lunes 26 septiembre 2022

Bálsamo, pausa y olvido

Lucía Gutiérrez*

“La cabeza no la siento, se la robó la migraña, pero para nadar no la necesito”. Año 2014 y mis charlas con Inés giraban en torno a por qué en ese entonces, lo único que le ganaba a la cefalea era la pileta. Fue el año de la enfermedad, los diagnósticos, los medicamentos y las frustraciones. El reparo eran las charlas con Inés o Felipe, y nadar. El efecto del agua era bálsamo, pausa y olvido (tres claves de supervivencia, que recién conocí ese año).

Nadé muchas horas por semana, más que ningún otro año, al punto que se me debilitaron las uñas y el pelo. Cada metro incorporado o cada bocanada exigida eran un premio mayúsculo. Mi desafío era no nadar en cada entrada, menos metros que en la anterior. De alguna manera esas marcas de resistencia física eran para mí resistencias a la enfermedad. El agua, generosa como nada más, me hacía creer que mis victorias frente a ella eran etapas de superación de la migraña y sus derivas.

La generosidad del agua, sí. Como compañía y como caricia, también. Unx está solo ahí dentro de la pileta (aunque a veces en franca disputa por unos centímetros de andarivel) pero completamente acariciadx. El cuerpo sensible agradece la suavidad y la templanza del agua de la pileta. La experiencia del nado en el mar, el tipo de vínculo que se establece entre cuerpo y agua ahí, exige un texto distinto a éste (y creo no ser la más adecuada para escribirlo).

Cada nueva medicación o marca que me recetaban para atacar la migraña, debía ser chequeada frente al agua, mi más implacable juez. Dentro de la pileta, las sensaciones provocadas por los medicamentos se expresaban para mí con absoluta claridad, sin concesiones. Una medicación me volcaba cemento en la parte trasera del cráneo, otra me nublaba los ojos, la peor me dejaba las manos duras. Yo seguía nadando, igual, porque creía que meter más oxígeno en mi cuerpo iba a liberarme cada vez más de los efectos medicamentosos. Cada brazada era un esfuerzo por purificarme. La sensación de estar intoxicada sólo menguaba con el esfuerzo físico para intentar limpiarme.

Hacia la primavera de 2014 empecé a mejorar. Encontré un medicamento, una marca y una dosis que hacían buen equilibrio con el estilo de vida que yo quería tener. La contracara de esa migraña controlada era la necesidad de dormir muchas horas por noche y bancarme el cosquilleo y la dureza de las manos -para lxs que conocen de medicaciones neurológicas que se usan para tratar la cefalea les confirmo que estoy refiriendo al Topiramato, sí-. Pero en el agua las manos nunca se ponían tiesas. Qué alivio esa pausa de flexibilidad, de elasticidad. Cada dedo expandido frente a los centímetros cúbicos de agua que le tocaban afrontar era una victoria.

Al año siguiente llegaron proyectos en los que tuve que esforzarme mucho por parecer saludable y alegre. Los efectos adversos de la medicación se expresaban cada vez más seguido porque la dosis subía. A cada incremento de dosis, por supuesto, yo lo desafía con más metros de nado. Pero el cansancio propio de esos esfuerzos, en combinación con la fatiga provocada por la medicación, me generaban una ecuación de resultado peligroso.

Vinieron luego otros años, otras exploraciones y también otros equilibrios. El mejor de ellos, que es el actual, es el del cannabis medicinal. Tuve que hacer decenas de consultas, lecturas y pruebas sobre mi propio cuerpo hasta alcanzar una dosis ajustada. Exploración casi a ciegas, recibiendo muchísimos prejuicios y pocos alientos, pero que me permite sostener una vida que me gusta. Entendí que ésta es mi medicina, por supuesto, porque me lo explicó el agua.


*Soy insoportablemente socióloga, sobre todas las cosas que pueda denunciar sobre mí. Amo los libros, las plantas y a mis amigxs; a Azucena y a Pedro; y toda actividad que genere cada vez más oxígeno en mi cuerpo.

23/08/22

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