domingo 24 octubre 2021

Entrevista a Daniel Ripa (Parte I)

Precariedad, incertidumbre vital y trastornos del ánimo en la sociedad actual

Giuliana Mezza – Lucrecia Pérez Laguna

La salud mental es asunto de orden público sobre el cual se vierten sentidos que provienen de diferentes disciplinas, de experiencias diversas, de aproximaciones, rechazos y temores. Conjuga un plano íntimo y privado con otro exterior, colectivo y social.

Para reflexionar sobre estas múltiples dimensiones y singularizar aquellos aspectos comunes a los distintos territorios de Iberoamérica, entrevistamos a Daniel Ripa, Secretario General de Podemos en Asturias, psicólogo social, investigador, periodista y activista en movimientos sociales. En esta primera entrega, conversamos acerca de los componentes sociales, económicos y tecnológicos que repercuten en los estados de ánimo de la población y provocan una pérdida del sentido vital. 

 

¿De qué manera considerás que se puede definir la salud mental?

Antes que nada, la entendemos como salud. Ahora se habla de salud mental pero lo extraño es por qué cuando antes se hablaba de salud había aspectos psicológicos y comunitarios, de bienestar social en su conjunto, que quedaban fuera. Y esto tenía que ver con un modelo médico muy arraigado que vincula la salud exclusivamente con la curación de la enfermedad, desde una perspectiva biologicista. Evidentemente, hay un cambio social, pero también político, mira, soy portavoz autonómico de Podemos y psicólogo de profesión y, además, estoy en un partido donde dos de nuestras ministras son psicólogas también, lo cual es una cosa novedosa en la política española, que era un coto cerrado de abogados, funcionarios, economistas…

¿Qué consecuencias trae apartar esta dimensión de una concepción general de salud?

Por un lado, la salud mental queda recluida al ámbito de lo privado, lo que es funcional para el sistema porque se considera que tú tienes que buscarte la solución por tu cuenta yendo al psicólogo privado o silenciando tu malestar. Del mismo modo, se excluyen también todos los componentes comunitarios, los determinantes de la salud que favorecen el bienestar y que, de hecho, influyen también en la enfermedad.

En los últimos veinte años, a raíz de las investigaciones de la OMS, sabemos que la salud depende de una serie de determinantes sociales. Algunos son nutricionales, de ejercicio físico, pero otros tienen que ver con los componentes laborales, con las desigualdades sociales y económicas, con el modo en que hacemos actividades en la comunidad y que dan cohesión territorial y brindan apoyo social en un barrio o pueblo, etc. Todo esto afecta a la salud psicológica y, en consecuencia, afecta también a la salud física. Están ambas relacionadas. Así encontramos, por ejemplo, que los incrementos de los niveles de estrés y ansiedad en el trabajo están relacionados con un mayor nivel de infartos, problemas musculares y un importante número de enfermedades. Todo esto entra en agenda en los últimos quince o veinte años, aunque incomprensiblemente no se impulsan nuevas políticas públicas.

Decías antes que esa exclusión es funcional para el sistema…

Claro. Hay una conjunción de intereses. En primer lugar, hay una presión muy fuerte de cierto sector de la medicina tradicional que tiene una posición de poder importante y que insta a tratar la salud mental como una enfermedad más, con fármacos. Una farmacéutica gana más dinero si se receta Prozac, Valium, Diazepam o Lexatin durante meses o años que si se envía a la persona a una terapia psicológica. Y estas empresas tienen influencia directa sobre los gestores que definen las políticas sanitarias. Por otra parte, al sistema público de salud le interesa excluir parte de lo que no puede cuidar, porque no tiene profesionales suficientes ni se destina presupuesto para contratarlos. Es decir, hay intereses económicos de la industria y también del propio sistema sanitario: es más funcional tratar con antidepresivos que contratar profesionales de psicología, aunque en realidad éstos son menos costosos. Por cada euro invertido en intervenciones psicológicas recuperas, como mínimo, tres euros gastados en psicofármacos. Por si fuera poco, no hay ningún estudio que asegure que los antidepresivos son más eficientes que un tratamiento psicológico normal en los trastornos afectivos.

¿Por qué, entonces, se sigue actuando con formas que son más caras, más ineficientes y que encima no han demostrado la efectividad?  Pero esto sucede en un contexto de riesgo de colapso, al menos aquí en España, de los sistemas de salud por el envejecimiento de la población, por la infrafinanciación de recursos públicos y por la evasión impositiva de las grandes empresas y patrimonios que están reduciendo dramáticamente los ingresos de los Estados. Y eso facilita también nuevos paradigmas en el tratamiento de la salud mental.

Recién hablabas del colapso del sistema sanitario, ¿esto es una situación previa a la pandemia?

Sí. Hay un riesgo de colapso porque el sistema sanitario se fundamenta en un tratamiento muy intensivo en tecnologías de tratamiento. Por ejemplo, en nuevas terapias contra el cáncer que son muy costosas en términos de tecnología y fármacos. Se prefiere la atención hospitalaria, más cara e intensiva en tecnología y fármacos, frente a la atención primaria y comunitaria, más intensiva en personal y en intervenciones de salud pública. Ésta última es más barata, pero da menos beneficios a la gran industria sanitaria. A nivel de curva generacional, al menos en Europa, con un envejecimiento creciente de la población, eso lleva a una situación de potencial insostenibilidad, a no ser que se incrementen los ingresos públicos y se redistribuyan eficientemente las prioridades dentro del sistema sanitario

Hay que tener en cuenta que las consultas de carácter psicológico en España son un cuarto del total de las que se reciben en los centros de salud. Una de cada cuatro veces que vas al centro de salud de tu barrio es porque tienes un problema de salud mental, y eso satura el sistema. Eso se suma a que el médico de atención primaria te receta pastillas ya que muchas veces, no cuentan con otro tratamiento psicológico y eso genera una tensión. Entonces las fuerzas progresistas, e incluso parte de las derechas, tienen que decir o desfarmacologizamos la atención sanitaria en salud mental o esto nos colapsa. Y entonces se buscan soluciones más cercanas, de intervención en los barrios, de mejor atención primaria frente a la hospitalaria, de ser más eficientes en el gasto en salud mental.

En relación a esto que decís, entonces no se trata de una estrategia desde un punto de vista progresista sino desde una encrucijada del sistema de salud que tiene que encontrar estrategias para no colapsar.

Creo que eso está de fondo también. Hay que considerar que los psicofármacos son algunos de los medicamentos más caros. El coste del tratamiento con psicofármacos es entre tres y cinco veces más que el coste con psicólogos o psicólogas, es una barbaridad. En España estimamos que el coste de las enfermedades de salud mental son 46.000.000 de euros al año. Entonces no es un problema de las fuerzas progresistas sino que es un problema del propio sistema.

¡Ojo! También hay intereses del neoliberalismo de convertir la salud en un negocio. El colapso es la antesala del negocio, es una doctrina del shock. Por un lado se empeora la atención sanitaria pública, haciéndola que esté infrafinanciada o con más listas de espera, y por otro se fomentan seguros privados, desvío a hospitales privados, etc. Pero eso es suicida en términos de país: los Estados con mejores sistemas sanitarios han resistido mejor la pandemia que aquellos que habían privatizado su sanidad.

Debemos considerar dos tensiones más: una en el terreno laboral donde hay un modelo de precarización del mercado laboral (hablo desde una perspectiva eurocéntrica, donde hemos vivido un empeoramiento progresivo en materia laboral en las últimas tres décadas): España es el país con mayor nivel de temporalidad en el empleo dentro de la UE y eso genera un deterioro de la salud. Lo que daña a la salud no es tanto la temporalidad, sino que vivas en la incertidumbre de si te van a echar o no de tu trabajo, lo que afecta a toda una serie de decisiones vitales: poder pagar o no una casa, formar una familia, incluso tener que emigrar. Todo eso lleva a una tensión estructural del propio sistema capitalista, que genera inevitablemente malestar psicológico. Es evidente que la solución pasaría por eliminar las causas de la precariedad y por la acción colectiva. Pero, el propio sistema (las patronales y empresas, los medios de comunicación, incluso las universidades) para descargarse de presión, te dice que es tu responsabilidad ser resiliente, adaptarte, conseguir de alguna manera afrontar los problemas. Entonces surge toda esta idea de la industria de la felicidad que se convierte también en un mercado, esto del coaching, de aprender a ser feliz, que tiene éxito porque nos ofrece una solución sencilla: tú tienes el control ante los problemas externos. Pero es una ilusión. Hay un psiquiatra asturiano que se llama Guillermo Rendueles que decía: “tú no necesitas un psiquiatra; necesitas un comité de empresa”. Hay cosas que por mucho que tú lo gestiones bien no vas a poder cambiar; sólo si cambias lo estructural, cambias la situación individual.

¿Cuál es la segunda tensión a la cual hacías referencia antes?

Los seres humanos necesitamos conectarnos en comunidad y al mismo tiempo hacer valer nuestra individualidad. Es la paradoja con la que te enfrentas en el mundo actual, donde pasamos buena parte de nuestro día inmersos en redes sociales (más de 3 horas de media en España), donde tú te conectas porque necesitas ese refuerzo social sobre tu individualidad. Esto va sustituyendo otras formas de relación presencial más sanas y provoca que generes tu comunidad en base a una autopresentación de tí mismo que es relativamente irreal. Tú nunca puedes ser en realidad quien muestras en Instagram, Facebook o TikTok. Lo que estamos viendo es que hay un empeoramiento de la salud mental de los adolescentes que coincide en el tiempo, aunque no sabemos si es causa de ello, con la entrada de las redes sociales. Tenemos más amigos y seguidores que nuestros padres y abuelos, pero, claro, eso no se traduce en apoyo social en los momentos de dificultades.

Entonces: tenemos tensión por las nuevas tecnologías y redes sociales, que han cambiado el mundo, tensión en nuestro trabajo, en nuestras vidas, y se genera una sociedad de la incertidumbre, que aumenta las presiones que sufrimos las personas… Y entonces llega la pandemia. ¿Y qué sucede? Aislamiento de nuestro entorno, incertidumbre económica, crisis de horizonte futuro y una virtualización de las relaciones humanas. Tuvimos que sustituir los afectos físicos por la conexión con los demás por medio de la virtualidad (¡y esto sucede en todos los grupos de edad!). Y nos hemos hecho adictos a las redes sociales, desde los adolescentes a nuestros abuelos. Evidentemente, como consecuencia, se incrementan los problemas de ansiedad y depresión en todo el planeta, o cosas como el pensamiento conspiranoico, y los Estados de repente descubren que apenas tienen medios para afrontar esta pandemia de salud mental. Todo esto provoca que en todo el mundo se empiece a desbloquear el tabú de la salud mental. Esto tiene estas derivadas colonialistas que también influyen: en Estados Unidos se produce una gran conversación sobre la salud mental y, como consecuencia, el tema ingresa con más fuerza en el debate público. El caso de la gimnasta Simone Biles tiene una relevancia mundial.

¿Cuál sería una posición progresista a ese debate?

Una posición progresista de alguna manera entiende que hay quitar el tabú de la salud mental: ni es un problema individual ni debemos llevarlo en privado. Pero además debe entender que la solución no puede ser solamente medicalizar, porque hay un componente comunitario. Hay que entender las causas de los problemas, pero para ayudar a la gente a avanzar hay que ayudarla a mirar hacia adelante. Y ese avance no únicamente es con tratamiento psicológico; en muchas ocasiones, la solución pasa por recibir más apoyo de tu entorno, por actuar en tu puesto de trabajo, por implicarte en acciones con otras personas en tu comunidad, es decir, por el apoyo social que recibas. Y en los casos que precisen terapia psicológica, por asumir un rol activo en el proceso. En un sistema sanitario basado en el modelo biomédico, debemos evitar que los problemas psicológicos se conviertan en un producto más del mercado de las enfermedades que hay.

¿Consideras que esa posición puede traer algún riesgo?

Yo creo que desde la izquierda hemos entrado muy felices a decir “cuidado con la salud mental, es una enfermedad, está invisibilizada, hay que romper el tabú” pero tenemos que tener una mirada más allá con esto. Yo estoy absolutamente favor de que haya más psicólogos y psicólogas en los sistemas de salud, porque la mejora para la salud pública va a ser inmensa, pero una parte de las intervenciones están fuera del ámbito sanitario. Son comunitarias, son sociales, se corresponden con generar una  comunidad que brinde apoyo social a las personas de forma continuada. Está estudiado que si tienes una esquizofrenia, que requiere tratamiento psiquiátrico, la contención es mejor en las comunidades rurales de África que en cualquier ciudad europea y ¿por qué? Porque hay una integración en la comunidad. Esto sucede en cualquier trastorno de salud mental.

Pues básicamente eso es lo fundamental: que no individualicemos la solución también y ahora digamos ‘la solución para el malestar psicológico es que ahora vayamos todos al psicólogo’ porque tampoco esa es la mejor forma de resolverlo. La sociedad neoliberal individualiza las relaciones humanas, con el consumo como aspiración (y por eso el consumo online se triplicó en pandemia), busca convertirnos en sujetos que sólo busquen maximizar sus propios beneficios. Y sabemos que eso lleva al malestar psicológico, por lo que la solución es sencilla: reforcemos los vínculos y los afectos. Y eso pasa por facilitar que las personas tengan más tiempo para estar con su familia y amigos, por facilitar actividades donde la gente se conozca (desde locales de ensayo para grupos de música de jóvenes, a facilitar el deporte, el asociacionismo vecinal o político o el sindicalismo), por apoyar comercios de barrio frente al modelo Amazon ‘de puerta a puerta’…

Allá la atención con terapeutas o psicólogos en el sistema de salud pública ¿es una práctica corriente?

Hay pero muy pocos. Cuesta mucho acceder a la atención pública: hay mucha lista de espera, especialmente para las cuestiones más graves, para intentos de suicidio, anorexia o bulimia, etc. Y también la práctica está muy subordinada a los psiquiatras que son los que suelen controlar los departamentos de salud mental en el sistema de salud. Eso provoca un sesgo farmacológico: al final la solución principal tiene que ver con pastillas, incluso en momentos donde está absolutamente contraindicado. Ahí comienza el debate de “necesitamos más profesionales en el sistema de salud mental”. Lo cual es cierto, pero no puedes aislar a la salud mental del contexto. No puedes aislar nada del contexto. No puedes tratar los infartos sin tratar la nutrición y el deporte. Pues a nivel psicológico no puedes tratar los problemas psicológicos sin entender que hay causas sociales de pérdida de sentido vital, de problemas de precariedad en el trabajo. Sería un error bastante grave.

Por lo que vos planteas es claro que el panorama tiene que ser considerado en términos amplios y lo propositivo viene por el lado de lo comunitario…

Creo que van en carriles paralelos. Solamente aumentando el número de profesionales de la psicología en el sistema sanitario creo que va haber una mejora sustancial, va haber un ahorro, y los pacientes que tengan un problema de salud mental van a mejorar más. Pero también, y esto es impopular, hay que decirle a la gente: oye parte de tus problemas no se solucionan solo con un psicólogo, tiene otros componentes sobre los que debes también actuar.

Debemos hablar de cuáles son los determinantes sociales de los problemas de salud mental. Y cómo erradicar esas causas, porque una mejora en la legislación laboral que evite la temporalidad y que reduzca la incertidumbre va a tener mejores efectos para la salud mental que incrementar el número de psicólogos y psicólogas en un hospital. O generar en un barrio donde se consolide la comunidad a través de talleres de teatro, de baile o de formación popular. Y eso, si no lo metemos nosotros en la agenda, no lo meterá nadie.

 

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