domingo 24 octubre 2021

Feminismos en red: Una reflexión desde la militancia pandémica.

Ornella Di Ruggiero*

El decreto 297/2020 que dispuso el Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio ocasionó un antes y un después en la configuración de los vínculos sociales como los conocíamos. La pandemia de Covid-19 nos obligó a repensar y encontrar nuevos modos de relacionarnos en una sociedad que a partir del 20 de marzo del corriente año entró en una cuarentena estricta. Aquellas rutinas cotidianas que incluían ir a trabajar, disfrutar un encuentro con amigxs y las visitas familiares quedaron suspendidas hasta nuevo aviso. La militancia no fue la excepción. Los locales partidarios, unidades básicas y asambleas populares se vieron en la necesidad de cerrar indefinidamente sus puertas, pero no por ello abandonando la voluntad de sus miembrxs de seguir asistiendo a la comunidad.

El movimiento feminista lleva años tejiendo lazos en los territorios, dentro de los hogares, socorriendo y asistiendo a la población más vulnerada, a través de la provisión de herramientas para facilitarle el acceso a la salud, la justicia y la vivienda, entre otras. A partir del aislamiento cientos de miles de mujeres y personas lgbt+ se vieron forzadxs a encerrarse en sus casas con los riesgos que eso conlleva: muchxs conviviendo con sus agresores, privadxs de la posibilidad de trabajar y con serias dificultades para concurrir a un centro de salud si así lo necesitaran. Decenas de años de construcción feminista iban a encontrar la solución para colarse entre las barreras físicas impuestas por las medidas sanitarias.

El aislamiento puso de relieve más que nunca las desigualdades que sufren las poblaciones cuyos derechos básicos no están garantizados. Hacerle frente a las injusticias es casi un instinto de supervivencia, que supimos ejercitar con firmeza tras largas noches neoliberales, dictaduras violentas y crisis devastadoras. La organización es la clave para resistir y el feminismo una bandera que hermana y reconforta en la desolación. En palabras de Dora Barrancos “Con paciencia por la distancia y la desigualdad que todavía existen, pero sin dejarse asolar por el pesimismo, nuestra acción tiene que ser un movimiento de conjunto,con mucha determinación y fuerza”. Bajo la consigna de no permitirse vencer por la desesperanza y la incertidumbre, aparecieron nuevas formas de materializar voluntades para el remiendo de lo que hoy vemos, dejó en hilachas la cuarentena.

Las ollas populares y merenderos, históricamente impulsados por mujeres, fueron considerados “trabajos esenciales” desde el veinte de marzo. A lo largo y ancho del país las mismas manos que hace menos de un año llenaban vasos y amasaban panes para lxs niñxs en las jornadas de copa de leche se armaron de alcohol en gel y guantes de látex. Retomaron la tarea de darle de comer, no solo a lxs más pequeñxs, sino a familias enteras dado el incremento en la cantidad de personas que no pueden proveerse de un plato de comida. A fuerza de protocolos sanitarios artesanales los cucharones volvieron a servir platos calientes. Controles de por medio, para verificar la distancia entre lxs comensales, los comedores poco a poco retomaron su ritmo. Cuando el hambre es colectiva la militancia pisa fuerte y son las mujeres las que se ubican al frente de la cocina.

La pandemia de Covid-19 puso en jaque la cercanía de los vínculos arrastrándolos a las plataformas digitales y las redes sociales. Las consejerías sobre aborto seguro y uso de misoprostol no se quedaron afuera: el derecho a decidir sobre el propio cuerpo encontró nuevas limitantes. Con los centros de salud colapsados, atendiendo en horarios restringidos, militantes y socorristas tuvieron que actualizar los recurseros territoriales reduciendo las opciones disponibles para encontrar lugares donde interrumpir embarazos y realizar ecografías. Fue preciso reconfigurar los modos de canalizar las consultas y realizar las derivaciones correspondientes como también habilitar espacios a la distancia para la contención de aquellxs que cargaron con un embarazo no deseado durante la cuarentena. Las personas con capacidad de gestar nos enfrentamos a una situación inédita que profundiza un problema que no es nuevo pero que debe ser tratado urgentemente: la ilegalidad del aborto es una sentencia de muerte.

Así como la clandestinidad amenaza con seguir empujando gente afuera del sistema, hay quienes luchan por correr los márgenes de la existencia mientras se enfrentan a un nuevo virus del que poco se sabe. La población travesti-trans resiste hace años los embates de una sociedad desigual, expuestxs a la falta de oportunidades laborales, discriminaciones varias y violencia institucional. Ésta última creció en número de casos durante la cuarentena y para aquellxs que son trabajadorxs sexuales la calle dejó de ser una opción, con lo que perdieron su única fuente de ingresos. Sin trabajo, sin acceso a una vivienda digna, sin salud, y sin ser reconocidxs como sujetxs de derechos, la supervivencia se torna prácticamente imposible. Los tejes solidarios, las campañas de entrega de mercadería, ropa y elementos de higiene, son solo una parte del despliegue militante que desde el minuto uno se dispuso para contener y asistir a quienes forman parte de este colectivo.

Las denuncias por violencia por motivos de género se incrementaron y, en simultáneo, se cerraron y acortaron los márgenes de horarios de recepción de los organismos encargados de recibir las respectivas denuncias. Las campañas de prevención no esperaron para teñir las redes sociales. Se viralizaron videos de canales oficiales a la par de una diversidad de materiales indicando cómo denunciar y a dónde acudir en caso de una emergencia. El grito de lxs que ya no están se hizo eco en cacerolazos desde los balcones, pancartas virtuales, flyers y publicaciones. La icónica marcha por la consigna “Ni Una Menos” abandonó las calles por primera vez pero inundó el mundo digital. La pandemia no es excusa para bajar los brazos.

Salir a la calle representa un potencial peligro de contagio, principalmente para aquellas personas con factores de riesgo, pero es el precio que pagan quienes abandonan sus viviendas en pos de alimentar a quienes no pueden acceder a un plato de comida regularmente, lxs que necesitan trabajar para asegurarse un lugar donde dormir, lxs que escapan de la violencia machista. Somos las mujeres y personas lgbt+, una vez más, tendiendo redes para salvar vidas, poniendo el cuerpo a la lucha y resistencia colectiva, poniendo en práctica la sororidad allí donde el Estado hace agua.

El feminismo es un movimiento resiliente, impulsado por la injusticia y la desigualdad, que durante años supo adaptarse a las adversidades que el mundo patriarcal y capitalista le presentó. Somos lxs feministas, que no solo encarnamos las más dolorosas vivencias sino que supimos comprender la urgencia de los reclamos y las necesidades más vitales, quienes motorizamos a diario la transformación de nuestra militancia para traducirla en la más efectiva realidad.

No hay barreras tecnológicas ni fronteras virtuales que impidan que la organización popular siga su cauce, pero es necesario que los gobiernos entiendan el rol fundamental que cumplen como garantes de derechos, especialmente cuando azotan crisis económicas, sociales y ambientales como la que hoy nos toca vivir. La perspectiva de género no puede ser solo una promesa de campaña, tiene que materializarse en todas y cada una de las políticas que se implementen de ahora en adelante. Comprender la gravedad de la desigualdad estructural que vivimos las mujeres y personas lgbt+, es un ejercicio obligatorio para quienes anhelan conducir las riendas de un país inclusivo. La nueva realidad está a la vuelta de la esquina, con más incertidumbres que certezas, pero como decía Evita “donde hay una necesidad nace un derecho” y allí estará el feminismo, reinventándose las veces que haga falta para seguir labrando el hilo que sostiene y teje las redes de la justicia social.


* Ornella Di Ruggiero es bisexual, feminista, peronista y militante de Grupo Bicentenario.

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