martes 15 junio 2021

Entrevista a Santiago Kalinowski: el lenguaje inclusivo como fenómeno político

Dolores Duran*

Desde su irrupción en el ámbito público, el “lenguaje inclusivo” ha suscitado argumentos, tanto a favor como en contra, en distintos niveles y esferas con los cuales se relaciona de alguna u otra manera. 

Resumir esta variedad de opiniones y puntos de vista implicaría juntar múltiples categorías y órdenes a los cuales se dice que esta intervención pertenece: es tanto linguistico, como gramatical, como discursivo, como feminista, es ideológico, es una imposición, es político, es colectivo, es individual, y la lista y sus valoraciones (positivas o negativas) podría seguir.  Lo cierto es que hoy por hoy, en nuestro país, si decimos “todes”, lo más probable es que la otra persona escuche y asocie una idea a ese acto de enunciación, y por ende, a quien o quienes enuncian.  

Nos interesa abordar, en esta ocasión, la utilización del lenguaje inclusivo como una decisión consciente, tomada y fundamentada en un marco político y social, del cual este fenómeno es el reflejo en el ámbito de la construcción discursiva. Un uso del lenguaje que lejos de surgir naturalmente requiere de voluntad, de esfuerzo y de definición.Y es una decisión que, de acuerdo a nuestra observación del fenómeno en los últimos años, ha sido tomada en su mayoría por las juventudes; y son estas las que han permitido que el debate pueda darse en nuestra sociedad (y el consecuente repertorio de opiniones al respecto que mencionamos previamente). 

Para esto, entrevistamos a Santiago Kalinowski, lingüista, lexicógrafo, y director del Departamento de Investigaciones Lingüísticas de la Academia Argentina de Letras. Es también uno de los protagonistas del debate que tuvo lugar en el marco de la Feria de Editores de 2019, cuyo registro luego se convirtió en libro: La lengua en disputa. Un debate sobre el lenguaje inclusivo (Ediciones Godot). El intercambio se dio entre Kalinowski, quien tomó la posición a favor de la aceptabilidad del uso del lenguaje inclusivo, mientras que en la posición contraria disertó la crítica literaria y escritora Beatriz Sarlo. Este debate instaló aún más la cuestión en la opinión pública y también permitió posicionar a nuestro entrevistado como una de las figuras más reconocidas, dentro del ámbito académico y de las instituciones ligadas al estudio de nuestra lengua que defiende el uso de esta intervención. Sin embargo, es válido aclarar, su opinión y los argumentos que él ha explayado en esta ocasión son personales y no representan la posición de la institución a la cual él pertenece por su trabajo. 

¿Cuándo el lenguaje inclusivo se convirtió en un fenómeno del cual tenemos que hablar, que genera debates, etc?

Se pueden señalar diversas etapas, si uno toma dentro de lo que llamamos lenguaje inclusivo diversas variantes, la cosa viene desde hace bastante tiempo. La reflexión sobre los distintos sesgos que se expresan de una manera u otra en la lengua, a nivel del léxico o incluso gramatical es una cosa de décadas. Tenemos el antecedente de la Constitución de Venezuela sobre fin del SXX que está absolutamente desdoblada, que es resultado de todo un debate previo acerca del sexismo codificado a nivel de la lengua. Ahí tenemos un primer hito. La respuesta de la RAE tardó unos 12 años aproximadamente (el informe de Ignacio Bosque es del 2012: Sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer). Luego hubo algunas propuestas posteriores de impacto más moderado porque estaban atrapadas dentro de la escritura, eran fenómenos de intervención ortográfica, aparece el arroba, como una manera de síntesis de la doble desinencia del masculino y femenino, y por esto fue percibida como una intervención binaria. Ahí aparece también la “x”. El próximo salto que es el que nos trae al día de hoy es cuando se da el salto de la escritura a la oralidad, cuando la opción sintética o no marcada pasa a poder ser pronunciada. Eso es algo que nosotros vemos que tiene un uso bastante considerable en 2017, pero su desembarco en la agenda público se da en principios del año 2018, cuando estaban distintas agrupaciones movilizándose porque se venía el debate por el proyecto de ley de IVE, y ahí es donde está el hito que nos trae hasta el día de hoy, todos preocupados por la e y por la cuestión de la morfología y la diferencia entre sexo y género, etc. Tuvo su momento inaugural en Argentina en esa nota que dio Natalia Mira a TN cuando estaba tomando el colegio en apoyo o como una acción alrededor de este proyecto de ley. 

¿El lenguaje cambia o configura la forma en que vemos el mundo? 

La lengua no hace a lo real. No porque cambiemos la lengua vamos a cambiar la realidad, eso no es así. Me parece que hay que abandonar esta idea. Ahora, ¿qué pasa cuando uno quiere militar un asunto? ¿Qué hace cuando uno se encuentra ante una realidad social injusta, y quiere cambiarla? Encuentra una manera de generar un mensaje que busca tener ese efecto. Entonces, la lengua está metida en el modo en que se ordena la realidad, pero no de un modo tan lineal. Es un modo más mediado. 

En un punto, usar el lenguaje inclusivo requiere un esfuerzo, ya que no estamos habituados a él. La artificialidad es uno de los mayores argumentos en su contra. ¿Es posible también ver en ese esfuerzo la voluntad de disputar ese sentido dentro del lenguaje?

Esto es importante. Primero, hay una confusión, que es sobre el principio de economía del lenguaje. Se sabe que existe este principio y se considera de manera difusa, que la comunicación es económica, porque la comunicación es lingüística, y existe el principio de economía, entonces todo queda pegado. Esta es la concepción desde la opinión pública digamos. La realidad es que la comunicación no es económica necesariamente, es más, diría que frecuentemente no es económica, porque la comunicación se basa en la consecución de objetivos, y muchas veces si uno busca un objetivo, uno plantea una estrategia para conseguir ese objetivo por medio de la lengua. El principio de economía no es un principio que regula la comunicación humana. Cuando lo más eficaz es lo más económico, usamos eso. Pero muchas veces, lo más eficaz, no es lo más económico. Tenemos que hacer una estrategia de la que resulta que gastamos más aire, más cantidad de palabras, más recursos de procesamientos, más recursos naturales, etc. 

El lenguaje inclusivo no es una manera de hablar que nos permite ahorrar energía, es una manera de hablar que nos exige gastar más energía. De modo que no se ajusta a lo que nosotros sabemos que son los cambios lingüísticos a través del tiempo. Lo cual me lleva a decir que no es un cambio lingüístico, y me obliga a enfatizar que no tiene nada de malo que no sea un cambio lingüístico, su relevancia no depende de que se convierta en gramática. Los cambios lingüísticos suceden porque sí, de manera inconsciente. Cuando uno habla con lenguaje inclusivo, uno tiene que tomar la decisión de gastar una energía mayor, porque considera que esa manera de marcar la lengua va a tener un efecto en quien escuche. Un efecto, en principio, de denuncia. Si alguien hoy dice “todes” es alguien que dice: existe un patriarcado, y ese patriarcado es una situación de injusticia, de desigualdad. Lo segundo que dice es: hay que cambiar esto. Casi automáticamente, alguien dice “todes”, hay un diagnóstico del campo social, y hay una voluntad de cambiarlo. Entonces ese es el lugar que le corresponde, para mí, a lo que conocemos como lenguaje inclusivo. Es el lugar de buscar un efecto del otro, es decir, es un efecto de tipo retórico, y no gramatical. Es un rasgo, visible, de una configuración discursiva asociada a la lucha por la igualdad de género en la sociedad. Esa es una descripción amplia, después dentro del inclusivo, hay muchos tipos de usos posibles, sobre todo ahora con la visibilidad que tiene la cuestión de la sexualidad no binaria. Pero lo que vemos en el uso es una preocupación por la cuestión de los plurales, sobre todo. Los singulares, el yo no binario, que busca pronombres que se ajusten a esa realidad, existe y es importante como uso, pero es digamos menor en caudal que los plurales. 

Entonces sí, el lenguaje inclusivo requiere más esfuerzo, pero eso no es razón alguna para descalificarlo. No tiene nada de malo el hecho de que esta intervención tienda a suceder en algún ámbito público (Twitter, el buzo de les egresades, una entrevista). Esto es algo que también aparece en el informe de Bosque: él dice “cuando se prende la cámara se prende el desdoblamiento, se apaga la cámara y se olvidan del desdoblamiento” y después no explica por qué estaría mal esto. Da por supuesto que eso está mal, pero no lo explica, y la realidad es que no está mal. Todo el tiempo nosotros hacemos uso de recursos que son adecuados a determinado espacio o ámbito comunicativo. No tiene nada de malo que exista un recurso disponible en el sistema discursivo de la lengua para marcar o señalar esta desigualdad y la voluntad de cambiarla que mencioné antes. Por eso es tan importante el inclusivo como recurso en el ámbito público, en la evolución de las ideas de la cultura alrededor del tema. 

¿Pensás que es un fenómeno que está sobre todo impulsado o representado por la juventud? ¿Es en algún punto motivo de que el lenguaje inclusivo genere tanta resistencia entre ciertos sectores o no? A veces pareciera que el lenguaje inclusivo es una nueva excusa para decirle a les jóvenes que son brutos, ignorantes, que les falta educación, etc. 

Se insiste mucho con lo de los jóvenes. Para mi hay ciertas distinciones para hacer ahí, no creo que sea solo un fenómeno de los jóvenes. Pero sí, desde siempre, es el grupo etario que más posibilidades e interés tiene en buscar nuevas maneras de expresión, que no sean las de la maestra, el profesor, la madre y el padre. Es decir, formas de expresión que se separen de aquellas que están en el poder en sus vidas. Ese es un fenómeno general de la lengua de los jóvenes de toda la vida. La acusación de que los jóvenes hablan mal es un tópico que tiene siglos. Los jóvenes logran incorporarlo con mayor intensidad, y seguramente si uno pudiera segmentar los estudios de quienes utilizan el lenguaje inclusivo por edad, daría que las frecuencias son más altas en los jóvenes que en los no jóvenes. Pero sin embargo a mí me parece que lo fundamental de la intervención y del fenómeno tiene que ver con una trayectoria militante sobre la realidad. Esa trayectoria tiene distintas formas. Se puede llegar desde la academia, desde la lingüística, las letras, la sociología; o se puede llegar desde el camino de la militancia territorial, la preocupación por el maltrato hacia la mujer o los machismos que existen en distintos ámbitos sociales, sin que eso tenga un origen de una pertenencia a algún ámbito de “prestigio”. Depende de cada persona, es una trayectoria personal. Como te decía antes, en el espacio público argentino el tema explotó porque una joven lo usó, de modo tremendamente consistente, en un medio de comunicación grande, considero que lo que pasó es que se combinaron varios estigmas. Hay un estigma porque es mujer, el otro es que es mujer joven, y además es militante o activista política. En los grandes medios de comunicación, históricamente no se le perdona al adolescente que tenga idea o activismo político. En general los adolescentes activos políticos reciben grandes niveles de agresión, incluso cuando no utilicen el lenguaje inclusivo. Natalia Mira combinaba los estigmas, el de la adolescencia, el del activismo, y el de ser mujer. Entonces un poco la visibilidad pública quedó atada desde esa percepción. 

Como decíamos al principio, el lenguaje inclusivo es una intervención, que implica un pronunciamiento político sobre el hecho de que está mal ordenada la sociedad, y que hay que reordenarla. ¿Y qué es reordenar la sociedad? Generar igualdad. Cuando uno genera igualdad, se amenaza un privilegio, porque no hay otra manera. Los que están más arriba tienen que abandonar cierto privilegio, para los que están por debajo puedan estar en pie de igualdad, es medio como una suma cero, si no me equivoco con el término. Cuando hay un activismo que amenaza un privilegio lo que es esperable es que aquellos que gozan de ese privilegio lo protejan. Entonces cuando uno ve que la reacción ante el uso del lenguaje inclusivo es tan violenta, es tan fuerte (y en general son los varones quienes atacan más) es que lo que está pasando es que les molesta la política que tiene la palabra. No son puristas de la lengua, no es que tienen un gran apego por la vocal “a” y la vocal “o”. 

Esta es otra cuestión: no es un fenómeno de las mayorías. No es un fenómeno de los 40 millones de hablantes de Argentina, es de un porcentaje dentro de este que habría que determinar cuál es. La visibilidad pública es muy grande, aunque el uso sea minoritario. Otra cosa en la que hay que insistir, porque se usa mucho para descalificar al fenómeno: no tiene nada de malo que sea un fenómeno minoritario. Siempre las fronteras de los derechos se movieron por la acción de vanguardias que no eran mayorías. En las mayorías lo que hay, hoy en día, es machismo. No tiene nada de extraño que sea un fenómeno minoritario, al ser un fenómeno tan político. Como tampoco tiene nada de extraño que las minorías que se oponen, que militan lo contrario, que solo existen nenes y nenas y que eso jamás podrá cambiarse, la pareja heterosexual y etc, reaccionen contra esta militancia de manera tan ferviente. Tienen su derecho a hacerlo. La resistencia también está bien. Esto nos lleva a decir que por más que se hable mucho de que hay una “imposición” del lenguaje inclusivo, esto es imposible. Ninguna minoría puede imponer un cambio en el uso lingüístico de una comunidad. Los hablantes siempre hacen lo que quieren, lo cual es imposible de controlar. Imponer el uso de la “e” es imponer una idea política, una agenda y las ideas que están por detrás. Y lo mismo al revés, si yo castigo o prohíbo a una persona por usar la “e”, lo que estoy castigando no es su uso de la lengua, sino a las ideas políticas que están por detrás y estigmatizando al hablante por ellas. Por eso siempre digo, que a las universidades no les queda demasiada opción: bajar la nota por usar la “e” es persecución política, porque lo que castigas es la idea que está detrás.

Lo cual nos lleva al tema de los jóvenes brutos: es difícil usar el inclusivo. Más bien, es más difícil usar el inclusivo que no usarlo. Quien usa bien el inclusivo denota un buen conocimiento de la lengua. Tanto en la descalificación como el apoyo se desinflan si está mal usado. De modo que para poder usarlo hay que saber más lengua. De hecho, nunca hubo en las clases de lengua en las escuelas más interés por aprender morfología que en estos últimos años, porque son muchas las preguntas que suscita la intervención, por ejemplo, sobre el sexismo codificado. Circula mucho la idea de que la lengua es inocente de todo, que los racistas o sexistas somos los hablantes que lo ponemos en discurso, pero que la lengua no, como si la lengua viniera envuelta en un paquete de regalo. Pero no, la lengua la hicimos los humanos, y pretender que algo que hicimos los humanos no esté atravesada por prejuicios, dinámicas de poder, sucesos históricos, es un absurdo. 

¿Cómo afectan las redes sociales los cambios del lenguaje? ¿Cómo afecta la mediatización, por ejemplo, en que un grupo pequeño utilice el lenguaje inclusivo en un tuit, pero ese tuit tenga muchísimos RT y más llegada por eso?

Hay una gran diferencia entre la visibilidad pública del fenómeno, y su uso concreto, real, de todos los días. No sé qué hubiera pasado con este fenómeno sin redes sociales, no sé cuánto hubiera tardado en despegar, ¿dónde lo ponías? En el diario, por ejemplo. Tenías que llegar a ámbitos donde la escritura estuviera profesionalizada. Y ahí, por fuera de algunos medios académicos o literarios, cuyo alcance necesariamente es ínfimo, no tenías manera de dar difusión a algo. Puede ser que sea central, para la visibilidad pública que tiene el fenómeno, el hecho de que existan las redes sociales, infinidad de canales. Nadie queda al margen de eso, es imposible. Por alguna red social u otra, antes o después, te llega el inclusivo por algún lado. Hay un problema con los jóvenes que es que los jóvenes son quienes van a reemplazar a la generación que está actualmente en el poder, necesariamente.

La lengua en nuestra sociedad y a partir de la edad moderna, es un modo en que se vuelve visible la aptitud de una persona para cumplir roles, es decir, es un gran regulador social. El modo en que se gestionó el poder antes de la modernidad y después de esta es radicalmente diferente. Lo que sucedió fue que llegaron las burguesías a posiciones cada vez más encumbradas, cuyo argumento era la superioridad intelectual: mayor acceso a la información, mayor cultura, mayor educación. Con ese argumento podían hacerle frente al argumento del poder de la sangre y lo divino de la monarquía. Uno de los efectos que tuvo este cambio es que la lengua empezó a ser el signo visible de la aptitud de la persona para cumplir el rol de administrar bienes importantes en la sociedad. 

Los jóvenes sufrieron históricamente un estigma por ser quienes después iban a llevarse puestos a la generación en poder actualmente. Hay un tema de choque generacional. Hace poco Kicillof dijo “haiga”. Es algo que nos pasa a todos, me pasa a mí, a veces tenemos esos errores como decir “escribido”. ¿Por qué causó tanto escándalo? ¿Qué cosa se juega ahí en que dijo haiga en lugar de haya? Nada más que esto, porque es el signo visible de la aptitud que tiene que tener alguien que está en una posición de tanto poder. La realidad de eso no tiene nada que ver, pero funciona así socialmente, es el modo en que se gestiona el poder. La RAE no tiene nada que ver con esto, es apenas un síntoma de un fenómeno mucho más profundo que tiene que ver con la formación del estado moderno en occidente. 

Por otro lado, hay un libro que se llama “Because Internet”, está en inglés, es de una lingüista que se llama Gretchen McCulloch, que expone lo que podemos considerar como el gran fenómeno lingüístico que sobrevino con las redes. Tiene que ver con el hecho de que la escritura privada, antes de las redes, quedaba en un ámbito muy reducido. Una cartita, una postal. No tenía estado público. La escritura pública era una escritura más o menos profesionalizada, que tenía que superar diversas instancias hasta llegar a circular. Pero la otra escritura, la informal, no estaba en el espacio público, solo se encontraba en el privado. Los recursos dependían de cada uno, de los intereses y gustos de cada uno. Cuando la escritura informal asumió estado público, los hablantes empezaron a hacer lo que los hablantes siempre hacen: empezaron a codificar los recursos disponibles para la escritura informal. Porque cuando algo está codificado la transmisión de la información es más rápida, inmediata. Entonces lo que sucedió con las redes sociales, es algo que en términos lingüísticos es inaudito, es esto, el modo en que los hablantes codificaron ortográficamente, como sistema ortográfico informal, algo que dependía de cada uno. Es decir, cómo hacemos para que nosotros escribamos algo y eso, sin tener acceso al tono de voz, de la cara, las expresiones (es decir, esos otros recursos de la comunicación verbal), cómo hacemos para que se comuniquen de  un modo eficiente, por escrito. Aparece un código ortográfico alternativo cuyo objetivo es expresar eso: informalidad. 

La visibilidad del inclusivo es un tema de difusión, que hipotéticamente se podría haber hecho con otros medios. La red social no es consustancial, pero sí muy relevante, y sí es consustancial para este fenómeno que explayé recién. 

El lenguaje inclusivo también se revela contra una institución que es normativa sobre nuestro lenguaje, como es la RAE, y que reproduce una estructura de poder (colonial, patriarcal). Pero a la vez para que el lenguaje inclusivo triunfe, se necesita algún tipo de institucionalización y que sea formal ayudaría mucho. ¿Es una contradicción? 

Es muy frecuente que se considere que cualquier uso lingüístico -más o menos innovador- de palabras que no están en el diccionario, es una rebelión en contra de la RAE. A mi me parece que la RAE no es tan importante. Tiene una importancia simbólica, sí, pero creer que el inclusivo aparece como una rebelión contra la RAE es darle una importancia que no tiene. Lo mismo ha pasado con el lunfardo. A nadie le importa la RAE, nadie va al diccionario a ver qué palabra puede usar o qué palabra no puede usar. 

Si eliminamos el rasgo de la rebelión ante la institución, como rasgo central, que es lo que yo creo que hay que hacer, tampoco genera una contradicción que se institucionalice. Hay un rasgo de la intervención que es pararse explícitamente por fuera de las reglas del sistema, para criticar algo que en el sistema es expresión de un orden que no deseamos. Eso le da como un impacto público, porque la intervención también busca espectacularizar un reclamo, no busca pasar desapercibida. Como hacemos a veces, que decimos “quienes quieran”, en lugar de “los que quieran”, esa es una manera de intervenir que busca pasar desapercibida. La “e” y la “x” no: buscan ser visibles, buscan resaltar, saturar la pupila, que resulte ineludible para quien escuche y quien lea, y buscan eso como un modo de amplificar la voz del reclamo. Entonces, tal vez, eventualmente si todas las comunicaciones oficiales de instituciones incluyen la e, bueno, la e quizás pierda su parte “picante”, pero va a ser muy potente el haber logrado eso, los efectos a nivel social, a nivel de los consensos culturales. 

Lo importante es saber que es un fenómeno profundamente político, y que toda lucha tiene costos. Por eso creo que es interesante que se conozcan los rasgos de la intervención para que una persona pueda calcular los costos de su uso. Si tu única fuente de ingresos está en un lugar donde vos usas la e y te echan, tal vez es un costo excesivo, tal vez podés elegir usarlo en otro lado. Lo importante es saber. Al mismo tiempo que tenemos un derecho que es inalienable a configurar nuestro propio discurso, a hablar nuestra lengua, nuestro dialecto, es interesante que la persona sepa a qué costo se expone por usar alguna intervención como esta. 


*Dolores Duran tiene 21 años, nació y vive en CABA y es estudiante de Letras en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. Actualmente trabaja como community manager en una asociación civil de comunicación feminista e investigación de derechos humanos vinculados a los medios de comunicación masivos y redes sociales. Es militante política, responsable del espacio El Semillero CBC, en el Ciclo Básico Común de la UBA, dentro de la organización política Grupo Bicentenario.

ÚLTIMAS NOTAS

Sala Silenciosa

Sala Parlante

ETIQUETAS