viernes 17 septiembre 2021

En los sindicatos no hay democracia sin la juventud

Marina Beatriz Pérez*

La democracia es la forma de gobierno y de organización social y política que, basada en la participación ciudadana como principio fundamental, goza de mayor consenso y legitimidad: “el poder ejercido por el pueblo”. Lamentablemente, también goza de múltiples interpretaciones y matices. 

Ejemplo de ello es lo que ocurre en los sindicatos. Aunque la legislación garantiza una serie de derechos y obligaciones que enmarcan un funcionamiento democrático en el interior de los sindicatos, mediante el establecimiento de estatutos que definen tanto los mecanismos de elección de sus representantes como los de participación, en la práctica la democracia se reduce a un procedimiento legal para la perpetuación en el poder de una élite sindical. 

Si bien es cierto que los sindicatos son instituciones nacidas para acumular y ejercer poder, se entiende que éste debe ser ejercido sobre la patronal contrarrestando así la estructura natural de control que surge del poder económico; sin embargo, con el fin de mantenerse en el poder, los dirigentes sindicales lo ejercen también sobre los miembros del sindicato presionándolos para que se alineen a la conducción, impidiendo la formación de corrientes opositoras y restringiendo su participación, logrando finalmente, el monopolio de las decisiones. Todo aquel que se pronuncie en disidencia y/o pretenda formar un grupo opositor que piense diferente y pretenda, como en cualquier ámbito democrático, disputar el poder, es denominado traidor y apartado o desterrado de la vida gremial.

Claramente las elecciones no son los mecanismos utilizados para llevar a cabo la selección de sus dirigentes: se eligen a dedo. Los miembros de la élite sindical, que se desliga de sus bases y del objetivo original de la actividad política sindical, se encargan de repartir los cargos de decisión y representación entre sus filas con el único interés de acumular y conservar poder y, al posicionarse como actores políticos de peso, pierden de vista los intereses comunes y transforman el sindicato en un instrumento a su servicio. Paradójicamente, justifican las limitaciones de la democracia interna con el discurso de la unidad construida a partir de esos intereses comunes que son relegados. La unidad del movimiento obrero es un valor contingente y no un valor positivo per se. Si la unidad es forzada, silenciando a otros en un intento de negarlos, simplemente no es unidad. 

La disociación entre las bases y sus dirigentes por la falta de intereses y objetivos comunes, y la trampa en la que se encuentran los distintos sectores para alcanzar la representación mediante la ocupación de los cargos de decisión, desincentivan la participación de las bases y en consecuencia la organización disminuye su fuerza. 

Muy pocos sindicatos pasan la prueba de la democracia. Para ampliarla, lograr legitimidad y representatividad crear sentido de pertenencia y fortalecer el compromiso de sus miembros, se necesita abrir el juego democrático en su interior, creando espacios de participación donde surjan situaciones de conflicto; choques, debate y mucha discusión que permitan reconstruir sus políticas a partir de la identificación de objetivos comunes y del establecimiento de metas más amplias que las de mejorar las condiciones de vida de sus miembros, que busquen profundizar los ideales de democracia, solidaridad, igualdad y tolerancia. 

No hay democracia sin la adhesión de la mayoría a los ideales y a las reglas de convivencia de la sociedad como un todo, pero tampoco la hay sin la inclusión de todos los sectores en los procesos de participación y decisión interna y, claramente eso no está ocurriendo en los sindicatos hoy. En la democracia (y eso debería incluir a la democracia dentro de los sindicatos) hay una mayoría que gana y otros que pierden y para eso debe haber más de uno. Ser democráticos no tiene que ver con generar falsos consensos de unidad, desconociendo a un “otro” o posicionándolo como enemigo que en consecuencia hay que destruir, sino por el contrario, se trata de reconocer a “otro/s” como adversario.  

Todavía las mujeres y los jóvenes estamos subordinados por la matriz adultocéntrica y patriarcal que atraviesa a todas las estructuras políticas y sociales incluyendo la sindical, pero en mayor grado ya que los sindicatos tienen menor regulación del Estado. Esa matriz establece categorías del ser en torno a la edad y al sexo a partir de los cuales se asignan roles sociales que posicionan al varón adulto como clave en casi la totalidad de los procesos de creación invisibilizando la importancia de las mujeres y de los jóvenes en la reproducción social del sistema. 

Con relación a la representatividad, el feminismo fue ganando espacios a partir de una lucha intensa que permitió, entre otras cosas, alcanzar la regulación del cupo en casi todas las estructuras políticas y sociales, aunque en los sindicatos todavía existe una fuerte tradición machista y las mujeres quedamos relegadas a las secretarías de género y cargos de menor relevancia. 

Los jóvenes, en cambio, a pesar de su  rol activo y protagónico en las distintas áreas de la política y el rol protagónico que tienen tanto en las manifestaciones y protestas ciudadanas como en las redes sociales, no logran ocupar espacios de representación, chocan con la sociedad conservadora y machista que los ignora, subestima sus saberes y habilidades, y despojándolos de sus potencialidades,  relega sus opiniones, y les niega la participación en los asuntos que los afectan directamente alejándolos de los espacios de toma de decisión. Muchas veces el poder puede ser considerado por quienes lo ejercen como una lucha de suma-cero y por eso relegan a la juventud a su condición de juventud. La estructura sindical permite delimitar el ámbito de competencia por los cargos de representación a los que la juventud puede acceder. Lo mismo sucede con las mujeres. En vez de ver potencia, nos sientan en la mesa de los niños.  

Pero los jóvenes, que tienen su propia visión del mundo, sus preocupaciones y demandas, sobre todo en el mundo del trabajo al que tienen muy poco acceso y se presenta mayormente en la informalidad perjudicándolos por el rol central que presenta el trabajo en la articulación social, como regulador de las vinculaciones con el mundo y con los otros y como condición y fundamento del progreso; trabajan, se organizan y se imponen cada vez más para que su voz sea escuchada porque son conscientes de que las decisiones que se tomen hoy influirán en el mundo que les tocará vivir mañana. No por casualidad asumen causas solidarias con compromisos a futuro como son el feminismo, la preocupación por el medio ambiente y la lucha por la aceptación de la diversidad, levantando las banderas del bien común. Saben lo que es quedarse afuera.

Y saben perfectamente lo que les corresponde, porque nacieron en democracia y por eso exigen que se los reconozca, exigen participación, exigen ser incluidos en las decisiones, exigen se incorporen sus necesidades en la agenda de trabajo y también exigen los lugares que les tocan para ejercer su rol que es el de representar a su segmento dando respuesta a todas sus dimensiones, reconociendo a las diversidades, los distintos intereses y las desigualdades que hoy enfrentan.

La importancia de incorporar a los jóvenes en la vida sindical radica no solo en la ampliación de sus derechos democráticos sino también en el fortalecimiento del sistema de gobernabilidad democrática participativa e incluyente que se traduzca en una mayor representatividad respondiendo mejor a las demandas de todos los actores que la componen, combatiendo la desigualdad, logrando mayor justicia, reduciendo brechas,  contribuyendo no solo a una mejor calidad de la democracia sino a la constitución de una sociedad más justa.  

Para que los sindicatos se organicen democráticamente deben estar en condiciones de vincular las decisiones fundamentales con el sentir de la mayoría, garantizando la representación de las minorías. La democracia es con todos y para todos. 


*Marina Pérez es arquitecta egresada de la Universidad de Buenos Aires, especialista en Política y Planificación del Transporte con título otorgado por la UNSAM, trabaja en Trenes Argentinos Infraestructura y es representante sindical por la Asociación del Personal de Dirección de Ferrocarriles y Puertos Argentinos (APDFA) desde el año 2009. Por su militancia y participación,  y gracias a la Ley N° 25.674 de cupo sindical femenino, a partir del año 2017 forma parte de la comisión directiva del sindicato.

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