miércoles 01 diciembre 2021

EL ODIO COMO DISCURSO POLÍTICO

Maximiliano Fernández Grau*

El discurso del odio es la narrativa empleada por la ultraderecha como parte de una estrategia orientada a construir poder dentro de una sociedad. A diferencia de otras expresiones del pasado, la articulación discursiva de la derecha contemporánea se caracteriza por la irracionalidad de sus enunciados; el anticientificismo y las teorías conspirativas son ejemplos de ello.

Por un lado, este discurso irracional tiene la capacidad de generar adeptos y movilizarlos detrás de un proyecto colectivo a través de la construcción de chivos expiatorios. Por otro, permite identificar el surgimiento de una derecha internacional que comparte una narrativa en distintas latitudes y que tiene a los migrantes, las mujeres y los pobres como principales víctimas.

A esta altura resulta redundante afirmar que el crecimiento de estas expresiones xenófobas, homofóbicas y aporofóbicas durante los últimos años está directamente relacionada con la creciente pobreza y desigualdad producto de la crisis económica del sistema capitalista.

El deterioro de la calidad de vida, la falta de oportunidades y los profundos cambios culturales ante corrientes migratorias que escapan de las guerras y la miseria producen miedo y rechazo en una gran parte de la población que se sitúa en una suerte de estado de naturaleza y que percibe a los otros como competidores en una sociedad mercantilizada y con cada vez menos posibilidades de progreso.

En este sentido, es claro que el discurso del odio es una narrativa que echa sus raíces en una época donde las condiciones reales de existencia se deterioraran de manera drástica y sostenida. Por eso, estos movimientos recurren cada vez más a las emociones antes que a los argumentos basados en datos científicos.

Posiblemente, esto se deba a que las emociones tienen un poder de interpelación mayor que los datos duros de la racionalidad científica. Este elemento, a su vez, permite explicar que los protagonistas de estos movimientos hayan participado o apoyado otras experiencias políticas que fracasaron cuando prometieron generar un progreso social.

ODIO, MIEDO Y BUDISMO POLÍTICO

La narrativa de la ultraderecha es una narrativa que tergiversa los valores democráticos para vaciarlos de significado. Así, el concepto de república es reducido a su dimensión formal, la justicia es considerada como una herramienta para la persecución política y el desarrollo económico como un factor ligado estrictamente a las ganancias de una casta empresarial.

Estos movimientos, que se autoproclaman paladines de las instituciones y defensores de la libertad, ven en las fuerzas progresistas una amenaza al orden existente y los valores nacionales. Si se presta atención a las distintas intervenciones de sus principales voceros a nivel mundial, pueda advertirse que en reiteradas ocasiones esta narrativa recae en la utilización de la lógica schmittiana de amigo-enemigo para referirse a los migrantes pobres. En sentido opuesto, se apela a una especie de budismo político para justificar los privilegios de evasores fiscales y grandes grupos económicos.

En este sentido, el odio y el miedo son utilizados por la ultraderecha como articuladores de un discurso que expresa la radicalización del modelo de sociedad neoliberal: acumulación de la riqueza para unos pocos y distribución de la pobreza para las grandes mayorías.

INDIVIDUO VS COMUNIDAD

A diferencia de las fuerzas progresistas que postulan una comunidad organizada sobre valores como la igualdad, los derechos humanos y la justicia social, la ultraderecha plantea una disgregación de la sociedad para imponer definitivamente un orden compatible con las exigencias del capitalismo financiero.

Así, los sujetos son desposeídos de su derecho al goce -ocio- en favor de la explotación productiva. El sentido de la vida se reduce de esta manera a la productividad constante, donde toda otra actividad que no sea la explotación laboral queda excluida de todo horizonte. A diferencia de generaciones anteriores, que por medio del trabajo tenían posibilidades de acceder a una vivienda y a otros bienes y servicios que mejoraban su calidad de vida, en la actualidad la regla es conformarse con pagar el alquiler y llegar con salario suficiente a fin de mes.

En sintonía con la época, el discurso de la ultraderecha comprende al emprendedor como el modelo perfecto de sujeto: un trabajador sin derechos que se explota a sí mismo con el inalcanzable objetivo de convertirse alguna vez en CEO es mucho más gobernable que un trabajador consciente de su condición y de sus derechos. Como bien señala Byung-Chul Han, esto evidencia una ruptura con el capitalismo del siglo XX, donde la explotación del trabajo provenía de un otro explotador.

En “El concepto de lo político”, Carl Schmitt sostiene que lo político adquiere sentido cuando se manifiesta “una posibilidad efectiva de lucha”. En un sentido retórico, cuando la ultraderecha sostiene que el populismo representa una amenaza para la nación, ya sea porque es responsable de todos los males económicos y sociales, o porque los valores que impulsa conllevan a la ruina del país, lo que emerge es la lógica amigo-enemigo.

Desde la oposición, el discurso de la ultraderecha respeta una lógica: criticar el presente recuperando un pasado glorioso y prometiendo un futuro esperanzador. En cambio, cuando le toca gobernar la invierte: critica el pasado, promete un futuro esperanzador y evita referirse al presente.

Por otro lado, estratifica a los sujetos en categorías. Las personas de primera categoría -las clases más pudientes- representan los valores de la patria mientras que las de segunda categoría -pobres, inmigrantes, comunistas y mujeres- son un impedimento para el desarrollo nacional.

El reagrupamiento de un movimiento de estas características alrededor del mundo debe entenderse en el contexto de una época caracterizada por mandatos normativos, cancelaciones morales y, fundamentalmente, la precarización de los niveles de vida de las grandes mayorías. La falta de respuesta ante el deterioro de las condiciones reales de existencia sirve para que estas expresiones impulsen al nihilismo político y al cuestionamiento al sistema democrático.

Esto conlleva a la necesidad de plantear una narrativa emancipadora que logre justificar de forma clara que la igualdad es preferible a la desigualdad estructural, que la solidaridad es más conveniente que el individualismo y que la democracia es siempre mejor al totalitarismo. El cambio climático, la violencia machista y la creciente concentración de la riqueza son tres ejes sobre los cuales los haters de la derecha no tienen ninguna propuesta para ofrecer.

El desafío de las fuerzas progresistas es generar una mayor integración social a través de la valorización de lo público como garantía de los derechos fundamentales. Se trata de construir una comunidad organizada en torno a la sanidad y la educación pública, el trabajo digno y la justicia social como una alternativa real ante el peligro potencial de un colapso del sistema capitalista.


* Maximiliano Fernández Grau es licenciado en Ciencia Política por la Universidad de Buenos Aires. Se especializa en temas vinculados a la comunicación y la opinión pública. Trabajó en distintos organismos públicos de Argentina y colaboró en diferentes campañas electorales. Actualmente se desempeña como asesor en la Jefatura de Gabinete de Ministros de la Nación.

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