lunes 27 septiembre 2021

Cerrado y Rincón, dos textos de Deborah Hadges

Deborah Hadges*

CERRADO

Que vaya al super de Combate de los Pozos, me dice la vecina, porque el almacén de la esquina no es de fiar. Y agrega, en un tono más apretado: acá si no trabajan es porque no quieren. A mí Justiano me fía siempre que no tengo cambio o cuando llego tan sobre la hora que él está bajando la persiana de metal y ya hizo números de la caja, entonces me da alguna cosa y me dice que se la pague uno de estos días. Por suerte, Justiano no es de esas personas que pone carteles de “Hoy no se fía, mañana sí”, o “Cuentas claras mantienen las buenas relaciones”. El almacén de Justiano está en la esquina, a unos tres frentes de mi edificio. En la vidriera solo dice Almacén y se entra subiendo dos escalones bastante empinados. El supermercado está dos cuadras más hacia el sur, y está abierto 363 días del año de 8:00 a 20:00hs. A esa monotonía y previsibilidad se refiere Celia cuando sugiere que el supermercado sí es de fiar.

Al principio, no le prestaba atención a los carteles que aparecían en la persiana. El halo que tiene un negocio cuando está cerrado bastaba para no tener que preguntarse los motivos. Siempre fui una persona pragmática y puedo cenar una lata de arvejas frías sin sufrir, pero el día en que a último momento la profe de yoga aceptó venir a mi casa y solo tenía dos minutos para comprar yerba o vino, bañarme, ponerme linda y parecer relajada, Justiano había cerrado el local para ir a ver la obra musical de su nieto. No es que se lo haya preguntado. El cartel decía “cerrado porque mi nieto -el menor- estrena su obra musical”. No tuve mucho tiempo de reírme. Le pedí a Celia que me prestara yerba y más o menos la cita salió bien. Al día siguiente, cuando caminábamos juntas a la parada del colectivo, Justiano barría la vereda y le pregunté por la obra. Me dijo que sonaba horrible, pero el nieto estaba contento. A la profe de yoga le pareció muy tierno que apoyara y conociera comercios barriales y desde ese momento empecé a prestar más atención a los cierres caprichosos del almacén. A veces eran cuestiones más impersonales, como “Cerrado por control de inventario”. En pleno julio apareció “Cerrado porque vino mi hermano de España”. Yo buscaba charla sobre esos temas y hasta le comentaba a la profe cosas de mi almacenero. Cada vez sabía más de la vida de Justiano y, creo, él también sabía más de mí por las cosas que compraba cada semana. Un viernes a la noche ya me estaba yendo y me corrió unos pasos para darme una botella de vino que no había comprado. “Te olvidaste, ¿no? Otro día me la pagás”. Así, yo también me fui acordando de las cosas que le pasaban.

Cerrado porque no hay luz. Cerrado porque no encuentro la llave.
Cerrado porque tengo turno con el médico.
Cerrado porque no se vende un carajo.
Cerrado porque se casa mi hija.
Cerrado porque hoy duermo siesta.
Cerrado porque mi hija se separó y está triste.

De todas esas cosas le fui preguntando. Me preocuparon las muchas veces que Justiano fue al médico y después me esquivó la pregunta como despolvando en el aire un repasador viejo. Insistí hasta que me contó que tenía un leve principio de Alzheimer. Quiso sonreír de costado cuando lo dijo. De atrás del mostrador sacó un Aperol y sirvió una medida para él y una para mí. Esa tarde lo ayudé a hacer el control del inventario y por unos días tomé otros caminos para no pasar por la esquina y encontrar que faltaba, en la cortina de metal, alguna explicación tranquilizadora.

RINCÓN

No sabían si algo dulce o salado así que optaron por llevar dos cosas. Al lado del mate estaban los sandwichitos de miga y las medialunas de manteca. Ella agarró los triples de jamón y queso. Él, una medialuna en cada mano. Compartieron un termo de mate en medio de las cajas de mudanza y con esos suspiros propios de que no queda otra opción, repartieron tareas.  Las cosas de cocina, las de baño; el cuarto, el escritorio. Mudarse era algo que esperaban hace meses, pero encontrar la casa perfecta había sido difícil. Sus amigos y familiares solían advertirles: la casa perfecta no existe, todo tiene errores y desacuerdos. Ellos la encontraron en una página de dueños directos y cumplía todas las características que habían puesto en una lista ideal. Después de hacer mínimos arreglos, ahí estaban. 37 cajas y varios muebles. La casa perfecta no existe pero se va haciendo, decía él. La casa va a ser perfecta porque la búsqueda fue rigurosa, decía ella.

 Esos primeros días iban a ser así, de caos y decisiones provisorias. Entre las cosas que tuvieron que charlar estaban las toallas de repuesto –en el baño entraban solo las dos en uso– y el canasto de ropa sucia –él prefería ponerlo en el baño, ella en el cuarto. La noche de la mudanza ya tenían un espacio más o menos armado, más o menos diseñado y con espacios todavía vacíos. En el living, la iluminación de un rincón dejaba un espacio íntimo, posiblemente soleado de día y estético de noche. Ambos lo miraron y sonrieron.

En la semana ajustaron las cortinas, los cuadros y las plantitas en las ventanas. Ella miró el rincón y decidió que ese, y solo ese, era el lugar ideal para su agapanthus. Turgente, con muchas flores lilas. Eligió una de las banquetas de la barra y puso la maceta encima. El rincón quedó perfecto.

En la oficina, él también se quedó pensando en su casa. Revisó mentalmente cómo ordenar los pocos espacios que quedaban y en función de las necesidades que se le ocurrían, determinó que en el rincón iluminado estaría bien un perchero de pie. No tenían ninguno y en la casa anterior las camperas se acomodaban en los respaldos de las sillas, pero de paso a la nueva casa se detuvo en el Mercado de Pulgas y eligió uno de roble oscuro, potente pero delicado. Atravesó el umbral de entrada con el perchero en una mano y un vino en la otra. Se encontró la banqueta y la planta en el rincón y pensó que ella era una persona realmente atenta. Había desordenado las banquetas solo para usar una y sostener la planta, pero ya no hacía falta porque el perchero quedaba pintado. Armónico. Puso la banqueta en su lugar y la maceta en el patio de la entrada. Abrió el vino, sirvió dos copas y fue a brindar en el cuarto.

Se felicitaron por la compra de la casa. Se felicitaron por ser ordenados y tener las cajas numeradas. Se besaron en la cama deshecha, en la ducha sin cortina, frente al espejo del armario. Cuando ella fue a buscar un vaso de agua encontró las cuatro banquetas en la barra. También vio transformado su rincón. Un perchero espantoso arruinaba la idea de una casa perfecta.


Deborah Hadges (1991). Es licenciada y profesora en Letras (UBA). Cursó la Maestría en Escritura Creativa (UNTREF) y vive con su gata en Paternal. Dicta diferentes talleres de escritura (@tallercito.19.13) y da clases en UNAHUR y UNM y UBA. Publicó La desplazada (Siempre de viaje, 2014) y 8 minutos 17 (Modesto Rimba, 2016) y sus textos fueron seleccionados para la antología Apología 3 (Letras del Sur) y para la Bienal de Arte Joven 2019 (novela El tiempo de la luz).

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