domingo 24 octubre 2021

Eutopías feministas (o cómo escapar al optimismo neoliberal)

Foto: Campaña Nacional por el Derecho al Aborto, Seguro y Gratuito

Jorgelina Capitanich

Si de utopías se trata, la figura de Tomás Moro deviene ineludible. Teórico político de pura raza, su nacimiento en el límite de dos edades- la era medieval y el Renacimiento- pareciera presagiar lo que constituirá un rasgo fundamental de su obra: la idea del “entre”, del límite entre lo ideal y lo realizable. Las utopías, podríamos decir, hacen referencia a ideas verdaderas- aunque no a la verdad absoluta- y, justamente, allí radica su componente verosímil (Zoppi, 2014).

Pero, después de todo, ¿qué es una utopía? Utopía es el nombre que lleva la obra maestra de Moro. El origen etimológico griego de la palabra indica que hace alusión a un “sin lugar”, a la tierra del “no lugar”. Paradójicamente, es precisamente a partir de la noción de un no-lugar que es posible pensar en un lugar, en una nueva política, en un nuevo modo de gobernar. Utopía de Moro contiene en sí misma una utopía, un artificio, una ficción, un proyecto futuro que es verdad dentro de una no-verdad. Porque, tal como lo indica Zoppi (2014) en la introducción al libro de Moro, “Utopía es la narración de las ideas y también la posibilidad de su consumación. Crean un mundo posible, verdadero, en tanto proyecto político” (p. 31-32). 

Cabe preguntarnos a esta altura de la disquisición terminológica cómo será posible alcanzar el telos de Utopía, a saber, “realizar la idea de un mundo justo y éticamente posible” (Zoppi, 2014:27). En la medida en que Moro considera a la república como una forma de gobierno para ese mundo ideal, aunque realizable, es que las comunidades políticas pueden llegar a ser éticamente gobernadas. Pero no debemos olvidar que la república no es solo una forma de gobierno sino- y sobre todo- una forma de gobernar en la que se realiza la justicia, el honor y la felicidad de sus integrantes. Es justamente ese desplazamiento de las reglas de gobierno al ejercicio de la conducción y dirección de los individuos- por cierto, estrechamente ligado a la búsqueda de la felicidad- lo que hace de Moro un autor sumamente contemporáneo. En resumen, se trata más de modos de gobernar que de modos de gobierno de los individuos y de las comunidades, pues solo cuando se destierre el egoísmo y la soberbia del corazón de los hombres y mujeres se alcanzará la tan anhelada comunidad feliz. 

Puede sorprendernos que, a cinco siglos de su publicación, los deseos que gestaron a Utopía sigan tan intactos como irrealizados entre las comunidades políticas contemporáneas. La justicia, el honor y la felicidad constituyen hoy en día horizontes a perseguir más que realidades a vivenciar. Basta con poner especial foco en lo que las estadísticas argentinas reflejan para darnos cuenta que con un 42%  de la población bajo la línea de pobreza (INDEC, 2020), un 10,5% en situación de indigencia (INDEC, 2020) y un 10,2% de tasa de desocupación (INDEC, 2021) lejos estamos de concretar el proyecto político alguna vez soñado por Moro. Pero el autor no vacila en señalar que el logro de una comunidad feliz está sujeto a la transformación de las condiciones que hacen posible un orden injusto, sustentado en la propiedad privada, el capital y el dinero (Zoppi, 2014).

Es evidente: pese al paso del tiempo, la vigencia de Utopía es innegable. No solo porque la palabra utopía nos remite, necesariamente, a horizontes emancipadores y futuros prometedores sino, sobre todo, porque la sed y búsqueda de la felicidad son anhelos distintivos de nuestras sociedades contemporáneas. Pero no todo es comunión entre Moro y la actualidad. Si la obsesión con alcanzar la felicidad parece ser el punto de encuentro entre el ayer y el hoy, los posibles derroteros parecieran actuar como grandes bifurcaciones. Hoy el logro de la comunidad feliz se ve desplazado por el logro del individuo feliz. Los discursos terapéuticos y de autoayuda, antes que las luchas colectivas por las transformaciones de las condiciones sociales, económicas y políticas que impactan negativamente en la consecución de una comunidad feliz, funcionan como recetarios para forjar un mañana mejor. 

Inclusive movimientos políticos como el feminista, que ofrecen abiertamente un futuro prometedor, han caído en esta suerte de trampa. ¿Qué une y qué separa a los feminismos de la utopía, tal como Moro la pensó? ¿Cómo pueden el optimismo y el accionar ofensivo feminista ver inhibidos sus potenciales emancipadores y radicales? ¿Qué hace que esto sea posible? ¿Podemos hablar de “utopías feministas”?

¿Utopías feministas?

Nunca antes ninguna sociedad ha tenido tal obsesión con la felicidad. Nunca antes ninguna sociedad ha hecho de la industria de la felicidad una forma de acumulación de capital específica. El rostro que asume nuestra actualidad se encuentra íntimamente imbricado con una reorganización política neoliberal que utiliza los sentimientos afirmativos, por ejemplo, la felicidad, para recrudecer el avance acrítico de las narrativas optimistas y voluntaristas en sociedades cada vez más desiguales. 

Si bien podríamos decir que esta preocupación aparecía tácita y tangencialmente en los escritos de Moro- efectivamente, el autor expresa una idea de realización colectiva como condición sine qua non para la realización individual-, es a través del proyecto intelectual encolumnado tras la noción de “giro afectivo” que existe una clara problematización del rol que cumplen los afectos y las emociones en la gestión y reproducción de las estructuras de poder (Cuello, 2019). 

¿Qué sucede cuando se recrudece el optimismo y el accionar ofensivo entre las filas del movimiento feminista? ¿Sucede la reanudación de una vocación que tienen en el centro una utopía por la que luchar? ¿Sucede el asomo por el horizonte de un futuro utópico y prometedor?

Muy contraintuitivamente, Sara Ahmed sostiene que la felicidad funciona como “una guía orientativa de la experiencia de lo existente” (Cuello, 2019:16), como una forma a través de la cual acontece la incorporación emotiva de lo desigual. El punto crucial del planteo de Ahmed radica en el hecho de que el neoliberalismo, en tanto nuevo arte de gubernamentalidad, gobierna nuestras emociones con vistas a imponer un orden a todos los aspectos de nuestra vida. Al fin y al cabo, tal como argumenta Cuello (2019), los discursos de la felicidad, el entusiasmo, la voluntad, la superación y la positividad han devenido en mecanismos disciplinadores que sostienen modos de organización social basados en la desigualdad y la explotación. 

Por eso, no se trata de la felicidad por la felicidad misma, ni de la promesa de la felicidad por la promesa misma, ni del optimismo por el optimismo mismo. Antes bien, para lograr la comunidad feliz que los movimientos feministas defienden, es preciso, tal y como lo señaló Moro, desterrar las condiciones sociales, económicas y políticas que permiten la existencia de un orden injusto en la actualidad. En efecto, esto constituye un llamado a problematizar la incorporación emotiva de lo desigual para, finalmente, politizar la felicidad, el optimismo y la positividad reinante en buena parte del discurso público en la actualidad. Pero dicha politización viene de la mano de la pérdida de claridad y abstracción, conjuntamente con la entrada en escena en el terreno de lo pastoso, lo viscoso y lo opaco.

De la utopía a la eutopía feminista

En el mismo momento en que Ahmed lanza su crítica al optimismo acrítico de buena parte del movimiento feminista en particular, pero de la sociedad en general, también ofrece un nuevo léxico político para crear un proyecto contrahegemónico al neoliberalismo. Contrariamente a lo que pudiéramos imaginar, la autora señala el potencial político que poseen los afectos y emociones negativas. De allí que proponga “revolver los escombros del basurero emocional” (Cuello, 2019: 19) ya que éstos constituyen terrenos por demás fértiles para transformar la realidad y movilizar formas de organización colectiva. 

Es desde la oscuridad de nuestro ser, desde los vacíos que inundan al ser humano, que será posible transformar las bases que hacen posible al orden injusto actualmente existente. Es pasando de la utopía (tierra del no-lugar o “sin lugar”) a la eutopía (tierra del buen lugar) que los movimientos feministas lograrán recobrar su potencial emancipador y radical. Es a través de la creación de eutopías feministas que podremos, finalmente, escapar al optimismo, voluntarismo y superacionismo neoliberal para por fin realizar la tan anhelada comunidad feliz.

Después de todo, el pasaje de la tierra del “sin lugar” a la tierra del “buen lugar” supone la transformación de un conjunto de realidades más bien pastosas, viscosas y mixturadas que, con la fuerza política del movimiento y redes feministas, todo lo mutan, todo lo sanan.


Bibliografía 

  1. Ahmed, Sara. (5 de abril de 2019). ¿Felices de qué? Revista Anfibia. Recuperado el 20/09/2021 de https://www.revistaanfibia.com/ensayo/felices-de-que/#print
  2. Cuello, Nicolás, (2019), “Presentación: el futuro es desilusión”, en Ahmed, Sara, La promesa de la felicidad. Una crítica cultural al imperativo de la alegría, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Caja Negra.
  3. INDEC, (2020), Incidencia de la pobreza y la indigencia en 31 aglomerados urbanos. Recuperado el 20/09/2021 de https://www.indec.gob.ar/uploads/informesdeprensa/eph_pobreza_02_2082FA92E916.pdf
  4. INDEC, (2020), Pobreza. Recuperado el 20/09/2021 de https://www.indec.gob.ar/indec/web/Nivel3-Tema-4-46
  5. INDEC, (2021), Mercado de trabajo. Tasas e indicadores socioeconómicos (EPH). Recuperado el 20/09/2021 de https://www.indec.gob.ar/uploads/informesdeprensa/mercado_trabajo_eph_1trim21F7C133BA46.pdf
  6. Zoppi, Raúl, (2014), “Introducción”, en Moro, Tomás, Utopía, Buenos Aires, Losada.

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