miércoles 25 noviembre 2020

“El círculo mágico del Estado” de Luciana Cadahia.

Camila Ríos

Publicación original: RevistaPlebeya.com

El aporte de Luciana Cadahia en su texto El Círculo Mágico del Estado para el pensamiento político latinoamericano y la incorporación de teorías emancipatorias para una irrupción plebeya radica en retomar algunas de las categorías de análisis filosófico más importantes para el desarrollo de la teoría política, desde una posición constructivista y no totalizadora: la premisa de la existencia de una dialéctica feminista resume una compleja red de de-construcciones teóricas, discursivas y conceptuales que otorga una mirada crítica al sistema patriarcal y neoliberal actual, pero que al mismo tiempo plantea la existencia de una oportunidad de transformación social, política e institucional bajo una permanente dialéctica entre la potencia plebeya y el Estado.

Allí radica la importancia de la tesis desarrollada por la autora, esa posibilidad de repensarlo todo de mano de la aprehensión de fenómenos que se han expresado en la praxis política: el feminismo y el populismo.

Esta mirada sólo es posible a partir de la reflexión sobre la dialéctica hegeliana repensada por Luciana Cadahia bajo la premisa de una dialéctica feminista, entendida esta como una forma de darse el movimiento donde las cosas no pueden terminar de cerrarse, donde hay un juego de desplazamiento constante, un juego metonímico. Al contrario de las posiciones totalizadoras, y excluyentes que asumen la construcción de fronteras en un sentido rígido y estructural, no contingente.

Evidentemente, este repensarlo todo, implica revisar el impacto de la teoría política en los niveles de análisis óntico y ontológico. Y en este último, es importante advertir una mirada rupturista sobre aquellas posiciones epistemológicas clásicas, que se caracterizan por ser deterministas y esencialistas a la hora de plantear los escenarios, los sujetos y el fin último de su construcción política: como el liberalismo y el marxismo. “El Círculo Mágico del Estado” asume la política contingente como espacio de disputa y por tanto de construcción de identidades y de escenarios, y no de realidades dadas, se hace cargo de la potencia creativa y de la posibilidad de construir sujetos políticos colectivos capaces de acceder a los espacios de poder y de cambiar el supuesto “rumbo de la historia”. En este marco, la dialéctica entre el Estado y la potencia plebeya, obliga a pensarla como un producto construido a partir de una relación que no se agota en cada movimiento, donde no son necesariamente antagónicos, ni autocontenidos y que al mismo tiempo, son producciones sociales porosas, y abiertas. Por tanto, la potencia plebeya jamás se encuentra determinada 100% por el Estado y sus dispositivos de poder y por otro lado, tampoco es 100% autónoma del Estado. Y así, esta tensión permanente, entre lo instituido y lo instituyente no es más que la expresión de la correlación de fuerzas existente en un momento determinado.

Entonces cabe preguntarse, ¿Cómo es que, si la dialéctica entre la potencia plebeya y el Estado existe, hay sectores excluidos del ámbito de la política? Y ante esto, se releva un aspecto central en su teoría, que es su desarrollo sobre el deseo de lo femenino, que asume lo masculino como una forma de entender y de ejercer el poder y por tanto, de hacer política y que no sólo se restringe a los hombres, sino que tiene que ver con una hegemonía de lo masculino sobre lo femenino y sus formas, tiene que ver con el establecimiento de fronteras políticas y del -no- reconocimiento de un otro, como actor válido que además me constituye. Es decir, la característica de la dialéctica masculina, es su totalidad en el espacio público, son sus cierres por arriba y por el patriarcado, excluyendo y relegando a lo femenino a su desarrollo en el espacio privado.

A esta conclusión, llega a partir del análisis de la tragedia de antígona, desde la cual se desprende el reconocimiento de la insustituibilidad de unas cosas o de unos sujetos por otros, y por tanto, la necesaria tensión-irrupción de lo femenino en el espacio de lo público como ese secreto familiar bien guardado que de repente sale a luz. El deseo de lo femenino (como lo llama la autora), como la trascendencia de lo femenino en el espacio público con sus propias formas y referencias, un espacio que reconoce el no-todo y esa dialéctica permanente entre lo femenino y lo masculino, ese reconocimiento del otro que se expresa en cada una, en los colectivos y también en las instituciones.

Entonces no sería el fin último del feminismo y de las mujeres, la destrucción de lo masculino, si no el reconocimiento de un otro que nos determina a nosotras mismas, pero al mismo, tiempo, la posibilidad de la irrupción en lo público y en lo político del deseo libidinal y pasional de la construcción colectiva en la disputa por el poder, la irrupción de los afectos y las pasiones como motor de la acción política, su identidad, sus paradigmas, sus deseos. El secreto familiar mejor guardado: nadie puede reemplazar a otro.

Así, la autora entiende los períodos de crisis como aquellos momentos donde se devela el secreto. Se utiliza el concepto de patético para exponer las consecuencias de los períodos de crisis, donde se muestran “las puntas de la sociedad”, donde aquello que está sumergido sale a la luz, pareciera quedar a la vista la política totalizadora de lo masculino, esa política excluyente y elitizada. Ese momento en que las cosas dejan de mostrarse como son cotidianamente y empiezan a expresarse como son en realidad.

Tal como señala Luciana Cadahia, la dialéctica feminista también se vive en el nivel óntico de las cosas y precisamente allí radica la importancia del planteamiento realizado por la autora, en la búsqueda de generar un contenido teórico que sea útil para entender los fenómenos y procesos políticos y sociales y también la praxis política del populismo y del feminismo.

En este plano, resulta importante su aporte en tanto nos lleva a repensar la construcción hegemónica, la democracia y el Estado. Esto en un marco, y haciéndose cargo de un debate muy actual que revive antiguas tensiones entre socialismo y populismo, hoy día expresadas entre autonomismo y populismo. Donde ambas corrientes han tomado a Gramsci en el sentido de la potencialidad de generar una voluntad popular alternativa al bloque dominante, mientras las diferencias se encuentran en que los socialismos han determinado al Estado como la maquinaria opresora que perpetúa el capitalismo, a la vez que los populismos han asumido la disputa institucional como la forma de irrupción plebeya.

En otras palabras, el autonomismo abogaría por una contra-hegemonía sustentada en espacios autónomos de construcción que se entienden al margen del poder y de los dispositivos de dominación. Mientras el populismo elige una contra-hegemonía en la que asume que nadie se encuentra al margen del poder y por tanto, no habría ningún espacio puramente socialista o emancipatorio, por el contrario, todos los espacios estarían contaminados por el bloque hegemónico, y por tanto, se siente siempre en disputa y la disputa institucional no es más que otro espacio donde se expresan las correlaciones de fuerzas existentes.

Y es exactamente allí donde se encuentra la convergencia entre populismo y feminismo en función del rol que cumplen hoy día en la construcción de esa potencia plebeya, donde esta es mucho más profunda que la articulación de demandas constatadas en la praxis política. Y es que hoy día irrumpe en el espacio de lo público, el secreto mejor guardado: la insustituibilidad y por tanto, el reconocimiento de las identidades ocultas, invisibles hasta ahora, la legitimidad de la existencia de otros que son parte de la experiencia contingente de vivir, la irrupción de otras formas de ver el mundo, otras lógicas y por ende, otras formas de hacer política. Lo racional versus lo pasional, las verdades dadas y nuestras verdades, esencialismo y constructivismo, lo individual y la voluntad de vivir juntas. Es decir, el deseo emancipatorio y la irrupción plebeya son femeninas, porque han estado ocultas, porque ha sido el secreto de la acumulación originaria que hoy día se toma lo público, y por supuesto las instituciones.


Camila Ríos. Egresada de Ciencias Políticas Universidad Academia de Humanismo Cristiano, colaboradora Revista Plebeya.

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