jueves 28 enero 2021

El discurso del odio contra la democracia

Foto: Laura Melonio

Maximiliano Fernández Grau*

La pandemia agudizó la crisis en la que se encuentra el capitalismo. El mundo entró en emergencia dejando al descubierto las grandes desigualdades que existen por un modelo de producción y acumulación de riqueza que beneficia a unos pocos y perjudica a la inmensa mayoría. También evidenció las consecuencias que tuvo para con la salud pública el neoliberalismo: el terror fue televisado en hospitales desbordados, fosas comunes y cuerpos abandonados en medio de las calles de distintas ciudades. Pero este escenario crítico, también legitimó el rol protector del Estado que históricamente defendieron las fuerzas progresistas de izquierda. En este contexto, la derecha neoliberal utilizó el miedo como articulador de un discurso de odio para avanzar contra los derechos fundamentales de la democracia y seguir conservando los privilegios en unas pocas manos.

Este tipo de discursos está fundado en teorías tan delirantes como conspirativas: “el virus es un invento de Soros y el Nuevo Orden Mundial para controlar a las personas mediante el 5G”. En este sentido, las redes sociales, donde cualquiera puede decir cualquier cosa, funcionan como el medio predilecto para difundir estas teorías paranoicas que buscan generar un consenso contra los gobiernos progresistas y los sectores más vulnerables de la sociedad.

Dentro de esta lógica mandan las emociones y los argumentos lógicos no tienen cabida: la irracionalidad es una de las principales características del discurso del odio. De este modo, la derecha neoliberal se radicaliza con argumentos vacíos de sentido sosteniendo, por ejemplo, que en vez de un gobierno democráctico hay una infectadura, o que cada sesión legislativa significa un golpe institucional. También, por la gran irracionalidad que tienen estos discursos, hay quienes sin pudor alguno se pasean por los canales de televisión sosteniendo que el Poder Ejecutivo libera presos, cuando cualquier persona con el mínimo conocimiento cívico sabe que la potestad sobre las penas radica en el Poder Judicial.

De la misma manera, se cuestiona el consenso científico frente a la pandemia, las medidas de cuidado y los efectos económicos que esta crisis generó a nivel mundial. Cada expresión de estos discursos es un atentado contra la razón y la inteligencia de las personas y una bajeza a la que se intenta conducir el debate público. Entonces, estas expresiones se caracterizan por operar en el plano de la posverdad: el éxito de sus argumentos no reside en el sentido racional de las palabras, sino en los sentimientos que generan. Obviamente que esto no es garantía de nada, pero sirve para que una derecha carente de propuestas a favor de la mayoría pueda cuestionar la legitimidad de los gobiernos progresistas y provocar acciones destituyentes.

Hay que decirlo sin rodeos: todas las manifestaciones en las que se escuchan estos argumentos tienen como objetivo cuestionar la democracia. Existe una relación directa entre la radicalización de estos sectores y las operaciones que dañan la institucionalidad democrática que dicen defender. Así, la ultraderecha antagoniza contra “los políticos”. Pero no cualquier tipo de político, porque muchos de sus principales voceros tienen su historia como funcionarios o socios de gobiernos neoliberales, sino contra los que defienden el Estado de bienestar, la asistencia a los más vulnerables y la inclusión de quienes aún continúan excluidos del sistema.

Foto: Laura Melonio

Libertad, república y corso

Uno de los conceptos más gastados por aquellos que sostienen el discurso del odio es el de la libertad. Llamativamente, quienes hoy se manifiestan denunciando la falta de libertades, muchas veces mediante la lógica del escrache, como sucedió en los domicilios de Cristina Kirchner, de Pablo Iglesias e Irene Montero, en otros momentos justificaban la represión de gobiernos neoliberales y los delitos de lesa humanidad de las dictaduras militares.

Por eso, no es la libertad democrática lo que le interesa a la derecha contemporánea, sino la libertad de mercado. Particularmente, se oponen a la intervención del Estado como parte de una política económica dirigida a corregir las desigualdades que genera el sistema que defienden. En su magistral libro “El pueblo sin atributos”, la politóloga estadounidense Wendy Brown señala que esta ideología sostiene una concepción mínima de la libertad, y que en ella prima una racionalidad instrumental de mercado que restringe la propia democracia. De este modo de comprender el mundo, la libertad del mercado preocupa más que la desigualdad y la pobreza.

De la misma manera, estos neoliberales sostienen que se movilizan en defensa de la República. Algo llamativo, ya que cuando son gobierno crean mesas judiciales, espían y persiguen a opositores, nombran jueces por decreto y bloquean el funcionamiento del Congreso. Libertad y República funcionan así como argumentos vacíos con el objetivo de construir su propio relato contra la gobernabilidad.

Estos sectores no pueden garantizarle a la sociedad el cuidado de la salud, los ingresos y una educación de calidad. En palabras del psicoanalista Jorge Áleman “el neoliberalismo ya no tiene argumentos para vivir en democracia”. Por eso, quienes lo defienden recurren constantemente a movimientos desestabilizadores. Así, los oponentes políticos pasan a ser considerados como enemigos, los inmigrantes como delincuentes, los pobres como vagos y  los movimientos populares y progresistas como un tumor social que hay que extirpar.

Lo que hay detrás de quienes imposibilitan el diálogo y la unidad enunciando un discurso del odio es la negación de la otredad. El otro, que es un otro en medida que es distinto a uno, se convierte en amenaza. Justifican así cualquier tipo de expresión o acción violenta como necesaria para recuperar “la grandeza de la nación”. Esta lógica de negación de la diferencia no es aleatoria, tiene de víctimas a los pobres, a los inmigrantes y al progresismo, nunca a los poderosos. Por eso, al mismo tiempo que sucede esta negación de la otredad, se da una asimilación con los ricos, los explotadores y los evasores de impuestos, entre otros. Una especie de síndrome de Estocolmo que afecta por sobre todas las cosas a los sectores medios de la sociedad.

La democracia como horizonte

Mientras el discurso del odio de los neoliberales busca una salida a la crisis del capitalismo apelando al individualismo y a la idea de una patria excluyente que resguarde los privilegios de unos pocos, la alternativa progresista no debe ser sólo distinta, sino, también, opuesta. El desafío es construir comunidad sobre la defensa de los derechos y servicios esenciales para que el bienestar sea para el conjunto de la ciudadanía.

A la mercantilización de la vida, donde según tanto tienes, tanto vales, se le deben oponer los valores del humanismo. A la meritocracia, la solidaridad y la inclusión social. Al individualismo, la organización colectiva. Tocar los intereses de la minoría poderosa tiene sus costos, pero solo así se pueden reducir las desigualdades y dar respuesta a las necesidades más urgentes de la mayoría.

Fortalecer la democracia y sus instituciones estableciendo una agenda que pondere lo público lógicamente producirá tensiones con quienes utilizan al odio y al miedo para avasallar las conquistas sociales, pero no hay que escaparle al conflicto político. La discusión central está en cómo sostener un modelo de desarrollo con inclusión social en el marco de una doble crisis: por un lado, la emergencia sanitaria. Por otro, los problemas generados por la contracción de la economía mundial.  En oposición al modelo de los neoliberales, el proyecto de las fuerzas progresistas radica en distribuir los recursos por abajo: apostar por una economía productiva centrada en las PyMEs y la industria con una política de créditos, la reactivación de la obra pública y el cuidado de los salarios y los ingresos de las familias para recomponer el mercado interno mediante el consumo.

La derecha continuará con el discurso del odio simplemente porque no puede explicar que la teoría del derrame ya fracasó. También porque cada vez queda más claro que allí donde no hay inversión pública en salud, faltan hospitales, camas y respiradores; donde no hay inversión pública en desarrollo urbano, existen grandes problemas habitacionales que dejan a las personas más expuestas; y donde no se invierte en programas sociales, se abandona a la miseria a gran parte de la población.

Los gobiernos progresistas y de izquierda deben demostrar capacidad para resolver los problemas estructurales y las desigualdades sociales, sino los neoliberales van a avanzar con su programa de ajuste y exclusión. La política es conflicto y no hay que escaparle a ello. Se trata de demostrar que el mejor camino para alcanzar el bienestar general, donde cada persona pueda realizarse independientemente del lugar donde haya nacido, es con un Estado presente que intervenga para revertir las injusticias que históricamente han afectado a quienes menos tienen y beneficiado a quienes concentran las grandes fortunas.


* Maximiliano Fernández Grau es licenciado en Ciencia Política por la Universidad de Buenos Aires. Se especializa en temas vinculados a la comunicación y la opinión pública. Trabajó en distintos organismos públicos de Argentina y colaboró en diferentes campañas electorales. Actualmente se desempeña como asesor en la Jefatura de Gabinete de Ministros de la Nación.

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