lunes 27 septiembre 2021

Contra la caza de brujas, Omnia sunt Comunia. El caso del colectivo LGTBI+ en España

Mònica Selma Vélez*

El sábado 3 de julio mataban a grito de ‘’maricón’’ a un chico de Coruña. Pero no solo le pasó lo peor a él, después del mes donde todo el colectivo LGTBI+ celebraba el Orgullo, y no casualmente, hubo docenas de agresiones en diferentes ciudades del Estado. Una persecución que no solo afecta a quienes la sufren directamente, sino a todo un colectivo que es atemorizado por las brutales palizas y linchamientos que se producen en las calles, en cualquier lugar público, por su orientación sexual. 

Digo que no fue casualmente porque este proceso de reivindicación y consecuente purga no es la primera vez que se repite en la historia. Y es que yo siempre peco –o no– de hacer una lectura federiciana de los procesos y acontecimientos sociales que ocurren a mi alrededor. 

Todos habréis oído hablar de la caza de brujas en el medievo. Silvia Federici la explicó de la siguiente manera –ahora yo muy resumidamente–: en pleno Siglo.XVI, la desposesión de tierras comunales  -en el marco de la llamada acumulación originaria del capitalismo- que trabajaban y cuidaban las mujeres, ya encargadas de la familia en aquel entonces, hizo que estas fueran apartadas de la vida pública y del poder que eso les otorgaba. Me refiero a los conocimientos que colectivizaban, los trabajos que ya no podian hacer en comunidad, la soberanía sobre sus cuerpos y sus vidas (el aborto estaba aceptado, ya que eran las mujeres las que sabian practicarlo y por lo tanto las que decidian sobre su cuerpo con sus vecinas, madres o abuelas). Todo esto fue desposeído, no solo la tierra física, sino su poder y soberanía sobre la reproducción social; ahora la controlaban los amos. 

 Las mujeres que quisieron continuar su vida fuera del orden establecido, eran tachadas de brujas. Se consideraba a la mujer que sabia de curas, la que no se casaba, la que abortaba, la que queria trabajar, culpable de herejía. Y esta era quemada en la plaza del pueblo. La pata mediática del control social, el miedo de poder acabar en la hoguera. Esto hizo que poco a poco las mujeres fueran colocandose ‘’en su sitio’’. Se apartaron de todo lo que tenía que ver con la calle, las relaciones sociales, los trabajos asalariados no eran para ellas, y en consecuencia la dependencia respecto al hombre de familia. 

Una situación –que si me permitís–, compararé con la actual caza  que hemos vivido estas semanas el colectivo LGTBI+. Ahora no te queman en la plaza del pueblo, ahora te matan a grito de maricon, te pegan una paliza en el metro, se difunden videos donde grupos de gente hablan sobre cómo agredir… Toda una campaña planeada y organizada por grupos homófobos cuyo objetivo es encerrarnos otra vez en casa, que la vida pública no sea para nosotros y nosotras,  porque no entramos en la norma social establecida. 

Quieren que recibamos mensajes de nuestros familiares, muertos de miedo porque nos pueda pasar a nosotros, quieren que no vayamos vestidos con ropa que no está asignada a nuestro sexo, quieren que dejemos de besarnos en la calle, que no ocupemos lugares de poder en las televisiones o instituciones. Porque esto rompe con el heteropatriarcado, y sin la reproducción social de la fuerza de trabajo no hay posible capitalismo. Que no podamos dar ejemplo a generaciones futuras, que no podamos mostrarnos como normales ante la sociedad, que les sea complicado a los que vienen identificarse como lo que son, para que nunca lo sean. La actual comparación de situaciones (con siglos y acontecimientos sociales y económicos de por medio) daría veracidad también a la lectura que Harvey hizo sobre la acumulación originaria, que revisó para añadir que este proceso originario no solo fue el inicio del capitalismo sino que se ha ido repitiendo  a lo largo de los siglos para sostener el sistema.

E.P. Thompson también quiso aportar su explicación a los procesos sociológicos que se dieron durante la acumulación originaria, pero desde otra perspectiva: cómo la sociedad, la comunidad, los vecinos y vecinas pudieron contener algunos de estos procesos capitalistas aplicando la ley de la costumbre. Él lo llamó economía moral de la multitud, un conjunto de valores y normas que vestidas de retórica de la costumbre, las clases subalternas hicieron valer para resistir los ataques desposeedores y privatizadores de la economía política capitalista contra los bienes comunes y el derecho comunal. Y es que aunque las costumbres entonces se aplicaran para asegurar el pan, o seguir trabajando la tierra aunque hubiera un nuevo amo, ahora no podemos dejar de usarla cuando se trata de no retroceder en derechos ya conquistados. 

Es nuestro turno, el de volver a chillar Omnia sunt communia, porque las calles también son nuestras. Y porque no volveremos a dejar que el sistema deje fuera a nadie por ser y vivir en común quien es. Hagamos de cuidar la vida, una costumbre. 

Bibliografía:

  • Federici, S. (2010). Calibán y la Bruja . Madrid, España: Agapea.
  • Thompson, E. P. (2019). Costumbres en común – estudios sobre la cultura popular . Madrid, España: Capitán Swing Libros, S.L.
  • Harvey, D. P. D. (2005). The New Imperialism (Revised ed.). Madrid, España: Oxford University Press, USA.

*Graduada en Sociología por la Universitat de Barcelona. Postgrado en Análisis del Capitalismo y Políticas Transformadoras por la Universidad Autónoma de Barcelona.

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