últimos tiempos, la okupación está sufriendo más ataques de lo normal. Tras el reciente cierre de espacios como el EVA —ya reokupado en otra dirección— o la amenaza de desalojo a La Traba, así es como se vivió una jornada histórica para el movimiento de los centros sociales en la capital.

Una fiesta en la calle

La noticia estalló a las 12 en la cuenta de Twitter de la ODS: «La Ingobernable vuelve». No hizo falta nada más que la dirección del nuevo centro para que personas de toda la autonomía se acercaran a la calle aledaña a Sol.

La misión de las allí reunidas sería la de apoyar a las compañeras de dentro del edificio y poner trabas a posibles intentos de desalojo, pero eso no significaba que el ambiente estuviera cargado. Saludos, abrazos, reencuentros de activistas que no se veían desde el desalojo de La Ingobernable inicial, en la calle Gobernador, o en el segundo y corto intento de reabrirla en un edificio abandonado del Ministerio de Justicia detrás del Museo del Prado.

Holas, qué tales y conversaciones que aludían a la consigna que tanto se repitió el domingo: «¡La Ingo se defiende!».

Las consignas de «Unión, acción, autogestión», «Un desalojo, otra okupación» o canciones —La Ingo es familiaaa— dieron paso a una fiesta improvisada acoplando el megáfono a un pequeño altavoz con Bluetooth que prestó una de las asistentes.

— Yo antes era muy seria con temas de lucha social —comentaba una chica después de bailar una canción—. Pero ¡tomar una calle con música es mucho mejor que sin ella!

— Y rompemos la lógica del sistema —añadía otra compañera—. Nos quieren serias, grises, y nosotras no solo atacamos sus principios, sino que lo hacemos poniéndole color.

“Parece un asedio”

Las primeras tensiones llegaron sobre las cuatro de la tarde. Pasaban ya tres horas desde que la Policía había acordonado la calle, y quienes llegaban para apoyar lo tenían que hacer desde el otro lado del cordón. Las FCSE no dejaron pasar a nadie al otro lado de la cinta policial, ni siquiera a periodistas debidamente acreditadas. Conforme pasaban las horas, el grupo que se reunía detrás de los antidisturbios, en la plaza Canalejas, era cada vez más numeroso.

«Cuando yo llegué éramos pocas», declaró posteriormente una persona que llegó al lugar después de la una y, en consecuencia, no pudo atravesar el cordón policial. «Luego fuimos creciendo y pasamos de solo mirar a gritar consignas con las personas de dentro».
“No estáis solas”, por ejemplo».

Esta activista cuenta que, conforme avanzaba la tarde y la luz se iba volviendo anaranjada, las concentradas fuera del cordón se cohesionó más: «pasamos de estar en grupitos a tener más sentimiento de colectivo. Había gente repartiendo pan y agua porque llevábamos ya muchas horas de pie».

El pan y el agua fueron precisamente uno de los problemas a los que se enfrentaron las activistas que estaban dentro de la propia calle de la Cruz. A las cuatro de la tarde, la Policía obligó a cerrar la tienda de alimentación que estaba dentro del cordón, a unas decenas de metros de la puerta de la nueva Ingobernable.

—¿Qué está pasando? —preguntaban algunas.
—Le obligan a cerrar. Como nos vendía comida y nos dejaba usar el baño…
—Parece un asedio.
—Pues habrá que ver qué hacemos, que yo tengo que ir al baño.

La solución a estas necesidades básicas la proporcionó un restaurante también dentro del cordón, que pronto se llenó de personas que pedían una consumición para que les dejasen utilizar el baño.

La tensión, agravada además porque la música había parado, parecía remitir cuando un grito alertó a las de dentro del bar que la Policía se movía.

—¿Qué pasa?
—¡Corre!
—¡Espera! ¡Paga tú y yo voy a mirar!

Una estampida salió del establecimiento para encontrarse con que el cordón policial había avanzado, dejando al restaurante fuera de este. Ahora, la quincena de personas que había ido allí se encontraba de repente al otro lado de la cinta de la Policía.

Aunque la mediación con los municipales y nacionales consiguió que estas se reincorporasen al interior de la calle, los ánimos ya no estaban igual de festivos.

Desde dentro del edificio, las activistas también vivían el nerviosismo de no saber qué haría la Policía. Sin embargo, M. M., portavoz de la ODS y miembro de la Asociación Las Kellys de Madrid, cuenta la emoción de ver tanta gente reunida para apoyar la okupación como el sentimiento imperante.

El 2 de mayo fue el culmen de meses de trabajo y asambleas: «La semilla de La Ingobernable siempre estuvo ahí, incluso en los tiempos después del primer y el segundo desalojo, cuando no teníamos espacio». Narra la necesidad social de tratar los siete ejes ya mencionados en los que se enfoca la nueva Oficina de Derechos Sociales, y de los cuales su asociación participa en el de Precariedad.

«Empezamos con unos pocos focos y otros fueron surgiendo sobre la marcha», declara. «Con la pandemia la situación se ha agravado», añade, «y yo tengo compañeras kellys que piensan que es mejor la precariedad que organizarse y luchar por nuestros derechos; tienen miedo a que las despidan».

Pero el miedo no fue la tónica general del domingo, a pesar de que, hacia las seis de la tarde, los bailes grupales y la música habían dejado paso a juegos de grupos más pequeños, como varias activistas que jugaban al «ninja» u otras, que tenían una baraja de cartas. Entonces, una hilera de policías nacionales entró en el cordón. Las concentradas se reunieron y bloquearon brazos pegadas a la puerta.

—No tienen orden de desalojo —explicó poco después uno de los mediadores con las FCSE—. Dicen que no pueden irse mientras sigamos en la calle, pero que nada más los retiene aquí.

Reuniones.

—¿Qué hacemos?
—Yo no me fío.
—Ya, pero si seguimos aquí al final llegará el toque de queda, nos multarán a todas y no habrá servido para nada.

Al final, se acordó que quienes quisieran —unas quince personas— entraran en el edificio a apoyar desde dentro y el resto se dispersara. «Tampoco os vayáis muy lejos», advirtieron.

Así es como la vecina plaza de Santa Ana se llenó de personas con cortes de pelo creativos, colores vibrantes y más o menos normatividad. La frase de «hemos impedido el desalojo» se pronunciaba más con dudas que afirmando.

“¡Mentirosos!”

La alarma saltó apenas una hora después de haber abandonado la calle. La cuenta de Twitter de la ODS, convertida en boletín y principal forma de información, advertía: «La policía ha vuelto diciendo que tiene orden de desalojo».

Riadas de activistas dejaron bancos y plazas para volver a la calle de la Cruz haciendo caso a una noticia que no acababa de sorprender. Ahora, a los gritos de «Diez, cien, mil centros sociales» se le sumaban otros que clamaban «¡Vergüenza!» o llamaban mentirosas a las fuerzas de policía.

—No puede ser —decían las concentradas a ambos lados de la calle—. Todo el día aquí y ahora no podemos hacer nada.

El desánimo y la rabia eran el denominador común. Pasaba el tiempo y no se sabía qué se podía hacer. Las cámaras de los periodistas difícilmente penetraban la marea de cuerpos y cascos antidisturbios. El helicóptero que vigilaba desde lo alto no tenía ese problema. El ruido de sus aspas se mezclaba con los gritos en la calle para formar la banda sonora de las últimas horas del día.
—Podrían desalojar ahora mismo y solo podríamos mirar.
—O esperar al toque de queda para que nos tengamos que ir.

Pero no fue así. Ante la sorpresa general y poco antes de las nueve y media, los antidisturbios se pusieron en hilera y se fueron, con la banda sonora de fondo de la Marcha Imperial de Star Wars que cantaban algunas activistas.

«No tenían orden de desalojo y no se atrevieron a cargar», asegura M. M.

Celebración

Vallas fuera y activistas corriendo hacia la puerta del antiguo Cantábrico. Gritos de alegría. Abrazos a la luz de las farolas, que se acababan de encender como presagiando el fin de la oscuridad representada por los que, escudos y pistolas de pelotas de goma en mano, se iban dando marcha atrás a sus furgones. Así, la nueva Oficina de Derechos Sociales de La Ingobernable sobrevivía su baño de fuego.

Igual que hace 213 años, el pueblo de Madrid ganaba un 2 de mayo. «Estos días os pediremos que estéis atentas a las redes sociales», avisaba un hombre con un megáfono.

No podemos olvidar que la victoria popular que se consiguió en 1808 fue seguida de un 3 de mayo de represión.


*Deva Mar Escobedo es estudiante de Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid. Cuando su salud mental se lo permite, es activista ecologista y acude a convocatorias anticapitalistas de diversos tipos.

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